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PASATIEMPOS ZOOLÓGICOS EL EX BURRO o trato de resucitar ahora las antiguas creencias en la metempsicosis; no voy á defender la unidad de la escala animal (ni de la alcohólica) Descenderemos del mono ó del alcornoque; habremos sido esto ó lo otro; tendremos que ser lo de más allá, y seremos producto de varías encarnaciones, realizadas en el tiempo y en el espacio; eso no lo discuto, ni lo afirmo, ni lo niego, ni me importa. Lo que sí afirmo, y sin admitir observación alguna en contrario, es que hay muchos hombres, la mayor parte de los hombres, que tienen parecido evidente, claro, notorio, con determinados animales. Ahí tienen ustedes, sin ir más lejos, á mi muy querido amigo Fernando Tecases ¿que no le conocen ustedes? ¡Pues no han do conocerlo! Si no hay cosa más de sobra por esos paseos y por esos cafés. Su cara larga, su ángulo facial reducido, su frontal prolongado, sus enormes orejas, su reposado andar y su mirar grave, dan á su aspecto la caráoteristica gravedad del burro. Proyéctese horizontalmente el perfil de su rostro; resultará, sin duda, la silueta de una fisonomía humana, pero á la que un dibujante hábil transformará en cabeza de pollino con sólo agregar un par de líneas. Aun sin necesidad de eso, sin el auxilio del lápiz del dibujante, fíjense ustedes con atención en esa cara siempre melancólica, seria siempre; exageren en su imaginación algunos de los rasgos dominantes en ella, y si no sacan la cabeza de un burro, consiento en que me lo llamen á mí. Evidentemente desde la cara de Fernando Tecases se llega á la del burro, poi gradaciones sucesivas, pocas en número y no de mucha importancia; y desde la cabeza del burro se pasa á la de Fernando por las mismas gradaciones recorridas en sentido inverso. El burro y Fernando representan indudablemente el cómo empieza y el cómo acaba de una serie; lo que no resulta claro es por cuál de ellas empieza y en cuál de ellas acaba la tal serie; si el burro procederá de Fernando, ó si Fernando procederá del burro; quién habrá sido el fundador de la raza, y quién es su último representante. Y no se crea qae solamente en lo material de la forma se hallan analogías entre estos indiviiiuos de la especie homo sapiens y la de equus asinus; las semejanzas y las coincidencias menudean todavía más en otros respectos. Verdad es que eso mismo sucede con el hombre lagarto, y el político anguila, y el amigo mosca, y el camarada chinche, y el conciliador culebra, y tantos otros hombres con que tropezamos- -y aun hablamos, sin tropezar, -todos los días, y que semejan ostensiblemente á esos animales; pero vuelvo á mi asno, pues de la otra tropa habré de decir algo en estos pasatiempos antropo- zoológicos, qae así debían llamarse, y repito que su parecido con mi amigo Tecases es y fué siempre maravilloso. De niño fué Fernando vivaracho, juguetón, revoltoso; no era buen estudiante, ni entendía una palabra de lo que le explicaban los profesores; pero correteaba y brincaba por aquellos claustros y aquellas huertas del Instituto como un pollino hecho y derecho. Todos los que le conocían y trataban, así los maestros como los condiscípulos, estábamos conformes en que el muchacho era corto de alcances y duro de entendederas; pero todos conveníamos también en que era alegre y simpático, amigo leal y alumno respetuoso. Vicisitudes de la vida escolar nos separaron por muchos años; terminé mi carrera lejos de Madrid donde había yo conocido á Tecases; supongo que él la concluiría también, aunque sospecho que si la concluyó efectivamente, no fué sin haber pasado graves apuros y sin que en muchos tribunales de examen no se torciera, hasta romperse, la vara de la justicia. i