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538 BLANCO Y NEGKO los señores de Retorta y su hija, que ya no tenía más pensamiento que el vecino del sotabanco. Levantábase con el alba, como en los tiempos de antaño, D Pantaleón, y aun veía la luz del inquilino. Trasnochaba Crispina y no la veía extinguirse. ¿A qué trabajo tan asiduo se entregará Pablito, que dura toda y todas las noches? Esta llegó á ser la preocupación constante de aquella honrada familia, que iba considerando como individuo de ella al joven empleado. Doña Blasa seguía en sus quimeras presumiendo que aquellas maneras tan distinguidas coresponderían á la más alta aristocracia, á la que debía pertenecer aquel misterioso personaje. A D. Pantaleón le bastaba, para estimar al joven, la persuasión en que estaba de que mucho debería ganar quien trabajaba tan sin descanso, como indicaba la lámpara que ardía hasta que alumbraba el sol. El astro refulgente del día le parecía menos bello á J) Pantaleón que aquella lámpara que ayudaba al aplicado mancebo en su trabajo. Llegó el día de San Crispin y resolvieron convidar á Pablo para comer con ellos, ya que su timidez ó sus ocupaciones no le permitían visitarles. Tres días estuvieron madre é hija haciendo flanes, tortas y fruta de sartén. Don Pantaleón quitó las fundas de los muebles y la sábana que envolvía la araña de latón con vidrios de colores. Crispina cubrió parte de su fealdad con una capa de polvos de arroz, y la mamá perfumó la casa con juncia y azúcar quemada. Pablo estuvo afable y expansivo: dijo que le daban en el Banco veinte duros de sueldo y que por otros medios ganaba hasta cincuenta al mes. E l Sr. Retorta comprendió que este plus lo ganaba á la luz de la lámpara, y su admiración por el joven llegó al éxtasis. Doña Blasa se mordió los labios, como quien ve más allá de lo que oye, y Crispina le propuso tocar una pieza á cuatro manos. Al volver una hoja se encontraron sus ojos y sus dedos. Establecióse la corriente magnética, y dos meses después, otras cartulinas verdosas con filetes encarnados, anunciaban la boda de Pablo con Crispinita. E- n tanto que de vuelta de la iglesia tomaban chocolate novios y acompañantes en el café de la Puerta de Moros, daba D. Pantaleón la última mano al cuarto nupcial. Deseoso de que Pablo no echara en él de menos nada, subió al sotabanco para bajar á la nueva morada de su yerno i objetos de su predilección. ¡Cuál fué su asombro! Ni un. libro, ni una caja de matemáticas, ni un mapa, ni nada que demostrase estudios ni Fntos útiles! Buscó aquella lámpara que tanto le había desvelado, y con efecto, encontró una tan como la que alumbraba su cocina. ¿Y era aquello lo que él había considerado un astro! jo con ella en la mano á tiempo que subía Pablo dando el brazo á Crispina. -Dime, querido yerno, ¿es esta la lámjiara qué alumbraba tus trabajos científicos? ¿Qué trabajos, amado papá suegro? Esa es la lamparilla que yo enciendo cuando me acuesto, para que los ladrones crean que estoy despierto, y los tontos que estoy trabajando. ALDHABA. CUENTO BATURRO, por Gascón. ¿Cuánto dice usté que es cáa cubierto? -Dos duros. -Mepaice algo carillo esta sopa? Pero, en fin, ¿nos podría usté dar los dos duros tóos de