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í: 532 BLANCO Y NEGRO de ese caballero, que tiene cara de ser muy cariñoso. El aludido; que era un infeliz, bajaba la cabeza con resignación piadosa, pero Arturito, lejos de dormirse se había agarrado á los hierros de la rejilla, haciendo flexiones y sacudiendo puntapiés al aire. ¡Maldita sea mi suerte! -repetía por lo bajo el del rincón. La mamá no cesaba de ponderar las dotes intelectuales del niño. -Es una criatura que lo aprende todo. Ven aquí, Arturito, y diles á estos caballeros la relación de Don Juan Tenorio Anda, monín, que te van á comprar muchos juguetitos- -No me da la gana- -gritó el muchacho, dejándose caer sobre el viajero infeliz, y metiéndole á otro una bota por el estómago. Antes de llegar á Avila, ya el niño había pedido pan cinco veces; después pidió fruta, después leche, después agua del botijo, y, por último, metió la cabeza debajo del asiento, y comenzó á maullar como el gato más legítimo. Cuando reapareció ante los asendereados viajeros, tenía la cara llena de polvo y la nariz tiznada de negro. ¡Hijo mío! -exclamó la mamá. -Voy á lavarte la carita. ¿Dónde te has puesto asi? Sacó de la maleta un cacharro y vertió en él agua del botijo. El viajero del rincón murmuraba: ¡Eso es! Ahora sólo falta que esa señora nos riegue á todos ¡Lástima de viruela confluente! La mamá atrajo á Arturito con promesas halagadoras y se puso á lavarle como si estuviera en su casa. El niño chilló, pataleó, quiso morder á la autora de sus días, y fué á esconderse, por último, entre las piernas del viajero cariñoso. En cambio el del rincón se revolvía airado en su asiento, murmurando: -Como se me acerque el chico ¡lo reviento! Cuando la mamá hubo terminado el lavatorio, cogió la palangana y fué á verter de golpe su contenido, haciendo uso de la ventanilla próxima al viajero del rincón. ¡Maldita sea mi suerte! -gritó éste furioso, poniéndose de pie y lanzándose sobre la señora. El agua sucia había caído de rechazo sobre el irascible caballero Porque la ventanilla ¡oh desesperación! estaba cerrada. LDIS TABOADA. Ilito muy mono y una pelotita y una pistola; pero vas á estarte quietecito, ¿verdad, rico de la casa? Por toda respuesta, el niño se subió encima del asiento, y quiso coger un saco de noche perteneciente al viajero del rincón. ¡E h niño, niño! -gritó éste. ¡Mucho cuidado! -Déjelo usted- -replicó la madre. -El pobrecito no tiene bastante conocimiento para comprender las cosas. -Ni yo tengo obligación de sufrir impertinencias- -dijo el viajero, lanzando miradas iracundas á la señora. El viajero del rincón podría tener cincuenta años, y era hombre de genio irascible, solterón, feo, y perteneciente al ramo de establecimientos penales. Además, padecía del estómago, y cuando le daba el dolor, cogía á un presidiario por las piernas y lo tiraba contra la pared, ó bien llamaba al capellán, que era hombre gordo, y se ponía á morderle en la nuca para desahogarse. Iba á la CoruSa, destinado á aquel penal, y lo primero que había hecho en Madrid al tomar posesión de su asiento, fué apoderarse de una ventanilla, para poder respirar á su gusto. Hasta El Escorial, todo había ido perfectamente. Los viajeros eran todos personas silenciosas, que se distraían dormitando ó rascándose las pantorrillas filosóficamente; pero en el Keal Sitio las cosas habían cambiado de todo en todo con la presencia de la señora y su niño. -Es un poco travieso- -decía ésta, -pero tiene un corazón muy generoso. ¡Hijo mío de mi alma! Le llevo á los baños de Gijón para reconstituirle, porque el ángel mío está muy débil. Como comer, come bastante pero no le sirve de nada. El médico dice que la imaginación no le deja engordar ¿Verdad, Arturín, que eres tú muy listito y muy mono? Por toda respiiesta, el niño dio un s- alto y fué á caer de bruces sobre el caballero del rincón, que quiso incorporarse y reventar á la criatura, pero le contuvo otro de los viajeros con esta reflexión cariñosa: ¿Qué va usted á hacer? ¡Es un inocente! ¡Si me dejara llevar de mi genio lo tiraba por la ventanilla! -dijo el de establecimientos penales. ¡Verdugo! -gritó la mamá sin poderse contener. A todo esto, la noche había extendido su negro manto, y Arturín no acababa de dormirse, por más que le decía á cada paso la autora de sus días: -Anda, cielín, echa tu cabecita sobre los muslos L