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Quédese para el fisiólogo Helmholtz explicar á su manera por qué resultan agradables ciertos sonidos. El hecho es que resultan. La música es ün arma poderosa que hasta los animales Faben utilizar. Desde el ruiseñor, que lanza sus gorjeos durante el silencio de la noche, hasta la cigarra, que hace vibrar con extraño sonsonete la membrana de su aparato musical, todas las especies cantoras conocen para qué sirve el canto. Auxiliar decisivo en el amor, no sólo conduce á la hembra al sitio en que su galán la aguarda, sino que la persuade á corresponderle. Ks indudable que la armonía ejerce en ellas poderoso influjo. Se dice, y se dice por Beohsteim, que algunas aves hembras generalmente mudas, puestas en cautividad y privadas de machos, llegan á producir acordes de los más melodiosos. Pero no hay que hacer uso de las deducciones que pudiera sugerir la conducta de semejantes coquetuelas. Ello es que el sonido cautiva. Quizás allá en su origen se valió también el hombre de ciertos cantos para atraer y conquistar á la salvaje dama de la selva; y bien pueden ser como recuerdos de aquella primitiva costumbre la serenata con que aun obsequia á su pretendida, loa versos con que la regala y hasta el lenguaje melifluo que al hablarla emplea. Muchas veces contribuyen los acordes de un piano callejero á la correspondencia por parte de una dama, y los acentos de una tiple suelen producir grandes pasiones entre los abonados al paraíso del Real, aunque nada puedan decir de su materialbelleza desde aquellas alturas. Efectos evi, dentes del sonido, de los que se pueden citar ejemplos muy curiosos, y de los que voy á exponer uno, no sé si interesante. El señor de Torrijos, Conde de Ídem, vivía en dicho pueblo. Tenía una hija, prodigio de belleza, al decir de los pocos que la habían visto, que tan recogida andaba, que sólo á cumplir con los deberes de la Iglesia, y eso rebujada en el manto y acompañada de dueña y rodrigón, salía muy de mañana los días de precepto. Jamás se vio en su vetusto palacio celosía entreabierta por donde ella mirase á la calle de través, ni recibió nunca billete amoroso, ni galán alguno rondó su casa; bien es verdad que ninguno del pueblo se hallaba en condiciones de sohcitar doncella de tanta alcurnia. Dn dia de confesión, después de cumplir con la Iglesia, llegóse la estancia de su padre, y al demandar licencia para entrar, oyó que el viejo hablaba muy grave y muy adusto, y que le respondía una voz extraña, fresca y varonil, bien timbrada, armónica y sonora. La mozuela. huyó como asustada y conmovida, y hasta que su padre la llamó, que fué á poco, suspiró muchas veces y se oprimió el corazón otras tantas. Ya estaba solo el Conde cuando ella entró, y su cara, generalmente de pocos amigos, no ya poco amistosa, sino de enemigo declarado parecía. -Sábete- -la dijo- -que acabo de despedir á un forastero badulaque que. fingiendo equivocar mi casa con la casa del vecino, ha entrado aquí, presumo que por verte. Cuenta con que no gusto de galanes callejeros, ni de amores prematuros, y que yo he de ser quien ha de buscarte esposo, si buscarte esposo conviniera. Retiróse la doncella sin decir palabra; pero bien entendió que aquella voz que la habla conmovido era la de un galán que acaso la pretendía y que, con un fútil pretexto, había intentado verla. Kilo es que, desde entonces, gustó más de estar sola y bajo llave, y que á observarla alguno, la hubiera visto con frecuencia entreabrir un poquita la ventana y dirigir por la rendija miradas temerosas á la calleja. A partir de aquel dia se ocupó algo más de su atavio, aunque nadie la viese; se contempló á menudo al espejo, y sonrió á su imagen con dulzura. Suspiró mucho, cantó mucho y durmió poco. Que asi como las vibraciones atmosféricas producen, no sólo sonido, sino color, las vibraciones de una voz agradable habían producido en su alma, no sólo sonidos, sino forma. Los acordes de una guitarra despertaron á la mozuela cierta noche, é incorporada en su lecho, esperó con gran inquietud el canto consiguiente. Sonó la voz. Kra la misma. Aquélla. Y como la impaciencia no le diera tiempo á vestirse casi desnuda, abrió poquito á poco la ventana y miró por detrás de la celosía. No habla luna ni estrellas, y poco pudo ver: algo así como plumaje de sombrero, espada al cinto y doradas espuelas. Las coplas del galán lamentaban desdenes bien sentidos, y entre quejas y ruegos pronunció un nombre: el de Carlota. No se llamaba Carlota la que le estaba escuchando con tanta ansiedad. Carlota era el nombre de una chicuela de la casa vecina. La visita al señor de Torrijos no habla sido pretexto, sino equivocación. No hubo desde aquella noche, en la noble zagala, más afán de componerse ni más gusto de mirarse; pero si más retraimiento, más tristeza, más canto y menos dormir. Obedeciendo á un extraño impulso, lejos de hacer por olvidar su pena, formó empeño en enterarse de cuanto á B feliz rival se refería, j hasta de un suceso que, como á U mozuela, trataron de ocultarle, tuvo noticia exacta. La desdeñosa pretendida del galán canter, no sólo no se conmovió con sus canciones, sino que á poco se casó con un rústico semisalvaje, abandonando el pueblo. Nunca más 7ol vieron á oirse las quejas del cantor desdeñado; pero el eco de aquella voz resonaba constantemente en su alma.