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LA TORRE NUEVA DE ZARAGOZA Caerás, caerás, oh Torre Nueva! Los ediles de tu pueblo se empeñan en echaite abajo, y EO aparece el salvador Venturilla. Empezaste á caer hace treinta años, cuando te arrancaron el airoso chapitel que foimaba tu corona, dtoapitánciote, dejándote desmechada, á manera de campanario df aldea; ir ahora, si tu inclinación no ha aumentado desde los reconocimientos periciales de 1847 y 1849, has tenido el mal gusto de arrojar á la calle ialgunos cascotes de yeso y ladrillo para que la gente á quien estorbas exclame con voz fatídica: ¡Abajo! ¿Qaé español ilustrado no conoce tu historia? Los Jurados de la citrdad, en seaióu de 22 de Agosto de 1504, aC idarou uerigir una torre de reloj, para el gobierno de los tribunales, enfermos y vecinos y el rey D. Fernando él Catúliro aprobó el acuerdo en 22 de Septiembre del mismo año; delineó los. planos el maestro Gabriel Gombao, y la construcción se hizo en Quince meses por los maestros albañiles (síe) Juan de Sariñeua, cristiano, Tnoe de Gali, hebreo, y E mel Vsllabar y Monferriz, moros, resultando una de las obras más notables del estilo mudejar, por su originalidad y gallardía el maestro Jaime Ferrer, de Lérida, fabricó el reloj, con dos campanas, una para señalar las horas, y otra para los cuartos, por precio de 100 florines de oro; su base, octógona, mide 45 pies de diámetro, su altura es de 312 pies, y su inclinación, que empieza á unos 10 pies del suelo y sigue hasta 210 continuando el resto vertical, es de 9 1 2 pies y se asegura que su arquitecto, Gabriel Gombao, la construyó asi de intento. Tu campana, oh Torre Nueva, con la grave y poderosa voz que la diera el fundidor leridano, ha anunciado al pueblo de Zaragoza los hechos más insignes: el juramento de Carlos I ante el Justicia Mayor de Aragón, prometiendo guardar y hacer guardar los fueros del reinó; la heroica muerte, en suplicio glorioso, de Juan de Lanuda; la victoria del valeroso Staremberg en las hondonadas y laderas del Barranco de la Muerte; las tremendas revueltas del populacho en Abril de 1766, que sólo se apaciguaron con la abnegación del Ilustre Pignatelli, el heroísmo humilde del P. Garóes y el valor de los labradores del Arrabal, San Miguel y San Pablo; los memorables sitios de la guerra de la Independencia, cuando los cañones de Lelébre y Verdier, de I. annesy Moncey arrojaban millares de bombas, y el tañido de tu campana protegía á los indomables sitiados. Caerás, oh Torre Nueva, y se confundirán tus escombros, en la misma ciudad de Zaragoza, con los escombros del grandioso monasterio de Santa Fe, de la cartuja de Aula Dei, del soberbio convento de Santo Domingo, de la gallarda Cruz del Coso, de la puerta romana del Ángel, y quizá también, porque malos vientos soplan del insigne palacio de la Aljaferia. Y cuando rueden por el suelo empolvado los restos de tu grandeza, recordaremos. -las toites de los Asinelli, de Garisenda y de Pisa, más inclinadas que tú y dos ó tres siglos más viejas que tú, y exclamaremos con penoso desaliento: ¡Su rsum corda! BLANCO Y NEGEO, consagrando una de sus páginas á perpetuar la memoria de la histórica atalaya, satisface un acto de justicia y el deseo manifestado por gian número de sus favorecedores. EüSEBio MAETllSfEZ DE VELASCJ.