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516 BLANCO Y NEGRO frido deportaciones y fusilamientos y aun no podía decir que le hubieran nombrado alcalde de barrio siquiera. ¡Hombres modestos y leales! Con una levita negra y el uniforme de la Milicia ya estaban vestidos. Sin pretensiones. Un par de guantes de cabritilla duraba tres meses, como cuando salió de la tienda. Verdad es que algunos ni se los ponían una vez. ¡Y qué formaciones y qué alegría! ¡Qué variedad de uniformes tan pintorescos! Todas las clases medias sociales tenían representantes en la Milicia. ¡Cóaio estaba entonces Llano y PérsiIes, por ejemplo! ¡Como nuevo! Era más chico á la sazón; digo, que era nn jovent De aquello nada queda más que el recuerdo. Todo se ya, menos ese Concha Castañeda y ese Tetuán ¿Y qué Concha será ese? Porque al ilustre general D. Manuel, y al no menos digno de alabanza D. José, no hay que decir si los conocí y los traté, y valían los dos. Eran generales de los que ya no se estilan. Digo eran, porque ya falta uno, y el otro ha envejecido, desgraciadamente. Por cierto que, según me han dicho, también tiene estatua el valeroso Marqués del Duero, en el paseo de la Castellana. Donde están los Reyes Católicos y Colón. ¡Pobre Cristóbal! Desde aquí se le ve cuasi y se le oye, con una mano en los trastos, ó con los trastos en una mano. y extendido el otro brazo, cantando aquello de Marina (de la zarzuela, no del Ministerio de) Al ver en la inmensa XJanura del mar, Las aves marinas Con rumbo hacia acá Allí, por lo menos, está mejor colocado el general Concha. Y no yo, que sirvo de ieJra de toque á los transeúntes. Hasta se citan algunos bribones al pie de la estatua de Espartero ¡Presenciando espectáculos tan diversos y tan vergonzosos algunos de ellos! Es incalculable el número de vecinos que regresan de las Ventas en estado de borrador. Por allá pasan dos timadores que van á ver lo que cae en las apreturas al regreso del público de la Plaza de Toros. Allí dos señoritas en puerta, digo, en manoUta. Van á tallar en el paseo de coches. Por este lado un entierro. ¡Pocos amigos tenía el pobre difunto, antes de serlo! ¡Qué vergüenza! Por poco le dejan venirse solo al Este. No me faltaba más sino que me pusieran ahí cerca un frontón ó un tiro de palomas. Un transeúnte gordito, bajito, algo canito y muy flamenco: ¡Á la orden. General! ¡Mi vecino! ¡Adiós, Chueca! EDUARDO DE P A L A C I O