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A gloriosísima batalla de Bailen, que lia hecho etcmamente memorables para los españoles el nombre del ilustre general D. Francisco Javier Castaños, y la fecha del 19 de Julio de 1808, produjo en, el ejército francés terrible desconcierto, que subió de punto, hasta convertirse en verdadero pánico, cuando á la noticia de aquel grandísimo desastre de las armas francesas siguió la de que el rey José, su corte y las tropas que con él estaban, hablan salido precipitadamente de Madrid en vergonzosa fuga. (Véase el nihuero 65 de BLANCO X NEOKO) Y de tal modo se pusieron las cosas en pocos días para los arrogantes invasores, que el mismo Napoleón, desatendiendo gravísimos cuidados, cruzó el Bidasoa v llegóá Vitoria, donde se habían refugiado José y los suyos, decidido á ponerse él en persona al frente de las tropas como linico medio de devolverles su fe, su valor y su entusiasmo. Napoleón conocía á los Reyes y á la corte de España, pero no conocía al pueblo español; y viendo primero en los escritos de aquéllos, cuando aun estaban en Madrid, y después en sus conversaciones y en su conducta, cuando ya los tuvo en Bayona, la vileza, la cobardía y los torpes Fentimientos de aquella geute, supuso, conb gica aunque sin razón, que el pueblo q ie los había soportado pacientemente, debía ser un pueblo, ó excesivamente sufrido por débil y cobarde, ó igaalmente envilecido por el contagio de la abyección y de la infamia, atendiendo al axiomade que los pueblos y los pequeños suelen reflejar los vicios y las virtudes de los reyes y de los grandes. Nada tieue de extraño que Napoleón creyera empresa sencillísima la conquista de Espáña. y que su asombro creciera por instantes al recibir las cartas de su hermano y los partes de sus generales; pues en las unas y en los otros aquél, con la franqueza del carácter confidencial, y éstos, aunque relatando fanfarronadas para exagerar el valor de sus tropas, é inventando atenuantes para rebajar el de los enemigos, todos daban á entender bien claro que tenían que habérselas con un pueblo honrado, digno y valeroso, dispuesto á sacrificar vidas y haciendas para mantener su patriotismo y para defender su independencia. Nada tiene asimismo de particular que el invencible César francés, al tener noticia de la derrota de Bailen y de sus consecuencias, exclamara en francés, como refiere Mesonero Eomanos: uSacré noni de Dieu! Sfrait te I Knpagne qiii me dnnnerait vn ¡tov fetTít, ó como, traducido (libremente decía una saladísima copla que se cantaba por aquellos días con música del polo del contrabandista i Ayl lay! ¡Por vifla de tantos! No hay remedio, será asi. lAy! ¡ay! ¿La Eppafia seria Quien se burlase de mi? lAy; aj! iay; Una de las consecuencias de aquella célebre batalla y del desconcierto que produjo, fué el que los franceses mandados por Lefebvre, después de destruir muchos pertrechos de guerra, de volar almacenes y otros edificios y de arrojar al canal más defiOpiezasde artilleria, levantaron el primer sitio de Zara. goza, y en la mañana del 14 de Agosto emprendieron la marchahacia Navarra, como dice Thiers en su IHstnria del Im. perio, ucaminando con el corazón lacerado, mostraudo la más honda tristeza en su semblante, y humillados hasta el extremo por verse precisados á retroceder ante soldados á quienes tenían en poco Así, á la Tez que los madrileños, regocijados por la fuga del intruso y por la entrada de las tropas españolas y aliadas que mandaba lord Wellingthon, cantaban; Dapont, terror del Sorte, Toda la francia entera I aé vencido en Bailen. Llevará este baldón: T todos sos secuaces AI son de la carmañola, Prisioneros con él. I Muera Hapoleón! los zaragozanos daban suelta igualmente á su entusiasmo patriótico entonando la conocida copla de La Virgen del Pilar, que no quiere ser francesa! y cantando un himno que el citado Mesonero conserva en sus Memorias de un Setentón: Zagalas del Ebro, Tornar vio al francés. Laureles tejed, El héroe animoso Y á nuestros guerreros Que nos acaudilla Ciñamos la eien. Tuviera á mancilla- -Dejarse vencer. El sol quince Teces- Batida la vido, Zagalas del Ebro, y qnince vencido Laureles t jed, etc. No hay para qué decir que aquel héroe animoso o no era otro que el benemérito general D. José Palafox y Melci, noble aragonés á quien el pueblo de Zaragoza había nombrado, por aclamación, su capitán general, y el cual, con su patriotismo acendrado, con su entereza indomable y con su valor temerario, supo justificar, en los dos sitios que sufrió la heroica Zaragoza, cuan acertada había sido la elección. No cabe en los relucidos limites de estos ligerlsimos apuntes, hacer siquiera sumaria relación de los hechos más culminantes y gloriosos de aquella primera parte de la epopeya zaragozana, que comenzó el 26 de Junio con el famoso, público y solemne juramento hecho por toda la población ante la bandera de la Virgen del Pilar. JRecordaremos dos únicamente. E l día i de Agosto, después que en el anterior habían caído sobre la ciudad tantas bombas y granadas, que el vigía de la Torre Nueva contó en tres horas más de 600, los franceses resolvieron dar un ataque definitivo. Veintiséis piezas- -dice un histoiiador- -vomitan simultáneamente fuego contra el convento de Santa Jingracia, y casi todos sus defensores perecen entre sus ruinas: á las cinco horas quedan arrasadas todas las baterías de los zaragozanos; por dos anchas brechas que han. abierto se precipitan los franceses, atravesando el Huerva é internándose en la población. Sígnense recios y personales combates, con valor desesperado sostenidos entre cadáveres y escombros. En lo más empeñado de la lucha, el general Verdier hace llegar á manos de Palafox la siguiente lacónica propuesta. Faz y capitulajióa. E l caudillo de los zaragozanos le responde S n vacilar: GUEEBA Á CUCHILLO. Bu la mañana del 2 de Julio, segundo del bombardeo, el general Verdier dispone un ataque formidable contra la ciudad, dirigiendo especialmente los fuegos á las puertas de Sancho y del Portillo, en cada una de las cuales había una batería. Momentos hubo en que la del Portillo parecía que notaba en un lago de saugre, hallándose tendidos al pie de las piezas más de cincuenta artilleros y otros varios soldados y oficiales. E n uno de esos instantes críticos que á veces deciden la suerte de los ejércitos más valerosos y de las poblaciones más heroicas, cuando cata en tierra el último artillero, una columna francesa avanzaba á la carrera, con la seguridad de poder entrar eu la ciudad, pasando por aquel montón de ruinas. De repente, una mujer del pueblo, joven de veintidós años y de agraciado rostro, se adelanta con serenidad asombrosa y arrojo varonil, arranca de manos del artillero moribundo la mecha, aun encendida, y aplicándola á un cañón de veinticuatro cargado de metralla, siembra el terror y la muerte en las filas de los enemigos, que caen por tierra ó huyen despavoridos. E l nombre de aquella intrépida heroína se hizo célebre, y es hoy popularisimo en toda España. Palafox recompensó su heroísmo, concediendo á Agustina Zaragoza las insignias de oficial, una cruz y una pensión vitalicia. No fué ésta la única mujer que se distinguió en aquel sitio memorable. En Zaragoza, como en Ciudad Rodrigo, en Gerona y en otras muchas poblaciones, las mujeres españolas acreditaron durante aquella guerra su valor, que un escritor francés reconoce superior á todo elogio Pero entre las zaragozanas no es posible olvidar á Casta Alvarez y á D. María de Consolación de Azlor y Villavicencio, Condesa de Bureta, la primera sencilla mujer del pueblo, la segunda perteneciente á la nobleza más ilustre, pero las dos igualmente nobles é igualmente grandes por su admirable patriotismo y por su denodada intrepidez. TELLO TÉLLEZ.