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508 BLANCO Y NEGRO Ávelino tomó la naranjada, y á los cinco minutos sintió en la tripa un ruido sordo, y unos deseos mny grandes de morder al camarero; pero se hizo superior, y después de pagar, salió á la calle diciendo: -Aunque sufra un poco, debo hacerme el desentendido, porque ya he comprado el billete y no es cosa de renunciar á los pelotaris Pues no faltaría más sino que yo me quedase sin Ver un partido de pelota... ¡Ea, al frontón! Y subió á un ómnibus, en el que cabrían con dificultad seis personas, pero el conductor aseguraba que podían ir hasta nuere: cuatro á cada lado y uno en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas de cualquier amigo. Nuestro provinciano tuvo la desgracia de colocarse entre un tabernero que pesaba diez arrobas, y, una señorita huesuda, que le iba metieiido el eodo por un vacío. ¡Caramba! -decía el pobre joven. ¡Qué mal se viaja en. estos vehículos! Pero todo puede darse por bien empleado, con tal de ver el espectáculo de moda. Cuando echó pie á tierra, frente al frontón, parecía un talego de ropa sucia; el chaqué había sufrido grandes deterioros, y en vez del cuello lanchado, blanco y reluciente, rodeaba su pescuezo una especie de tira de papel de estraza mojado. Pero él no fijó la atención en estos detalles, y se fué corriendo á ocupar su silla de preferencia. El calor era insoportable, y Avelino sudaba á chorros; el asiento estaba echando lumbre, y notó que sé le derretía el cosmético del bigote. Además, el espectador que ocupaba el asiento colocado detrás del suyo, no hacía más que moverse, demostrando gran impaciencia porque comenzase elpartido, y á cada paso cogía el sombrero y se abanicaba con desesperación hasta tropezar con el cogote de Avelino. ¡Sea todo por Dios! -decía éste. -Yo, con tal de ver á los pelotaris, me doy por satisfecho. Cinco minutos después comenzaba el partido, y no tardaron en armar bronca dos espectadores entusiastas. Uno de ellos levantó el palo; Avelino fué á interponerse, y recibió dos garrotazos en la nuca. ¡A y ay! -exclamó elinfeliz. Pero no pudo seguir quejándose porque en aquel momento Irún hacía una jugada maravillosa, y gritaron cien personas á la vez: ¡Que se calle ese! ¡Que no se ve! ¡Silencio! Avelino se rascó la nuca y clavó los ojos en los pelotaris ¡Pum! Una pelota lanzada con toda la violencia que el caso requiere, fué á chocar contra las narices del desventurado Avelino, que lanzó un ¡ay! doloroso, y cayó de bruces sobre una señorita. ¡Socorro! -dijo él, llevándose ambas manos á la nariz. ¡Imprudente! -exclamó el novio de la señorita, rechazando á Avelino. ¡Que se vaya! ¡Que lo echen! -gritaron muchos espectadores. Y Avelino, sangrando como una res, tuvo que salir del frontón maldiciendo su triste destino, y diciendo para sí, en el colmo de la desesperación y el desencanto: ¿Y á esto llaman divertirse? ¿Y es esta la decantada fiesta de moda? ¡Cualquiera me hace á mí volver á los frontoncitos! Luis TABOADA. r