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LOS ACTORES ESPAÑOLES éúúá Bm ti k mtxlh Procede de los Bufos, y como todos los actores de esa procedencia, -propende irievitablemente á la exageración. Arderius creó, puede decirse, un plantel de cómicos notables. Muchos de éstos han ingresado después en compañías de forma, y el público los ha aceptado de buena voluntad y hasta con regocijo; pero todos esos actores, cuál más, cuál menos, siempre que tienen oca- sión (y algunos hasta cuando no la tienen) enseñan la punta da la oreja iufa. Es la marca de fábrica, el sello imborrable de su prístino origen, ó tal vez la fuerza irresistible del instinto que incesantemente les llama á su punto de partida. Los actores que se encuentran en este caso tienen una ventaja y una fortuna: el público está con ellos. No he de discutir aquí si el público tiene ó no tiene razón y si está ó no extraviado. Limitóme á señalar el hecho siguiente: Asi en las obras como en sus intérpretes, el público de estos tiempos pide una sola cosa y con ella se da por satisfecho, á saber: que le hagan reir mucho (por buenos ó malos medios) que le entretengan como á niño mimado y que le diviertan como á inglés aburrido. La obra que más le entretiene y le divierte es la mejor, aunque no sea la más artística ni la más literaria; y el mejor cómico, aquel que más le hace reir sea como sea. Aquí vendrían de perlas unas cuantas lastimeras declamaciones sobre el estado del arte, la literatura, etc. etc. ¡Dios me libre! Jamás me ha seducido el oficio de redentor, ni soy quién para tratar de esas materias, ni, finalmente, es está ocasión abonada para ello. Me conviene únicamente sentar el hecho, para llegar á la conclusión de que no ha pasado (como algunos creen) la época del género bufo, y que los escritores y los actores que cultiven ese género (más ó menos ostensiblemente) pueden contar desde luego con el aplauso del público. Por un esfuerzo de su voluntad y como prueba de lá flexibilidad de su talento, Castilla interpreta bastante bien las comedías. del llamado género fino. Dentro de este género sabe contenerse en los límites justos, y jamás descompone el cuadro, notándose en él, no obstante, aun en los caracteres más completos y definidos, un cierto vislumbre grotesco, que es la punta de la oreja bufa de que hablo más arriba. En el mpdo de vestirse, en la manera de caracterizarse, en un gesto involuntario, en una actitud impremeditada, en una inflexión de voz nota el observador atento y perspicaz la tendencia instintiva del actor á sacarlas cosas dé quicio, el ramalazo bufo, por decirlo asi, que subsiste en el fondo de su naturaleza artística. Pero no es más que un vislumbre- -imperceptible casi siempre, -una como innata rebeldía contenida sabiamente por el talento del actor. Encuéntrase Castilla como el pez en el agua en el llamado género gordo, en esas obras cómicas de mucho relieve, y particularísimamente en todo lo que entra por derecho propio y sin disfraz de ninguna clase en los dominios de la caricatura. Nada tan dentro dé este género como la parodia, y efl la parodia no tiene rival Sánchez de Castilla. Miramientos fáciles de comprender me privan del gusto de analizar el trabajo de este actor notabilísimo en algunas parodias por él estrenadas, con gran aplauso, aunque me esté mal el decirlo, que creo que no me está, porque sólo me refiero á la labor primorosa del artista El eminente é inolvidable actor Manuel Catalina sacó de los Bufos á Sánchez de Castilla, contratándole de primer actor cómico y haciendo con él muchas temporadas brillantes, entre ellas la de inauguración del teatriS dé Apolo. También ha hecho Castilla algunas temporadas con Manuel Catalina en el teatro Español, llenando dignamente su puesto de primer actor cómico, afirmando y consolidando de día en día la justa reputación de que goza al presente. Disuelta la empresa de Manuel Catalina, Castilla ha trabajado en casi todos los teatros de Madrid, y ha con-