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BLANCO Y NEGRO 485 La aristocracia y la burguesía habían dado una gran prueba de elevación de ideas aceptando el sistema socialista, y por esto, como digo, se babia implantado este sistema sin la menor perturbación; pero ya amenazaba un conflicto gravísimo, y no por culpa de aquellas clases antes privilegiadas, y que ya no tenían ni más bienes ni más derechos que el trabajo, las ocho horas de trabajo, porque también se había realizado esta aspiración de los trabajadores, y nadie trabajaba más que ocho horas, y muchos no trabajaban ninguna. Las marquesas, las duquesas y condesas, las propietarias, en fin, toda la parte hermosa de la ex buena sociedad, habíase dedicado á vender en los grandes mercados los frutos de la tierra ó del mar. Era un espectáculo encantador el que en la plaza de la Humanidad (antes de la Cebada) presentaban las ex señoras y ex señoritas de la abolida higJi Ufe, vendiendo cebollas y cebolletas, perejil, patatas, cardo, rábanos, coliflores, pimientos de casco duro, espárragos, bacalao en remojo, sardinas y escabeche, etc. etc. Ellas se habían despojado, en aras del socialismo triunfante, de todas sus galas, de todas sus riquezas; pero no habían podido despojarse de sus encantos personales, del atractivo de sus distinguidas maneras, de su ameno y culto lenguaje, y estaban elegantísimas con sus vestidos de percal y su pañuelo de algodón á la cabeza, y atraían á todo el mundo, y todo el que iba á comprar prefería los puestos donde encontraba vendedoras tan afables y bien educadas, que no llamaban morral al comprador que ofrecía un ce ntimo menos de lo justo por un manojo de espinacas, ni tiraban á nadie las pesas á la cabeza, y con todo el mundo se mostraban amabilísimas. Esta natural preferencia del comprador irritaba en gran manera á las verduleras de oficio y de tradición, que vendían poquísimo, y ya empezaban éstas á concertarse para organizar un motín contra las verduleras finas, al grito de: ¡Abajo la finura! iMuara la buena crianza! ¡Fuera las burguesas disfrazas! ¡Abajo la educación y las pamplinas! El compañero Pablo Iglesias, que había sido elegido por sufragio compañero número uno de la Asociación de compañeros madrileños, enterado de la actitud de las verduleras, había salido de palacio, que era el antiguo de las extinguidas Cortes, donde tenía su residencia, y se dirigió á la plaza con objeto de hacer reflexiones á aquellas compañeras; pero apenas empezó i su arenga, llovieron sobre él patatas, tomates, pepinos y nabos; y no pudiendo contestar á estos argumentos, decidió volverse á su palacio, bastante mohino, seguido de una multitud de compañeritos, hijos de las malhumoradas compañeras de la plazuela, que le silbaban y acosaban, llamándole burgués, traidor y mal compañero. En este momento me desperté Me asomé al balcón y no se oía nada. Solamente el acompasado andar de dos guardias de orden público que paseaban por la acera Con esto me tranquilicé y me volví á la cama. CARLOS PRONTAÜEA.