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¡ABATO LA F I N U R A! Se había hecho la transformacióa social sin derramar una gota de sangre. Los burgueses, convencidos de que eran unos picarones, y arrepentidos de haberlo sido, habíanse prestado gustosos á los deseos del socialismo y este sistema de desgobierno se había establecido de la manera más pacífica y correcta que puede imaginarse. Los bienes se habían repartido, con la posible equidad, por medio de una rifa colosal. Cada cual se había contentado con lo que la suerte le designó. El palacio del Marqués de Linares había correspondido al señor Liendres, un ropavejero, muy buena persona, aunque algo borracho, que se había instalado en aquel suntuoso edificio con todos sus parientes y los de su mujer, la seña Tecla. Los Marqueses habían sido favorecidos con un cuartito interior de una casa de la calle de la Ventosa, y se habían ido tan contentos á su nueva residencia, quedando muy amigos de la familia Liendres. A J) Práxedes le había correspondido una huevería de la calle de las Maldonadas, y todo el día estaba allí despachando su mercancía, como si en su vida hubiera hecho otra cosa. Martínez Campos era vecino de la misma casa, en una guardillita, y como se había suprimido el ejército y él no podía perder la afición á la vida militar, no había parado hasta obtener el nombramiento de cabo de una compañía de la milicia sedentaria. Esta milicia no hacía servicio más que en el Manzanares, donde solía ocurrir alguna que otra cuestión entre las familias que iban allí á lavarse la ropita, porque ya no había lavanderas de oficio; el que pretendía llevar la camisa limpia, necesitaba lavársela él mismo. Don Martín Esteban vendía El Liberal á grito pelado, y era preciso que gritase mucho para venderlo, porque este periódico estaba tildado de reaccionario, y la gente le miraba con prevención. Todos los amigos de D. Martín temían que por vender un periódico tan retrógrado, le sobreviniera algún percance; pero D. Martín, que no había podido perder sus instintos de burgués, se empeñaba en no despachar otro pasto intelectual, ya que se veía en la precisión de vender papeles. También vendía los domingos El Motín, que era una publicación muy templada, igualmente tachada de reaccionaria. Gamazo había tenido bastante suerte. Se le había adjudicado un almacén de ultramarinos en la calle de la Dinamita (antes de Preciados) y le iba muy bien. No echaba de menos su bufete, ni le importaba que se hubiera prohibido el ejercicio de la abogacía. Echegaray, después de haber fracasado varias obras suyas, por parecer de molde antiguo, había renunciado á escribir comedias; pero, gracias á que se reconoció su extraordinaria competencia científica, pudo obtener una plaza de fogonero en la línea del tranvía de vapor á Vallecas; también se le había adjudicado en el puente del mismo nombre la mitad de una casita de planta baja, donde vivía tan ricamente con su familia, bien que los vecinos le miraban de reojo, porque le consideraban muy echado para atrás. Ya no habitaba Castelar en su casa de la calle de Serrano, que había tocado en suerte á un distinguido picapedrero. Había agraciado la fortuna al eminente orador con un cuartito bajo de la llamada de la Escalinata, y como ningún editor quería correr el riesgo de publicar sus libros, por sus tendencias reaccionarias, habíase dedicado á la fabricación de palillos para los dientes, y los vendía muy bien en la plaza de la Igualdad (antes Puerta del Sol)