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BLANCO Y NEGRO Consuelo está nerviosa. E n un reloj de pesas, único adorno de la casi desamueblada estancia, van á sonar las cuatro y media. De pronto, reflejando en su cara un mal reprimido enojo, se asoma al balcón. Una jardinera, sin toldo, entra al 4; rote en la estrecha calle, escoltada por algunos chiquillos medio desnudos. En ese coche vienen dos de los compañeros de Fatigas deslumhrando los ojos con el brillo de sus capotes de paseo. Pepe no se hace esperar. Eápidamentese pone la chaquetilla y se despide de su mujer y de sus hijos. Después, apatentant indiferencia, se lleva una ojos, que, como silo vierii i furtivas lágrimas. En sf la escalera y sube al carruaje, que marcha gt á buscar al otro peón, y al matador. 473 Ya debe haber empezado la corrida. Mi v e c i n a después de poner en orden las sillas y las ropas del cuarto de Pepe, enciende las luces de un pequeño altaiito que tiene junto al balcón, cuyos c r i s t a l e s cierra. lumbrador relámpago. Una fuerte tormenta descarga acto continuo, acompañada de abundante lluvia. Consuelo da un grito sordo y sale al balcón. Son ya más de las siete. Los toreros no vuelven, y, sin embargo, la corrida ya debió terminar, pues, aparte deque casi ha transcurrido el tiempo i que de ordinario duran, la tempestad habrá apresurado el desenlace. iQué ansiedad tan n profunda se dibuja en el rostro de la andar luzal La lluvia cede. La calle se llena de mil confusos rumores. E l tendero de la casa inÉ- iM áiata vuelve de la za con varios ami... y la jardinera asoma. Cuando el pelotón aficionados p a s a debajo del balcón Consuelo, ésta se le sobre la balausda para preguátar; pero entre los ecos) alabra 9 sueltas del doso coloquio que léllos sostienen, es- A través de la blanca cortina La veo rezar- con devoción inmensa. Los niños salen á paseo con una vecina. Consuelo se ha quedado, pues, sola con sus dudas, sobresaltos é impaciencias de que su Pepe regrese sano y salvo. La tarde se ha puesto obscura. Nubes plomizas van ocultando rápidamente los resplandores del sol, y en las casas la taita de luz se va haciendo cada vez más acentuada. Consuelo sigue arrodillada; sus labios se mueven sin compás; las ondas del peinado van perdiendo poco á poco, á fuerza de pasar y repasar la mano por la frente, el artístico engranaje que las mantuvo hasta entonces formando caprichosos rizos. Pronto anochecerá. De improviso brilla en los aires des- i cucha algo grave, algo que le habla de una desgracia, y la infeliz, presa de uno de sus crueles ataques, se desploma de espaldas junto al pavimento, á los pies del altar bendito, y derribando en la calda un tiesto de claveles, que se esparcen por el suelo, desprendidos del tallo. Ya es de noche. Pepe no ha vuelto. Consuelo, apenas re-