Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
PÁGINAS TAURINAS EL Ú L T I M O (HISTORIA TRISTE) PAR f La gala del barrio es mi Tecina Consuelo Euiz, una andaluza de cabellos negros y ojos de fuego. Su marido, José Rodríguez, trabaja este año á las órdenes del segundo espada de la Plaza de Madrid, y esta tarde hay corrida. José llegó esta madrugada de Jerez. Es un muchacho modesto, honrado y simpático, que quiere mucho a su mujercita y á los dos hermosos niños que alegran su humilde hogar. Si se aplica y aprieta con los palos, y pasa fatigas para que le den la alternativa, es por llevar pronto un poco de holgura y un poco de calor á su nido de amores, que ahora está muy frío durante el invierno. Quizá por las fat hjas que le consumen, con ese aliasí se le conoce entre la gente del oficio. Consuelo bajó de mañanita á la Estación, y cuando á cosa de las nueve abrí yo los cristales de mi ventana, se notaba en la casa del torero mucho regocijo. Consuelo, sentada junto al balcón, zurcía de prisa dos capotes rojos y amarillos, que destacaban sobre las baldosas recién fregadas grandes manchas muy secas de sangie negra. Los niños jugaban con las cintas de una divisa. Sobre una silla veíase extendido un traje déseda azul con cordonadura negra. Dos tórtolas se requebraban cou pasión en una jaula desvencijada, y un moñudo canario, constaiite compañero de la andaluza, se abría el pecho á fuerza de repiquetear trinos y f ermatas -jTe han aplaudido mucho? -preguntó Consuelo á Pepe. -Mucho, nena mía; más de lo que yo merezco. -Y ¿no has tenido ningún desavío ¿Qué he de tener? ü n tunante de Orozeo pudo quedarse conmigo cuando iba á meterle los brazos; pero se quedó con las ganas, porque no clavé- ¡Ay, Pepe! Qué feliz seré el día que cambies de oficio. í -No hay que hablar de eso, ¿oyes? Yo no sirvo para otra cosa, y toreando he de llegar á darte todos los gastos que quieras. Como la calle es muy estrecha, yo no perdía detalle de la conversación de los esposos. Pepe, al pronunciar las últimas palabras, besó á su mujer en la frente y abrazó repetidas veces á sus hijos. Consuelo miró á su marido con arrobamiento, y le dijo después con voz muy triste: -Ayer me repitió el ataque; como el telegrama llegó tan tarde. ¡Si vieras qué dolorido me ha quedado esta vez el corazón E l rostro de Pepe se puso sombrío. -Ahora mismo voj á llamar al médico. Consuelo. Esto no puede seguir así, y hay que poner remedio aunque cueste caro. Después de todo, este año no nos irá mal. Ya sabes qae mi matador lleva firmadas más de sesenta corridas. Las cuatro de la tardel Pepe está acabándose de vestir. Los tirantes de goma oprimen los hombros sobre una camisa blanca como la nieve, que ostenta en su almidonada pechera todos los primores que en materia de bordados y encañonados saben hacer las manos primorosas de la andaluza. La moña de trapo se sujetó sólidamente con la trenzada coleta. La faja encarnada ciñe en menudas vueltas la airosa cintura. Hoy lleva Pepe un temo nuevo, verde y plata. El niño mayor, sentado delante de un espejo, se pone y se quita la afelpada mouterilla, que produce extraño efecto sobre aquella cabecita rubia de largos y sedosos rizos.