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466 BLANCO Y NBGEO citando las obrasque le habían servido. -para hilvanar las suyas; el otro le acusaba de firmar obras que habían escrito autores noveles ó desconocidos, CUÍ OS nombres revelaba mofábase aquél de su estilo y de su ignorancia; criticábale el otro por cfadulterar la historia y por enseñar á sus lectores errores y mentiras. Todo era en vano. El público acudía afanoso á llenar uno y otro día los teatros donde se representaban sus obras, y se arrebataba de las manos las novelas que llevaban su nombre, y, como era natural, las empresas y los editores lo solicitaban, luchando por todos los medios para conseguir sus producciones, y, seguros de la ganancia, derramaban sin vacilar en sus bolsillos el oro á manos llenas. Dumas, sin embargo, había comenzado su carrera como tantos otros, sufriendo penalidades y miserias y recorriendo ese i; ia crucis del poeta y del artista, en que algunos, pocos, tienen ¡a dicha de tropezar con la Fortuna y con la Riqueza, que lo apartan de él, en tanto que los m i s siguen penosamente, cayendo y levantaudo con su cruz á cuestas y regando el camino con su sangre, con su sudor y con sus lágrimas. Huérfano y pobre, Dumas, después de algunos incidentes que la estrechez del espacio nos obliga á omitir, vivía en París en una buhardilla, ganando al año 1.200 francos como escribiente, por su buena letra sin otra compañía que la de su gato Myssouf, que le seguía por las calles como im pei- ro. Sus tres primeras obras, El Mayor de Estrasburgo, Una comida de amigos y Los Abencerrajes, habían sido rechazadas en todos los teatros. La primera obra que logró ver representada en el Gimnasio el 22 de Septiembre de 1825 fué un vauleviUe titulado La caía y él amor, que había escrito eu colaboración con Leuven y Rousseau, autores ya conocidos, los cua es consiguieron la aceptación de la obra, estipulando, como derechos, cuatro francos por representación para cada autor. Su segunda obra represéntala, L hada y el entierro, ya fué mejor pagada. También era de tres autores, y cada uno cobró seis francos por representación. Enrique Til y su corte, drama en cinco actos que escribió él solo y fué estrenado el 11 de Febrero de 1829, le proporcionó su primer brillante éxito verdadero. Desde el acto tercero- -dice el mismo Dumas en sus Memorias- -no fué un éxito, fué un delirio. Ksta obra le produjo 50 000 francos. Desde entonces acrecieron sin cesar su fama y sus ganancias; pero si procuraba conservar la primera y aun aumentarla, no sólo con obras nuevas, sino con ingeaiosai extravagancias, con aparatosas ostentaciones y con atronadores bomhosy que él mismo se daba, no sabia ni podía conservar las segundas, que despilfarraba locamente, teniéndolas, en muchas ocasiones, gastadas antes que percibidas. Loménie decía que Dumas, aturdido por su paso repentino de la obscuridad á la gloria, se zambullía en un lujo desentrenado; llevaba levitas fantásticas, chalecos deslumbradores; abusaba de la cadena de oro; daba banquetes sardanapalescos; reventaba muchos caballos maíníficos y amaba muchas mujeres hermosas Nada tenía de extraño; cuando era pebre ya demostraba sus instintos de archimillonario, de Nabab, de gran señor. En Ilalifax, una de sus comedias, dice él protagonista: Todas las mañanas, cuando me despierto tiro de la campanilla y llamo á mi criado. ¿Tiene usted un criado? -le pregunta uno de los iuterlocutores, y él replica con majestad cómica: -No, señor; pero tengo una campanilla. Halifax era Alejandro Dumas, cuando ni aun tenía una campanilla y le era forzoso llamar á voces al criado que tampoco tenia. Lógico fué que cuando sus obras estuvieron en boga y el oro entraba á montones en su caja, procurase realizar sus constantes ensueños de grandeza. E itoaces fué cuando hizo construir en Saint- Germain su villa Montecristo, en conipetencia con los palacios fantásticos de Las mil y una noches L Illustration publicó algunos detalles de aquel curioso edificio, en que Dumas amontonó las fantasías más costosas y los caprichos artísticos más caros. Tenía la villa extensos jardines, en los que había una isla, un torrente, pabellones góticos, fuentes caprichosas, torrecillas guarnecidas con campanitas, y aquel famoso kiosco, con el techo azul sembrado de estrellas, que era el gabinete de trabajo. En Montecristo había también taller para los pintores: doce habitaciones para los amigos, un pequeño palacio para los monos, otro para los loros y un tercero pira los perros, amén de una caballeriza casi regia para ocho soberbios caballos. El gran salón, tapizado con riquísimas telas de seda y oro, contenía toia clase de maravillas artísticas; el gabinete ó salón intimo, era un prodigio de lujo y de riqueza; en fin, por todas partes había tal número de cuadros, estatuas, bibelots, objetos raros y curiosidades bizarras, que á su vista p -oducía vértigo y mareo, al que por primera vez entraba en la villa del opulento literato. ¿Opulento? ¡Quiá! En medio de aquel lujo desenfrenado, y acaso por él, Dumas, como dice Julio Lau en sus Memorias de un jefe de claque, era un autor que figuraba á menudo en el número de los desargentes. Y cuenta que para formar idea de lo que ganaba, basta recordar la siguiente anécdota. Cuando se casó con l i a Eerrier, un actriz de la Porte- Saint- Martin, al consignar en el contrato sus derechos de autor, el notario le indicó que determinase la cifra para la percepción del derecho fiscal. Si es para eso- -dijo Dumas- -no ponga usted más que 200.000 francos. La historia de su casamiento con aquella cómica es graciosísima. Ida, después de rodar por varios teatros y teatritos, fué al de la Puerta de San Martín, donde representó con éxito las obras de Dumas, creando el papel de Angela en LwEscala de las mujeres. Pronto las relaciones del autor y de la actriz llegaron a l a mayor intimidad, y aquél tuvo el descaro de llevarla, con general escándalo, á un baile dado en casa de su protactor el Duque de Orleans. Éste, al saber de qué clase de seíiora se trataba, se aproximó á la pareja, y con tono digno y severo le dijo: Supongo, caballero, que usted no ha podido presentarme más que á su mujer. Estas palabras- -dice Mirecourt en Les Contemporains, refiriendo la anécdota- -encerraban una orden terminante é inexcusable. Dumas se casó. Chateaubriand se dignó servirle de testigo. Poco tiempo después los esposos se separaron, como era natural. Dumas quedó en París, y ella, aunque estabí tan gruesa que su marido la llamaba El Monte Ida, se marchó á Florencia á seguir su antigua vida, como era natural también. Alejandro Dumis murió pobre, el día 5 de Diciembre de 1870, en una casa que su hijo tenía en las inmediaciones deDieppe. Cuando murió, París estaba sitiado j no se supo allí su muerte hasta fines de Enero del 71. -Enrique Lavoix, amigo de Dnmas, hijo, publicó en La llastracióa un artículo necrolói ico, dando noticia de su muerte, y consignando este detalle curioso: Alejandro Dumas, padre, había escrito 170 obras; algunas de ellas forman 12 volúmenes. Sólo en un año, de 1845 á 46, publicó 60 tomos de novelas, sin contar sus obras dramáticas, sus artículos literarios, etc. etc. Para terminar: Dunns, como Meissonier y como otros muchos artistas y literatos, no satisfecho con sus triunfos artísticos, con sus éxitos literarios, aspiró, eu 1848, á ser elegido padre de su patria Hipólito Hostein, antiguo director de! teatro Histórico, conservó su profesión de fe que es cu losísima y la ha publícalo en su interesante libro Historietas y recuerdos de un hombre de teatro. En ella encontramos esta frase: El poeta no debe adular ni á los pueblos ni á los reyes; debe decir la verdad á todos Sólo que los pueblos la escucharán, y los reyes se taparán las orejas. Dumas no fué elegido. El pueblo, en aquella ocasión se tapó las orejas también. TELLO T É L L E 2