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4 G 0 BLANCO Y NEGRO Por cierto que uno de estos dias, cuando llegaba á este punto de su discurso la oradora, un hombre, al parecer conservado en aguardiente, se aproximó á la carroza y preguntó á la dama química: -Diga usted, ¿es verdad que concluye con todo? -Infalible- -respondió la interpelada. -Pues déme usted un tatarrete para dársele á aquéya, y ver si me quedo huérfano de esposa politica. Otro golondrino recorre las calles de Madrid dando funciones amenas de gimnasia cómoda ó higiénica y prestidigitación visible. Lleva en su compañía un perro que salta desde una mesa al suelo y viceversa, y se sostiene en dos pies. El dueño se tiende boca arriba y el perro pasea sobre el cadáver interino de su amo. Y se acabó el ejercicio gimnástico. El de prestidigitación se reduce á la desaparición de un pañuelo ó de un reloj, ó de un portamonedas de cualquiera de las personas que forman corro para ver la función gratuita. El escamoteo suele salir tan limpio, que no vuelve á parecer el objeto escamoteado. Cuando llega la hora de pedir amo y perro algun; i remuneración por su trabajo, la concurreaoia se desvanece. Los propietarios de cosmoramas movilizados; los usufructuarios de pianos cantantes, que han hecho ese cuerpo de chicos profesores en manubrio, en fuerza de manipulaciones musicales; todos estos golondrinos anuQcian el verano. Pero hay otro que no puede pasar ignorado. Tanto por la novedad, en parte, cuanto por la filosofía. Acompaña á un pájaro, á un inocente jilguero instruido en la magia y en el cálculo infinitesimal. A una leve insinuación de mano, y previo el pago de un perro chico, da á cualquiera, impreso ya, el sinu de la criatura. Vamos, el sino del que paga. -Anda, Nicolás: -dice el caballero mago -anda y saca el papelito para contestar á esta joven. ¿Sabes el número? Tres, ¿eh? Está bien. El pajarito va al archivo establecido en un jaulón, y vuelve con un papelito en el pico. ¡Qué mono es! -exclama una chica fogonera. ¡Bendito sea Dios, qué seres cría! -murmura una anciana, no se sabe si refiriéndose al pájaro ó al pajarero. -Vendo también una baraja- -añade el mago de gorriya- -la baraja del amor. Ustedes, las señoritas- -dice al corro ó al bulto- -tienen en la mano las copas, los bastos y los oros. Yo me quedo con las espadas. Pregunten ustedes Vaya, usted, niña, ¿Sabe usted leer? -Sí, señor- -responde avergonzada una muchacha, apaisada ella y con la nariz indecorosa por lo arremangada. -Pues lea usted ahí lo que guste en esa carta. La cliica lee: ¿Me quieres? Carcajada general y ocurrencias de carácter simbólico. El caballero suplica: -Señores, un poco de silencio. Esto, en la calle, parece raro. Callan y lee en otra carta que tiene el mismo número, el caballero mago. -Con todo su corazón. Felicitaciones harto liberales á la chica, y gritos y algazara. Alguna vez sucede que la respuesta nada tiene que ver con la pregunta; pero ese es un caso particular. ¿Seré feliz en mi empleo? -preguntó en seguida un ex cabo, recién colocado por lo paisano. Y el destino respondió: -Como el agua en una cesta. -Lo mismo pudo responder- -replicó el hombre indignado: Arrímate á la acera, no te atrepelle. Y aun quedan otros golondrinos, de quienes no quiero acordarme siquiera. ¡Pobres pupilos de dos pesetas, con postre y café! Ha llegado para ellos la estación de los catres de movimiento. EDUARDO DE P A L A C I O