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VENTURILLA Voy á reíerir hechos históricos, de autenticidad indubitable, para que sean conocidos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, si ya uo los conoce (y así lo creo) y délas personas que anhelan ver clavado el diente de la piqueta demoledora en la Torre Nueva de Zaragoza. ü n día de Enero del año 18152 circuló por la ciudad dé Burdos esta voz siniestra: ¡El arco de Fernán- González se hundel Y se hundía, se, hundía por momentos: los huracanes, las nieves y los hielos de r trescientos inviernos habían producido enormes grietas en la fábrica, y el desnivel, que empezaba en el basamento, era de un pie y siete pulgadas. -Es el arco de Fernán- González un trofeo de gloria que. mandó erigir- el emperador Carlos V en honra del insigne fundador de la independencia de Castilla; construyóle el rey D. Felipe II sobre el. bolar donde, ségúu. la tradición, se alzó en siglos anteriores la casa natal del héroe castellano; mide una altura de veinte metros, y tiene gallardas columnas dóricas, buen cornisamento, siete obeliscos, escudo dé armas y otros adornos y accesorios de buen gusto; su inscripción votiva, en latín, grabada sobre cartela de mármol blanco, significa en castellano: A Fernán González, libertador de Castilla -héroe insigne- -padre de grandes reyes- -en el solar de su misma casa- -y para eterna memoria de su nombre- -y de la gloria de su ciu- dad. ¿Que se hundía el arco de Fernán- González? ¡Pues no faltaba más! Los trompeteros del Ayuntamiento, revestidos de anchas hopalandas de terciopelo rojo, salieron al balcón principal de las Gasas Consistoriales; y lanzando al aire las agudas notas de sus clarines, convocaron á concejo extraordinario; el Alcalde y los Regidores perpetuos de la noble Capui CasteUm (y entre ellos mi abuelo D. Francisco, á quien Burgos y España deben la conservación de los huesos del Cid) fuerOn llegando pausadamente al salón de sesiones, y sentáronse en sus blasonadas sillas enrules; el pueblo invadió eii seguida la sala, ocupó banquetas y escaños, se agrupó en las galerías inmediatas, en la espaciosa escalera, en el vestíbulo, en los soportales de la Plaza Mayor. Y cuando el Alcalde propuso al Concejo, después d largo debate, numerar las piedras del arco, derribarle y reconstruirle en el mismo solar, un hombre del pueblo gritó con voz recia: ¡Protesto! ¿Quién protesta? -preguntó iracundo el Alcalde. Y aquel hombre del pueblo, alzándose en pie sobre, el escaño donde estaba sentado, respondió: ¡Venturilla! Saludáronle atronadores aplausos. Xo he conocido á Venturilla, a u n q u e fué subordinado leal y anaigo cariñoso de mi buen padre; pero viven muchos burgaleses que le conocieron y darán testimonio, si le pedís, d é l o s hechos que estoy r e firiendo. Era un maestro de obras, un entallador, un imaginario, sucesor leg i t i m o d e los ilustres artistas que cobraban un salario anual d e 2 0 á 40 fanegas de trigo por enriquecer con admirables obras la catedral burgense, en los siglos x v y xvi; de aquel Juan de Colonia, que in auras evexit las torres d la fachada de Santa María; de aquel Juan de Vallejo, qne