Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
450 BLANCO Y ÑfiGRO y porconsigiiiaate, el tiempí na liabia poiido borrar íodavíi los agravios y los rencores ooasionados por sus despiadadas discordias; así es que á la vez que ea los campos peleaban oristinos y carlistas con repugnante saña, en las poblaciones sostenían constante otra guerra sorda, latente, no menos feroz, ni menos apasionada, que en ocasiones se manifestaba, ya en inicuos atentados contra determinados particulares, ya en execrables y criminales atropellos, que en la agitación y desbordamientos de las pasiones, irritadas por la agresión ó por la ofensa, pueden hallar explicación, pero no disculpa. Aquella angustiosa situación de España, aquel deplorable estado de su política y de sus hombres, agraváronse extraordinariamente con la propagación del cólera, asoladora epidemia que ya el año anterior había pasado de Portugal á Andalucía, causando innumerables víctimas, y que extendiéndose por toda la Península, alcanzó en breve á las Provincias Vascongadas y á Navarra, juntando los estragos de su invasión á los horrores de la guerra. El día 16 de- Julio del citado año de 1834 se declaró también la existencia del cólera en Madrid, y junta con esta espantable noticia, que esparció el pinico y la alarma consiguientes, circuló otra verdaderamente estupenda, inventada no se sabe dónde ni por quiér, pero a l a que dio i: d 0 Íl crédito el vulgo, acaso por su natural irreflexiva- disposición á creer todo lo extraordinario y á prestar oído á todo 1) absurdo, acaso y muy particularmente por la prevención con que eran mirados los frailes, cuya deplorable intervención en las liles. políticas, tan opuesta á los piadosos fiaes de su sagrado ñiinisterio y á los humanitarios y pacíficos preceptos de su religión, les había hec io para los exaltados, oJ ¡osos; para. lqS: más templados, antipáticos. j Frescas estaban las m. etuorias de los desmanes y excesos cometidos por algunos durante la furiosa reacción y absolutista; diariamente se recibían noticias de las c hazañas y orueldadeg cometidas p o r l a s hordas que mandaban el canónigo Echevarría, el prese bítero D. Benito Tristatiy moséii Benei) elfránciscaiio Boger, el cura de Villoviado, D. Jerónimo Merino, y otros extraviados sacerdotes, que al hermoso de: D es: bián, pr. eferido el de, cabecillas de D. Carlos ¡nadie ignoraba- -y así lo consignan católicos escritores dmpárolales- í- q. üé: lós- eóKS- en as. y; casas religiosas; se habían transformado en arsenales y en fábricas de cartuchos y utensilios de guerra y aunque nada de esto sirve, para disculpar infamias ni para justificar crímenes, sirve, como ya hemos dicho, para expKcar, en cierto modo, la creduhdad: conque el vulgo acogió las noticias origen dedos sangrientos sucesos que recuérdala fecha de hoy. y dieron asun o. al excelente. artistaespañol Sr. Pulido para pintar el valioso cuadro que en este número reproducimos. El rumor de que; agODtes, de, lc! S; je súítíts envenenaban las fuentes- -dice un historiador relatando aquellos sucesos, -enardeció los ánimos, ya soliviantados, ltasta el, panto- de llevar, á una turba, guiada por provocadores de mal agüero, que nunca faltan en las grandes agitaciones populares, á penetrar en los claustros de San Isidro, y á saciar su furor dando muerte á no pocos inofensivos JndividuDs de- la CompaBÍa, do Jesús. sCofneazadalá. heCatolnbé por aquellos asesinatos, cobró carácter á la vez nmnicipal y político la matanza de los frailes, por demás, considerados oíimo. tácitos aliados de los carlistas en armas El desbordamiento de la muchedumbre irritada no conoció limites desde aquel momento. -El general Martínez de San Martin no se halló apercibido ó no supo distribuirlas fuerzas de quc disponía, en térmioos capaces de- haber contenido el mal. Informado délo sucedido en San Isidro, acudió á San Martín á- tiempo de salvar la vida de algunos religiosos; pero los arnotinados so habían dividido, y reforzados por las turbas que corrían por las calles, imbuidas en la fábula del envenenamiento de las fuentes, penetraron en Santo Tomás, San Francisco y en la Merced, donde renovaron los mismos y o, un mayores excesos qiie los perpetrados en el colegio de los jesuítas Otro ilustre escritor, el inolvidable Fígaro, en uno de sus aduiirables y primorosísimos artículos De 18.30 á 1836 -cuenta lo que sigue, á propósito de aquellos acontecimientos: El 17 había sido testigo del sangriento desastre de los frailes; nueva ocasión de deplorar la ineptitud del Ministerio Martínez (de la Rosa) que no supo prevenir ni reprimir el desorden y que creyó componerlo todo tomando una venganza bárbara. y basta ioicua. La victima expiatoria de aquella calamidad fué un mozo desdichado de diez y ocho años, cuyo crimen se reducíaá habersido- sorprendido con unos harapos de frailes y unas estampas. Ningún cargo grave resultaba contra é l pero no por eso dejó de sufrir la pena capital cinco meses después del suceso es decir, cuando, olvidado ya el atentado, perdía el escarmiento hasta su, supuesta eficacia. Aquel desdichado joven, que, según Pirala en sus Anales de la guerra civil, era un infeliz músico, subió al patíbulo más compadecido que culpado. Los anatematizables sucesos de liladrid en aquel terrible día, se reprodujeron durante los siguientes meses, con varias consecuen. cias, en dil erentes poblaciones, entre ellas Zaragoza, donde las turbas fueron capitaneadas por un fraile de la Victoria. Crisóstomo- Caspe; en Murcia, so pretexto de la provisión de una canongía á favor de un carlista en Keus, por haber asesinado los carlistas á un urbano padre do ocho hijo al que crucificaron y sacaron los ojos por mandato de uno de los frailes que iban con aquellos; en Barcelona, por haber encontrado armas y pertrechos de guerra en un convento, y en fin, ya por análogos motivos, ya por excitaciones de los esaltados, ya por desenfreno del populacho, en Mataró, Igualada, Valencia, Alcañiz, Cádiz, Valládolid, Salamanca y otras muchas poblaciones. E s t a persecución lamentable- -dice Pirala en su citada obra- -probaba conipletamente lo mal que se mir! ba á los frailes, qu il5 hedió quedaron suprimidos en España como lo fueron en breve por un Real (iecreto. n TELLO TÉr. LEZ.