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LAS M E D I A S (NOVELA TRANSCENDENTAL) I iKO era el joven más impresionable de la provincia de Albacete. Allí pasó los primeros años de su existencia haciendo el amor á todas las muchachas bonitas, y recibiendo calabazas con profusión. ¿Qué hago yo aquí menospreciado y triste? -se dijo un día mientras se cortaba las uñas con un cuchillo. -Quiero recorrer el mundo en busca de una mujer queme ame. Metió toda su ropa en un baúl, y se empaquetó en un coche de segunda con dirección á la corte. Se nos olvidaba decir que Siró gastaba peluca. Cuando chiquitín, había tenido una erupción maligna, y esto le ocasionó una calvicie perpetua. Pero continuemos. Cuando Siró puso el pie en el comedor de la fonda de Oriente, tuvo que apoyarse en un camarero para no caer desfallecido de emoción. Acababa de ver, sentada á la mesa, una mujer encantadora. ¡Ay! -exclamó Siró. ¿Que le pasa á usted? -le preguntó el camarero. ¿Quién es esa joven? -dijo el chico de Albacete. -Una viuda. Doña Clara Sandoval. Siró, con los ojos espantados y el labio tre mulo, fué á sentarse en una silla inmediata a l a viuda; pero en su aturdimiento se dejó caer sobre un caballero rubio, que le rechazó bruscamente, gritando: ¡Mamarracho! -Favor que usted me dispensa- -contestó Siró sin saber lo que se decía; y desde aquel momento, ya no hizo más. que atrocidades. En vez de echarse vino, vertió en la copa las vinagreras; cuando quería llevarse á la boca un pedazo de pan, se mordía el dedo gordo por equivocación, y una vez, en lugar de pollo, se puso en el plato la anilla de la servilleta, que era de boj, y por poco se la traga. El caballero rubio observaba los movimientos de Siró y sonreía con aire burlón. La viuda no perdía tampoco el menor detalle y cuando ésta se levantó para dirigirse á su cuarto, el joven de Albacete, sin poderse contener, le dijo al oído: Qué hermosa es usted, señora!