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BLANCO Y NEGRO 439 E l Mandarín muy escamado y tirándose de la coleta) ¿Qué quiere usted decir con eso, amigo QuanChong? Quan- Chong después de haberse estado mirando un rato las zapatillas) ¿Ha pensado usted alguna vez en la suerte del pobre empleado que se empeña en no poner los pies en la oficina, y que se encuentra presa del mayor terror desde que amanece hasta que anochece? So, claro está! ¡Pues es lo que á mí me pasal Todas las mañanas me digo: ¡Anda al Ministerio, no seas chino! Entonces me visto y salgo con rumbo á la oficina. Pero ¡que si quieres! al pasar por la casa de te, entro, tomo una taza, dos tazas, tres tazas. Miro el reloj, y pienso: Cuando dé la hora, salgo de estampía Pero da la hora, y espero el cuarto, después la media, y cuando da la media, me digo: Esto no puede ser: ¡ya es muy tarde! ¡Van á creer que me estoy burlando! ¡Qué vida, Confucio mío! ¡Qué vida! Los ojos del Mandarín sedilatan. Quan- Chong con coz pastosa) ¡Ya perdí mi alegría de los veinte años! ¡Ni como, ni bebo, ni fumo, ni duermo! ¡Cuando vuelvo á mi casa, me figuro ver encima de la mesa mi cesantía! ¡Si sueño, lo h go con las economías y con el Ministro, que me hace salir de su despacho por pie de portero! ¡La cesantía! ¡Ahí es nada! ¿Qué seria de mí el mes que dejara de cobrar? ¡Qué vacío sólo de pensarlo! Aquí se deshace en llarito. En los ojos del Mandarín retrátase la mayor inquietud. Quan- Chong. ¡No pienso más que en eso! Pues ¿dónde encontraré una casa comparable á ésta en mansedumbre, en indulgencia, en paternal bondad? ¿Y un jefe como el que tengo delante? ¡Ah! ¡Ya sé yo que no! Así es que estoy medio loco. ¡He perdido veinte libras desde que no vengo al Ministerio! En esto se levanta los zaragüelles. Fíjese usted en mis pantorrillas; á ver si no parecen velas de sebo. ¡Y si viera usted mis caderas! Verdaderas caderas de gato desollado, ¡imposibles, vamos! Y además, toso de noche, sudo como una foca, y me levanto cinco ó seis veces para ir á beber á la tinaja Bajando la cabeza. Esto va á tener muy mal fin. El Mandarín compadecido) -Pues venga usted a la oficina, amigo Quan- Chong. Quan- Chong. -No puede ser. Eso está reñido con mis principios conservadores. El i aw a? -í ¡Medrados estaríamos si todos sus compañeros dijesen lo mismo! Quan- Chong justamente indignado) -Nada de comparaciones; mis compañeros no le prestan á la Administración más que su celo, su actividad, su inteligencia: en cambio, yo le sacrifico mi vida. ¡Ah! Esto ya no puede seguir así. El Mandarín. -Tal creo. Quan- Chong. ¿No es verdad? E l Mandarín. -Desde luego. Quan- Chong cubriendo de ósculos la mollera de su Jefe de Negociado) ¡Gracias, mil gracias! El Mandarín. -Presente usted su dimisión; yo se la trasladaré al Ministro. Quan- Chong altamente sorprendido) ¡Mi dimisión! ¿Está usted loco? ¡Pues si lo que ando buscando es un ascenso! El Mandarín se queda hecho un sapo. Quan- Chong irguiéndose con dignidad) ¡Pues cualquier día sigo yo encanijándome por cuarenta duros mensuales! El Mandarín se arranca un botón para descalabrar á Quan- Chong pero éste desaparece por el foro? PEDRO V A R G A S