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BLANCO Y NEGRO 437 A la horcliatera valenciana, de liermosa presencia, de formas blancas j esculturales, de las que sólo dejaba libres los brazos la almidonada y hueca bata de percal claro, estampada de flores y festoneada con encañonados volantes y lazos de seda, á aquella horchatera que llevaba en el pelo un carmen granadino ó una huerta murciana, y traía á la memoria cielos andaluces, rejas sevillanas, rumores de carceleras y dejos de seguidillas, ha sustituido la camarera soez que busca parroquianos y propinas á cambio de sonrisas y amabilidades, y que no tiene ni la encantadora poesía con que á las antiguas las enyolvia el tiempo primaveral en que hacían su aparición, ni mucho menos motivo para tenerla. Las horchaterías han caído de la altura que ocuparon, lo mismo que han caído los célebres helados y horchatas de Pombo, que tanta fama alcanzaron en épocas en que se estilaban corbatines de cinco vueltas, trabillas en los pantalones, de color de tórtola, fracs azules y botones que sólo ahora las libreas lucen fulgurantes como peluconas del rey Carlos I I I Las horchaterías han perdido en atractivos desde que la moda ha elevado sus productos á la categoría de artículos de primera necesidad. Cuando el sorbete, el célebre arlequín de mantecado y fresa, servido á manera de bicolor peluca de payaso de circo, en enana y amazacotada copita de cristal azul; el sorbete, que se tomaba solamente en los días en quese repicaba gordo, y era complemento, en los de Viernes Santo y el Corpus, del paseo en que se lucieran, olienilo á membrillo y pimienta, los trapitos de cristianar y el fondo del baúl; el que sólo en las fechas señaladas, y encargado con. Áa anticipación de dos semanas, podía solicitarse, y hacía, por lo poco que se prodigaba, que se le esperase, como aun ocurre en algunas provincias, con la impaciencia de lo desconocido ó lo sublime; cuando el sorbete, que tantos motivos dio á Ortego para sus deliciosas caricaturas, era manjar extraño para los paladares del común de las gentes madrileñas, la apertura de las horchaterías era un verdadero acontecimiento. Pero ahora que el hielo, bautizado con los nombres más difíciles de retener en la memoria, figura en el más modesto menú y le sirven los restaurants en los cubiertos de cuatro pesetas; que las máquinas heladoras se hallan al alcance de las más modestas fortunas, y en las casas se ha hecho su fabricación tan usual como la del arroz con leche y los huevos moles, las horchaterías y su inauguración pasan perfectamente inadvertidas para todos aquellos que no siguen chapados á la usanza de los coetáneos de Muñoz Torrero, Cabarrús y el Conde de Toreno. Por un lado la moda, que avasalla y destroza con el estigma del ridículo, que es el más bochornoso de todos, cuanto halla al paso, sin respetos ni consideraciones, y por otro la invasión extranjera, que hace con nuestras costumbres y usos un completo desastre, han contribuido al desprestigio de las horchaterías. Nadie que se considere medianamente distinguido preferirá entrar en una de ellas, pudiendo por el mismo precio saborear un vaso de refresco inglés, que tiene, entre otras propiedades, la de ser extranjero, y por ende mayor consideración que la que puedan merecernos nuestros, en un tiempo famosos, sorbetes de arroz. Las bebidas inglesas están á punto de matar á las horchaterías. Lo que no podrá nunca conseguirse, á pesar de todos los pesares, es que los camareros bretones que sirven las unas, atraigan por su físico más parroquianos asiduos que las muchachas alegres y pizpiretas qu al vernos entrar, y apoyando sus pequeñas manos sobre el mármol, nos preguntan con melosidades de, criolla: ¿Qué va á ser? CÁELOS O S S O R I O AV Y GALLARDO. f í