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mi LAS HORCHATERÍAS Después de todo un invierno triste, llorón, melancólico, que se han visto destinadas á servir de almacenes y depósitos de esteras y alfombras, no bien U Iglesia repicó á gloria con alegrías de pájaro, y las macetas colocadas á modo de festón en las ventanas de las niñas liumildes, se llenaron de rosas y claveles, y las violetas inundaron con su perfume el ambiente, y las persianas verdes se descorrieron sobre los balcones, y los almendros se llenaron de flores, y las alamedas del Retiro de lilas, las horchaterías abrieron sus puertas, brillantemente charoladas de blanco, y en ellas, sobre limpias mesas de mármol, se empezaron á servir los helados y horchatas que han de aliviar á los que no puedan permitirse el lujo de carenar sus pulmones con las brisas marítimas impregnadas de vida y salud, de los sofocantes calores del estío, y servir de centro de reunión á cuantos desocupados pululan por la corte, y á cuantas niñas casaderas, anéiidcas, cloróticas, íiaouchas, pasan los rigores de la estación en que los ricos gozan de bailes, saraos y comidas, respirando la atmósfera asfixiante, llena de humo y vapores pútridos, de los afés con conciertos de media en i media hora. i Las horchaterías son á l a p o I blación, lo que las golondrinas á los árboles: indican el buen tiem -po. Muchas veces sucede, no obstante, que el despacho de las unas se reduce á cero, porque la nieve puede más que el hielo artificial con que aquéllas nos brindan, y que las otras se mueren de tristeza al ver que venían en busca de un sol parecido al africano que acaban de abandonar, y se encuentran con lluvias, lodos, tormentas y ciclones. El tipo de la horchatera, como el de la maja y el de la castañera, va desapareciendo, como va desapareciendo todo aquello que á nuestros abuelos entretenía y á nuestras abuelas encelaba.