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434 BLANCO Y NEGRO de TraCalgar, Zaragoza, Grerona y Ciudad Rodrigo, entre otros muchos, serán eternamente recordados por los españoles con orguüotan grande y tan legitimo, que apenas dejará Jugar en el ánimo a! sentimiento natural que siempre producen las memorias de las pérdidas y de los infortunios. Ciuéndonos lioy al recuerdo que despierta el último de los nombres citados, nos limitaremos á dar brevísima noticia del formidable sitio que, á mediados de 1810, sufrió la plaza de Ciudad Rodrigo, y de la gloriosa conducta de sus defensores: aun cuando para dar idea del uno y de la otra, acaso bastaría copiar las siguientes frases que el general Massena, jefe de las fuerzas enemigas, escribió en su parte, en el que hizo el debido honor á aquella defensa: No hay idea del estado á que está reducida la plaza de Ciudad Rodrigo; todo yace por tierra y destruido: ni una sola casa ha quedado intacta. Ha h. ibido más de 2.0 Ü 0 hombres muertos de la tropa y de los habitantes. La conquista de Portugal era uno de los deseos y de las preocupaciones más constantes de Napoleón. Para lograrlo envió al citado Massena, Duque de Rívoli y Principe de Essiing, su antiguo compañero y el más hábil de siis generales, al frente de un ejército formado por t: es cuerpos que mandaban respectivamente los generales Ney. Regnier y Junot. El primer cuidado de Massena, á su parecer de fácil realizacióu, fué el apoderarse de la antigua aldea de Pedro Rodrigo, convertida después en ciudad, restaurada y foitificada por Fernando II, para evitar los ataqTies de sus enemigos de Portugal, en cuya frontera estaba situada. Su posición topográfica, contraria á todas las reglas estratégicas; su fortificación antigua y defectuosa; el contar sólo para su defensa con una guarnición compuesta de 5.498 hombres y 240 jinetes, que mandaba el intrépido Julián Sánchez, en tanto que en el ejército francés se reunieron 82.000 soldados de todas las armas, bien pertrechados y dispuestos, y, en fin, la confianza de que los aliados ingleses no vendrían en auxilio de la plaza, fueron otras tantas razones para que Massena creyera asunto sencillísimo el conseguir la rendición. No contaba el ilustre general con el valor de aquella guarnición de 6. 500 hombres, con el heroísmo de aquel vecindario do 5.000 almas, con la entereza de su dignísimo Grotiernador, D. Andrés Pérez de Herrasti, aun cuando ya éste había sabido demostrarlo al contestar á la primera intimación, hecha el día 10 de Febrero de aquel año: Después de- cuarenta y n u e v e años que llevo de servii- ámi patria- -había respondido serenamente el bravo Gobernador- -conozco las leyes da la guerra y mis deberes militares Ciudad líodriíío no se encuentra en estado de capitular. La historia de los 67 días que duró el sitio formal, desde el 21 de Abril hasta el 10 rfe Julio, eu que fué concertada la capitulación en las condiciones más honrosas y satisfactorias, relátania todos los historiadores con los términos más lisonjeros, encomiando la decisión y la actividad de los jefes y autoridades, que animaban á los defensores recorriendo los sitios de mayor peligro; la bravura y el arrojo de aquellos soldados, que no cesaban de responder á los fuegos del enemigo, hostilizándolo con extremados ataques y con temerarias salidas, y el entusiasmo heroico de aquel vecindario, que no sólo sufría sin quejarse las rudas penalidades del sitio, sino que, participando todos del espíritu de su denodado jefe, hombres y mujeres, ancianos y niños, con esfuerzo superior á sus naturales alientos, ayudaban gustosísimos á la defensa. Señalóse entre las mujeres una llamada Lorenza por su intrepidez y serenidad, á pesar de haber recibido dos heridas; y hasta dos ciegos, guiado el uno por un perro fiel que le servía de lazarillo, se emplearon en activos y útiles trabajos, y tan joviales siempre y risueños dice Toreno, entre el silbar y granizar de las balas, que gritaban de continuo en los parajes más peligrosos: ¡Animo, muchachos! ¡Viva Fernando! ¡Viva Ciudad Rodrigo! Uno solo de los incidentes que refiere I) Miguel Agustín Príncipe en su Hhtoria de la guerra de la Independencia, es suficiente para apreciar el impondera rile heroísmo de aquel puñado de valientes. El i- -dice- -avisaron los vigías establecidos en la torre de la catedral, que en el campo enemigo se observaban movimientos extraordinarios, y que desde sus trincheras ee preparaban los franceses al ataque. En efecto, verificóse éste á las doce y media de aquella noche. Dos columnas de infantería, sostenidas por otra ae caballería, acometieron el arrabal de San Francisco por derecha é izquierda, dirigiéndose sobre los conventos de Santo Domingo y Santa Clara, cuyas guarniciones contestaron con un vivo fuego que, sostenido por la artillería de la plaza, bastó para rechazar á los sitiadores y hacerles desistir de su intento; A Ja vez otra columna de 300 hombres se dirigió á atacar el arrabal. Pronto fué repelida, conociéndose que era una llamada falsa para distraer la atención del verdadero ataque, que con tres numerosas columnas verificó el enemigo contra el convento de Santa Cruz, incendiándolo por todos lados, escalando sus tapias y volando! con barriles de pólvora su puerta principal para introducirse en la iglesia. Puso á ésta fuego el francés igualmente, valiéndose de camisas embreadas, y luego trató de asaltar el edificio, defendido por cien soldados del regimiento de voluntarios de Avila (1) que no sólo le rechazaron en cuantos asaltos intentó, sino que habiendo hecho de antemano una cortadura en la escalera, teniéndola cubierta con tablones, quitaron éstos cuando pasaba una compañía de granaderos franceses al mando de un oficial que llevaba el sable en uria mano y un hacha de viento en la otra. Todos cayeron prisioneros y fueron muertos por los defensores, que, rodeados por las llamas, aun permanecieron en sus puestos dos horas y media hasta que el enemigo desistió de su empeño al ver que llevaba perdida mucha gente La guarnición española sólo tuvo cinco soldados y un sargento muertos, y cuatro oficiales y lU soldados heridos. A la mañana siguiente, sitiadores y sitiados ocupaban otra vez sus anteriores posiciones, ufanos éstos con la gloria de haber rechazado tan terrible ataque, y abatidos aquéllos por lo cara que habían pagado su atrevida tentativa. La situación de la plaza liego, sin embargo, á ser insostenible. í altaban al fin l- s víveres, y escaseaban las municiones; la población estaba derruida, no había dónde colocar heridos y enfermos, la muralla tenia una brecha de 20 toesas, y súpose, por último, de un modo cierto, que el general Wellington y su ejército, lejos de venir en socorro de la ciudad, se dirigían á sitios apartados de ella. El Monitor de París decía pocos días después: uLos clamores de los habitantes de Ciudad Rodriaro, se oían en el campo de los ingleses, distante seis leguas; pero éstos se mantuviei- on sordos. Entonces se impaso la necesidad de capitular. El mariscal Ney, en persona, con su Estado Mayor, esperó al pie de la brecha al gobernador de la plaza para tratar de la capitulación, que fué concedida con las mas honoríficas distinciones. El Rey premió esta heroica defensa, concediendo, en 6 de Diciembre de 1814 á los que en ella estuvieron la cruz cuyo dibujo va en este número, y qtie en su reverso llevaba esta leyenda: A I valor acreditado en Ciudad Rodrigo. El Ayuntamienio de Madrid dio este nombre á una de sus calles para perpetuar su recuerdo. Dos años después, lord Wellington recuperó la plaza, mereciendo por ello que la Corte le concediera la grandeza de España con 1 titulo de Duque de Ciudad Rodrigo. TBLLO TÉLLEZ. (1) Lo 3 mandaban D. Ildefonso Prieto y D. Angal CasteÜanóá.