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428 BLANCO Y NEGRO sona, amóldanse á todas sus posturas y proporciónaiile un deleitoso cuneo infantil. ¡Qué descanso tan grande el de los muelles, después de una fatiga! ¡Qué sosiego tan dulce sobre ellos, después de un insomnio forzado! Pero, amigo, los muelles, á quienes nadie aventaja en docilidad, tampoco ha quien les supere en terquedad. Si se abaten á la presión ajena, es aguardando un momento de respiro para reponerse. Son dóciles porque son tercos, y son tercos porque de lo contrario dejarían de ser muelles. Se doblegan á la criatura con supuesta docilidad, pero es empujando á la criatura para librarse de ella. Semejantes á los piqueros, que detienen al novillo con las púas de sus garrochas, los muelles ven desplomárseles encima á los humanos, y los sostienen con las puntas de sus espirales. Eeeostarse ó sentarse sobre muelles, es sentarse ó recostarse sobre enemigos. No hay sino considerar la práctica de esta majadería humana. Se acuesta la criatura regodeándose con lo tierno de su lecho ó de su banqueta, y efectivamente, los muelles le reciben con blandura amorosa, ofreciéndole cadencioso balanceo, espacio justo para sus carnes, compensación exacta para sn nivel. Pero aj) enas ha cerrado los ojos, aquellos esclavos picaros que sólo á la violencia cedieron, principian á confabularse contra su señor, y desarrollan una fuerza ascendente, tenaz y ruda, cuyo empuje desvelaría á cualquiera que no se hubiese acostado con la ilusión de dormir sobre plumas ó rosas. Y lo positivo es que los muelles concluyen por desvelar, pues como hasta ahora no hemos hablado más que de muelles nuevos, aun puede tenerse por algo paradójica nuestra observación. No lo es en manera alguna, sin embargo, porque los muelles conservan poco la eficaz estructura á que deben su fama: el uso los tuerce, los agrupa, los desnivela ó doma, convirtiéndolos en pedazos de hierro, que si no cortan ni pinchan, es porque se lo impide la lona que los cubre. Butaca hay que al sentarse pone banderillas; diván que al tenderse graba arabescos en los lomos, y cama que al acostarse, después de producir una música como cajón de c avos que se revuelve, forma burujones ó baches donde los miembros de la víctima tropiezan ó se atenazan. Si el lecho de Procusto existió, pudo consistir en una cama con muelles viejos. í írs: V w Ante tamaño contrasentido, fuerza es sospechar que los muelles representan algo diverso de lo que sus inventores imaginaron; quisieron inventar lo estable y les resultó lo movible. La silla, que es la quietud, nos advierte con la impaciencia elástica de su asiento, que debemos hacer las visitas cortas; el lecho, que es el reposo, nos avisa, cuando nos balancea á la madrugada, que es ya hora de levantarse el propio diván donde nos recostamos á la siesta convidaría con un largo é inoportuno sueño, si no nos dijese, con las sacudidas de su armazón, que nos aguarda el trabajo. ¡Ah, sí; el muelle es uno de los progresos del siglo, pero que nos invita á caminar y no á yacer! Quédense para los torpes de nuestros padres aquellos sillones de cuero con los respaldos de lo mismo, donde podían pasarse las horas muertas; abandónenseles aquellas camas forradas de piel curtida sobre un promontorio de colchones, al cual era necesario subir con escalera, pero que en llegando allá proporcionaba aislamiento del mundo y quietud para el espíritu y para la carne. ¿A qué los cojinetes de badana con su agujero en medio? ¿A qué las frescas lonas para sestear en los ardores del ettio? ¿A qué las colchonetas sin bastas para envolver el cuerpo en los meses helados? Los antiguos nacieron para reposar, y nosotros nacimos para correr. Por eso, con apariencias de reposo, hemos inventado los muelles que nos empujan. Lo único en que no habíamos caído hasta ahora, es en que al más sublime de los muelles se le llama el trampolín, y sirve para lanzar al aire á los titiriteros. Tosí: DE CASTRO Y S E R R A N O