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424 BLANCO Y NEGKO Esto dijo Guillermo, sin añadir que él también sufría grandes dolores en el cuerpo, por enfriamientos cogidos en los campos de Algeciras, donde había dormido muchas noches á campo raso. Fué el caso que el Monarca leonés abandonó la capital para refugiarse en Oviedo, á donde se llevó las alhajas de las iglesias, las reliquias de los santos y los restos mortales de los reyes sus antepasados, para librarlos de profanación decía. Llegó Almanzor, y puso á la ciudad cerco apretado, é hizo jugar todas las máquinas que traía, contra los muros y las puertas bronceadas de León. El conde Guillermo, mientras tanto, se hallaba postrado en el lecho soportando los dolores de su antigua enfermedad; pero al saber el peligro que corría la plaza, llamó á gritos á sus pajes para que le pusieran los trapos menores, y luego á sus escuderos para que le armasen de hierro. Refieren las crónicas orientales, que en tanto que le aderezaban echaba pestes y venablos por aquella boca que tantas veces había invocado el nombre de Dios y Santa María Fuéle imposible montar á caballo, porque no podía llevar el pie á la estribera, y fué necesario aparejarle una litera; pero cuando la vio, exclamó lleno de ira: ¿Soy poi ventura, hembra? ¡Aparten la litera, y tráiganme, por lo menos, silla de manos, sin quitasol ni paralluvias, para poder menear la tizona con desembarazo! Condujéronle, por su mandato, á donde más arreciaba el peligro, y desde allí alentaba brioso á los leoneses, exclamando: ¿Qué dirán de sus padres los hijos, en sabiendo que no supieron defender la ciudad? Tened en cuenta que si entran los africanos, lo primero que harán esos licenciosos, será ultrajar á vuestras mujeres; defendedlas, y á vuestros hijos. Y notando que sus pajes le miraban con pavor, gritóles con estas palabras: -Y vosotros también, rapazuelos, dejadme aquí y acudid á defender á vuestras madres, que cuando yo tenía vuestra edad, me repugnaba el oficio y ardía en deseos de manejar la tizona, y cuando no me daban hierros con puntas, tiraba piedras á mis enemigos, no desde el parapeto, no desde la trinchera, sino en campo libre. Merced á las enérgicas exhortaciones de Guillermo, duró tres días el asedio, al cabo de los cuales entró en la ciudad el irritado Almanzor, con la bandera en una mano y el desnudo alfanje en la otra. Dirigióse á la silla en que estaba el Conde de Galicia, el cual, viendo que se acercaba su enemigo, y conociendo por su vestimenta que era el célebre musulmán exclamó: -Llega, y termina tu hazaña con la muerte de un viejo achacoso, sin piernas para apretar los ijares al caballo, y sin brazos para dividirte en dos partes. Viendo que Almanzor se detenía, maravillado al contemplar tanta bravura en cuerpo tan decaído, dijo á los que le seguían: -Yo no mato á este viejo. -Ni yo quiero deber la vida á un enemigo de la cristiandad- -repuso Guillermo- -y para esforzarte á que te defiendas, ¡toma! Y levantó la espada para dejarla caer sobre la cabeza del musulmán; pero paró el golpe la lanza de otro moro, y arrebatados los demás, se abalanzaron á la silla, derribaron de ella al aguerrido anciano, y le destrozaron con sus cimitarras. Llegó la noche, y mandó Almanzor que se suspendiese el combate, y dijo: Cuando aparezca el nuevo sol, dará principio el saqueo y el degüello general, sin que se libren ni los ancianos, ni las mujeres, ni los niños. Y así sucedió. Dice L. Tudens en su crónica: Ningún pueblo cristiano sufrió tragedia igual. ILDEFONSO ANTONIO BERMEJO.