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418 BLANCO Y NEGRO Pero la suerte, a i v e r s a á l a reina infeliz y á la desdiohala madre, dispaso las cosas de otro modo; los Girondinos faeron vencidos y declarados fuera de la ley. El día 3 de Julio, el Comité de Seguridad general, de creación reciente y más poderoso que Ja Convención misma, determinó que el hijo de Capeto fuese separado de su madre y el dia 1. de Octubre la Convención, cedi endo á las excitaciones de Barreré el Anacreonte de la gaillotina y aprobando una proposición de Billaud- Varennes, el feroz terrorista, que (lloraba como una mujer la muerte de un loro favorito aprobi el decreto siguiente: María Antonieta es enviada al Tribunal extraordinario: inmediatamente será trasladada á la Conserjería. Blgasto de los dos hijos de l; uis Capeto quedará reducido á lo estrictamente necesario para la conservación y sustento de dos individuos. Alejandro Damas, padre, en sa obra El Drama de 1793, de ioribe de este modo la terrible y violenta escena de la separación: (El 3 de Julio llegi, y con él uno de lo? dolores más terribles que pudiera experimentar María Antonieta. Los municipales entraron en el cuarto de las Princesa y les leyeron un decreto por el cual se disponía que el Delfín fuese separado de su madre y alojado en el aposento más seguro de la torre. No bien habí el nifio oído la lectura de tan horrible resolución, cuando se arrojó asustado en brazos de la Beina; sus gritos para que no le arrancasen de allí, partían el alma. Al pronto María Antonieta se quedó anonadada; pero cuando volvió en sí, coíocó á su hijo en su lecho, y situándose delante, se dispuso á defenderle. I.o s municipales tuvieron miedo á aquella mujer, á aquella madre, á aquella leona, que les decía: ¡Matadme... pero mientras aliente, no me arrancaréis á mi hijo! Uaa hora pasó entre resistencia 6 injurias, entre llantos y amenazas. Los municipales declararon, por último, que matarían al Delfín y á Mal. Eeal, si la Eeina no cedía. Inmediatamente aquella y Mad. Isabel se pusieron á vestir al Delfín, pues las fuerzas de la Keina se habían agotado. No obstante, después de vestido, ella fué quien le cogió y entregó á los municipales. E l inocente abrazó con efusión á las tres majere que prorrumpían en sollozos, y salió hecho un mar de lágrimas, en medio de los municipal es. La Reinadetuvo á los dos últimos y les suplicó, casi de rodillas, que pidiesen en su nombre permiso al Consejo general para ver á su hijo, aunque sólo fuese á las horas de comer; ellos se lo prometieron, pero consistiese en olvido ó en impotencia, es lo cierto que la madre y el hijo no volvieron á verse en este mundo. Al dia siguiente aguardaba á la Keina un nuevo dolor: el de saber que habían puesto al Delfín bajo la custodia del zapatero Simón. ¡Pobre niño, que tanto necesitab. i de los cuidados maternos I Por su parte, el inocente estuvo dos días llorando, y pidiendo sin cesar que le dejasen ir con su madre. La Keina gauó á lo menos algo en tan terrible lucha, pues cansados los municipales de sus ruegos, dejaron de permanecer en la habitación; y si bien se la tuvo encerrada de día y de noche, prefería esto á la presencia de sus carceleros. Hasta los guardias, que antes con el menor pretexto, mindaban abrir las puertas, no vinieron ya sino tres veces al ii: a para traer la comida y pasar revista á las ventanas. Carecía de quien le sirviese, pero así estaba mejor. Mad. Eeal, su hija, y Mad. lí- abel hacían las camas y servían á la Eeina. De tiempo en tiempo subían á la torre para ver desde allí, al través de una tronera, pasearse al Delfín por la platafoi- ma. La pobre madre aguardaba horas enteras para disfrutar de una iticha rápida como el relámpago: ¡aquella era su sola ocupación, su única esperanza! Solía tener también noticias que le traían, ya los municipales, ya Tisón; éste, como queriendo enmendar su conducta pasada, procuraba ver á Simón y hablarle del Delfín. Callaban, sin embxrgo, á la desdichada madre el modo cómo trataba Simón á aquel niño. Siempre que le encontraba llorando, le molía á golpes, de modo que el Delfín, bebiendo sus lágrimas, permanecía horas enteras en la inmovilidad del idiota. Nada le libraba de las brutalidades de aquel hombre, ni su edad, ni su bondad, ni su angelical figura. Simón le había convertido en su criado, obligándole á que le sirviera á la mesa. Un día, descontento del servicio, le azotó el rostro con la servilleta tan fuertemente, que faltó poco para saltarle un ojo. Otra vez, en un acceío de cólera, después de golpearle sin compasión, viendo que el inocente no gritaba, cogió un morillo de la chimenea con intención de descargarlo sobre su cabeza: el niño no se movió, y Simón arrojó lejos de si el hierro. Aquel mismo día llegó á París la noticia de una victoria alcanzada por los realistas vendeanos. ¿Qué harías, Capetillo- -preguntó Simón á su víctima- -si los elmanes (1 te libertasen? E 1 niño le miró con sus hermosos ojos azules, en que brillaba una bondad angelical, y contestó: -Os perdonaría. De vez en cuando circulabin los mis extraordinarios rumores, refereu eí á los desdichados presos en el Temple. Los Comités, y aun la Convención, llegaron á alarmarse. Beaulieu, el autor del D mrnal dn la JRevolation, dice al llegar á la fecha correspondiente: El 7 de Julio, Drouel manifiesta que, en nombre del Comité de Seguridad general, los había visitado, y encontró á Capetillo jugando alegremente á las damas con su Meiítiir, el zapatero Simón; María Antonieta, su hija y su cuñada, disfrutaban de la mejor salud Mr. Alberto Maurin, en sa Galería histórica de la Revoliieión francesa, hablando de aquel miserable zapatero remendón, dice: El infame Simón abusando de la juventud del prisionero, acabó de turbar y de aniquilar su débil inteligencia, valiéndose de licores fuertes que le hacía beber. Púsole en tal estado de imbecilidad, por aquellos continuos atentados contra su razón, que el pobre nifio, aleccionado por su verdugo, acusó á su madre y á Mad. Isabel de un crimen horrible que rechaza la naturaleza. En el mes de Enero de 1794, Simón fué llefádo al seno de la üjmiimne de París; pero los sucesores en su empleo no fueron menos crueles que él. Si no hay exageración en los recuerdos de la Duquesa de Angulema, nada podría igualar la crueldad atroz de los guardianes de su hermano el ex- Délfin. Estaba- -dice BaqueUa princesa- -ea una cama que no se había removido hacía seis meses, y él no tenía fuerzas para hacerla. Las pu gas y los más repng nantes parásitos la cabrían; sus ropas y sa persona estaban plagados de ellos. Darante dicho tiempo no se le había mndado de camisa. Su) ventana, cerrada con fuertes cerrojos, nunca se abría, y era imposible estar en la habitación, ¡wr el insoportable. hedor que en ella habla. En la lista de los guillotinados el 10 Tkermidúr (28 de Jalio de 1794) y á cuya cabeza está el nombre de Eobe. spierre, figura él último vA. Simón, de edad de cincuenta y seis años, zapatero, miembro del Consejo general de la Comtnvne Un año después del suplicio de su verdugo, el 8 de Junio de 179.5, y á la edad de diez años, murió el infortunado Carlos Luis, ex- Delfín de Francia, que había nac do el 27 de Marzo de 178.5. Su retrato que va en este numero es reproducción de un antiguo grabado en acsix) á cayo pie se lee; Copiado del que posee su Altezi Eeal, Madama, Duquesa de Angulema. TBLLO TBLLEZ. (X En los primeros anos de I insurfe oi (in vendeanü, ios aideaiiis sé Muñían por la nocke en eí ¿ampo, imitaniio éi grito del aluooB, specle de moctnelo qae lo frinbeses llaman ctuit- him, nL De iwtá palabra íormíiae, not doirupotón, la de ctoaoa, con que aasienalian. por extenaiSo, A todos loa partidarloa da la oansa roalieto en Bntkiia.