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414 BLANCO Y NEGRO ya, los papelillos que no hay tiempo de concluir de fumar. Allí se agrupan tambie n los privilegiados que tienea billete de circulación por las barreras, y asiento en el incómodo burladero; los héroes por fuerza de k ejiis, sable y revólver, que se pasan la tarde rezando el Credo y agarrándose á las cuerdas de la contrabarrera; los jefes de carpinteros; los clacos del espada á quien no toca el turno de estoquear, y algunas personas más. De la parte allá de las maromas hay una triple fila de aficionados recalcitrantes y de inteligentes taurófilos, resultando de todo un conjunto de colmena por el constante entrar salir, y por el runrún de las conversaciones, á cada momento interrumpidas y vueltas á reanudar. Allí se lleva el alza y baja de los revolcones, de las corridas de provincias, de las ovaciones conquistadas, de las reses vendidas por cada ganadero, etc. -Allí se habla de todo, se critica todo, se aplaude lo que debe aplaudirse, se juzga y sentencia con la impresión del momento, y se pone el risto bueno al parte facultativo que sale de la enfermería en manos del alguacilillo. Allí, el matador, si ha estado de suerte, se enseñorea con el triunfo alcanzado en los demás tercios de la Plaza; pero sobre todo, con la felicitación entusiasta, intima, casi familiar, que le dedican los abonados de la contrabarrera, y los demás aficionados de la escalerilla, que no desperdician la ocasión de hacerse notar gritando ¡Rafaeeel! y arrojando al mismo tiempo un tabaco, y que aunque vean entonces por primera vez al diestro, se quedan tan satisfechos si éste lo coge al vuelo, aunque después el movimiento del brazo en acción de gracias no se dirija al neófito que dejó vacia la petaca, sino á cualquiera de los amigos que desde más abajo se entretienen en gritar desaforadamente, ahuecando la voz, para que el tiro de muías emprenda, enloquecido por el clamoreo, la vertiginosa carrera, sin haber enganchado al balancín el cadáver del toro ó del caballo. Si la faena ha sido mala, el matador, que aun en medio de los silbidos ha cruzado la arena con cierto aire de despreocupación, ó de dignidad ofendida, baja la cabeza y se hace el distraído al llegar á los tableros del 1, porque allí está el Tribunal Supremo, los jueces inmediatos que se disponen á juzgarle con severidad no exenta de equivocaciones. E n estos casos, los abonados, al ver llegar al espada, se levantan, se vuelven de espaldas, y se ponen á mirar á las gradas y á los palcos, donde las mantillas blancas y los ojos parlanchines, alteran la monotonía de la apiñada multitud. El diestro se da por muy contento con que todo quede en silencio, y en vez de saltar las tablas, como hizo antes, para estrechar la mano al Conde de Tal, se apresura á recoger la monterilla y el capote, que ajusta á la cintura, sentándose sobre él en el estribo, para no ver la cara de los descontentos; es decir, para ver á su vez lo toros desde la barrera. Si la faena ha sido discutible, en aquel callejón se cruzan explicaciones entre los que miran la lidia con inteligencia, pero al fin desde sitio seguro, y el que viene de luchar cuerpo á cuerpo con el peligro. El espada se disculpa, expone en pintoresco lenguaje las dificultades que tenía la res, lo que traía, y estas explicaciones corren de boca en boca, de asiento en asiento, y llegan á veces á disipar la mala impresión que produjo el bajonazo con que se acabó la lidia de aquel toro. Por el perímetro de esa barrera han ocurrido pocas cogidas y menos lances graves. Es un sitio resguardado, una especie de ensenada, y desde la. frontera de la valla se lanzan, siempre con oportunidad, capotas, gorras ó palos, para desviar á la res que trae embrocado á un torero. Los tableros del 1 forman el tercio más animado del redondel, pues hay allí interés para el aficionado, lo mismo durante la representación que en los intermedios. Por algo tienen el número uno. ENKIQÜE SEPÚLVEDA,