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BLANCO Y NEGRO A lo mejor, a l a una ó las dos de la madrugada abríase con estrépito la ventana del comedor, y oíanse las voces de D. Silvestre que increpaba á su mujer y á su suegra porque al volver había encontrado fría la cena. Todo el mundo tenía miedo á D. Silvestre: las criadas de los demás vecinos no se atrevían á cantar ya lo de Po- hre ehi- ca, porque D. Silvestre se asomaba á la ventana del patio, y las insultaba, y lo menos malo que las llamaba era puercas j sisonas, Losinquilinos, si le encontraban en la escalera ó en el portal, pasaban rápidamente bajando los ojos, temerosos de que los triturase, y con el acento más suave del que podían disponer, le saludaban, diciendo: Buenos días, ó buenas tardes Don Silvestre contestaba con un gruííido, que demostraba su mal linmior. En su casa, por supuesto, no paraba ninguna criada, y un día sí y otro no bajaba la fámula recibida la tarde anterior despedida por D. Silvestre con los mayores improperios. Y este energúmeno fué el que al despedir á una sirviente casada que se atrevió á preguntarle por qué la echaba á la calle, le contestó, gritando como un poseído, esta significa ti va frase: -Te despido, porque no paras en ca- a Vivía en el cuarto bajo un sujeto del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios, muy prudente, muy estudioso y muy buena persona, incapaz de hacer daño á una mosca. En su cuarto jamás se oía el más leve ruido, parecía que allí no viv. a nadie, y el archivero tenía mujer, cuñada, suegra y cinco hijos. Disfrutaba el desahogo de un pequeño patio, donde cultivaba unas plantas. Desde que vino á la casa don Silvestre todos los días cala al patio del anticuario algún objeto arrojado por el feroz vecino; una vez era una sopera Totaictra, un tomate podrido; otra, una lata llena de puntas de cigarros, etc etc. El prudente limpiaba su patio y callaba. Una mañana, en medio de una ruidosa reyerta con la criada que habfa entrado la tarde anterior, D. Silvestre arrojó una bota nueva. Cayó la bota sobre un tiesto de cla veles en que el discreto vecino del cuarto bajo tenía puestos sus cinco sentidos, y el pobre salió al patio. -Envíeme usted esa bota, le gritó desde la ventana la fiera. -lío me da la gana, contestó el archivero. ¿Qué dice usted? -Que no me da la gana. ¿Está usted mal con su vida? -No señor; ¡j usted -Si dentro de diez minutos no tengo aquí la bota, le hago á usted polvo. -Baje usted por la bota, y de paso me hace usted polvo, si tiene usted ese capricho. ¡Hombre! gritó D. Silvestre, me gusta mucho encontrar un sujeto que se quiera divertir conmigo. Precisamente, tengo yo ganas de matar á uno... -Pues á ello, vecino, contesto con sorna el bibliotecario. ¡Mire usted que si bajo Usted no sabe todavía quién soy yo. -Sí, ya lo sé. Que va usted a t e n e r que sentir! El archivero no contestó. Metióse dentro; sacó una escalera, la arrimó á la pared; subió, llevando en la mano un martillo, una escarpia y la bota, y lindamente clavó la escarpia á una altura de más de dos metros, colgó la bota, y bajóse tranquilamente. ¡Eh, vecinito! gritó, ahí tiene usted su bota; si la quiere usted, baje á descolgarla. La puerta de mi casa la tiene usted abierta. 411 ¡Hombre! ¿Sabe usted que es usted muy chistoso? -No señor, no lo sabía. -Se está usted ganando. una paliza, que me rio yo. Va usted á acordarse del santo de mi nombre. -Dispense usted que me retire á mi cuarto; tengo bastante que hacer Y fuese dentro el archivero; mientras D. Silvestre continuó asomado á la ventana vociferando y amenazando al vecino de abajo. Poco después bajó la suegra del tremendo personaje y pidió por favor la bota. -Señora, le dijo el archivero, siento mucho no poder complacer á usted, pero la bota solamente puede recogerla su dueño, descolgándola del clavo. -Mire usted, vecino, que ese hombre va á hacer un desatino. Que está como loco, y no va á poder evitarse una desgracia- -Señora, dígale usted que baje, que aquí no nos comemos á nadie, y menos á un valiente como él. A D. Silvestre le hacía falta la bota, sin duda porque no tenía otras. Oyese cerrar con estrépito la ventana, y cayeron al patio, hechos añicos, los cristales; sonó luego un portazo, y después un campanillazo en casa del archivero. El terrible D. Silvestre entró en el patio, seguido del prudente vecino, que cerró la puerta. Traía el segundo en la mano un palo con unos zorros en el extremo. 1