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DON SILVESTRE iQué hombre tan terrible este D. Silvestre! Hace tres meses ingresó en clase de inquilino del cuarto tercero de la casa más pacifica de Madrid, en la calle de la Paz. El día que se mudó, ya enseñó la oreja. Con los mozos del carro de mudanza que le habían trasladado los muebles, armó en la escalera un escándalo monumental. ¡Ustedes no saben quién soy yol- -les gritaba Si no se quitan ustedes pronto de mi vista, los reviento No ha nacido quien se ría de mí ¿Propina? ¿Queréis propina? Bi no os vais pronto, os voy á echar á tiros. ¡Haberme roto un lebrillo! Pero el amo me lo tiene que pagar si no me lo paga mañana mismo, le pego un tirol... y los mozos se acoquinaron, y se fueron más que de prisa. Y luego que se fueron, todavía estuvo D. Silvestre media hora dando voces en la escalera, de modo que le oyera toda la vecindad. ¡Bonito soy yol gritaba. Ko sé cómo no he matado á uno. Lo que siento es no haber pegado un tiro al que rompió el lebrillo. ¡Bárbaros! Pero ¡cuánto bárbaro hay en este mundo! Todos los vecinos se enteraron de que el nuevo inquilino tenia muy mal genio; mas no pudieron sospechar que lo tuviera insoportable. Pero al día siguiente volvió á dar razón de su existencia, increpando á grandes voces a su mujer y á su suegra. Tenía las ventanas del patio abiertas, y así no se perdía una letra de las atrocidades que profería el airado B. silvestre. ¡No tienes vergüenza! decía á su mujer; ni yo tampoco la tengo, porque ya debía haberte cogido y tirado por el balcón ¡Qué manera de pegar botones es esta? jNo los ves colgando? ¡Maldita sea la hora en que te vi on el paseo de Santa Engracia de Zaragoza! Parecías un angelito con sombrero pamela. Aquí debió hacer alguna prudente observación la suegra, porque 1) Silvestre voceó. ¡Usted calle, brujal Si vuelve usted á abrir el pico otra vez cuando yo esté hablando con esta mujer, la reviento á usted, usted aquí no tiene que hacer mas que ver, oir, callar y comer, y dormir... sin roncas, que ya estoy harto de ronquidos, y cuando me despierto de noche y la oigo á usted roncar, me daa ganas de pegarla á usted un tiro. Ante estas razones, callaba la prudentísima suegra. No había pasado mucho tiempo, y volvía á oirse el vozarrón de Don Silvestre. Era que un chico de esos que reparten entregas á domicilio, en busca de suscriciones, había llamado á casa de D. Silvestre, v preguntado si se suscribía el vecino á la novela cuya entrega echó el día anterior por debajo de la puerta. ¡Canalla! gritaba D. Silvestre. ¿Te parece que tengo yo cara de suscribirme á novelas? ¿Pides que te devuelva la entrega? La hice pedazos, y lo mismo voy á hacer contigo, para que no vuelvas á traer aquí papeles... ¡No te vas? Aguarda, que voy por el revólver para pegarte un tiro. El chico bajaba á escape huyendo, y detrás de él D. Sil vestre, que, encontrando en un escalón al gato de la portera, le sacudió tan fuerte puntapié, que el pobre animal caía por el hueco de la escalera, y quedaba reventado en el portal. La portera salía de su portería, y al ver el triste fin de su compañero, prorrumpía en denuestos contra el bárbaro inquilino. D. Silvestre no negaba el atentado. al contrario, se manifestaba gozoso de la hazaña, y ofrecía hacer lo mismo con la portera. Ésta ponía el grito en el cielo, insultaba á D. Silvestre; éste contestaba con una granizada de improperios y desvergüenzas, y saliendo los vecinos á las puertas, escandalizados del alboroto, subíase á su cuarto el valentón, murmurando palabras soeces, y mirando á todos en actitud provocadora. En poco tiempo D. Silvestre se impuso á la vecindad. Sti mujer, deseosa de que la vecindad no creyera que estaba casada con una fiera del desierto, aprovechando Ja circunstancia de estar un día ausente su marido, que había ido á Leganés á pegar un tiro, según dijo, á un militar que le debía cinco duros, visitó á los vecinos, cumpliendo el deber de cortesía de ofrecerles la casa. -Mi marido, dijo, tiene un genio un poco fuerte; pero en el fondo es un bendi to. No replicándole, se hace de él io que se quiere. Por la noche volvió D. Silvestre, y la emprendió con su mujer porque ésta le preguntó qué tal le había ido en Le- N ganes y si había cobrado los cinco duros. ¡Ya te he dicho que me cargan las mujeres curiosas! A ti no te importa lo que yo haya hecho en Leganés. No me ha pagado, no, pero lo que yo le he dicho al mocito ese, no lo habrá oído él hasta hoy. Le he puesto vejñe, y ya sabe que si el lunes no me trae los cinco duros, le pego un tiro que le dejo seco.