Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
40 á AYER Solemne el c i ñ ó n resuena; La aurora sonríe plácida ¡Alegre vibra en los aires Kl eco de las c a m p a n a s De fiesta visten las gentes; De lejos brillan las a r m a s Pidiendo á la tierra flores, Murmura impaciente el a u r a Y en los templos se oyen himnos, E n las calles alboradas, y se mece d u l c e m e n t e ÉLAÑÚO La bandera roja y gualda. ¿Qué anuncia ese alegre estruendo De esa muclnídumbre gárrula? ¿Qué nota sobre esa nube De incienso que se dilata? l) os niños arrodillados; Dos manos entrelazadas; Una bendición del cielo Y el parabién d e la patria. La ceremonia t e r m i n a Resuena u n grito entusiasta, Y un ángel sale dül templo Con la corona de España. Y NEGRO HOY Siniestro el cañón anuncia Melancólica alborada; El toque d e la agonía Resuena dentro del alma; De luto visten las gentes; Crespones ciñen las a r m a s Las flores lloran rocío; Suspira doliente el aura, y en los t ímplos se oyen preces, E n los 0 03 se vea lágrimas, Y notan tristes, m u y trísteg, L a s banderas á media asta. ¿Qué m u r m u r a ese concierto De voces entrecortadas? ¿Qué h a visto la muchedumbre Kn un salón del alcázar? TJn cojín y u n a corona, Perlas, siemi) revivas, gasas. Cirios que chispon otean, (Algo informe en u n a caja! El polvo vuelve á la tierra; El ángel tendió sus alas. ¡Ha muerto la hermosa niña Que fué la Reina d e Españal Entre e e Ayer y ese IIo descritos con tanta sencillez cuanta delicadeza por el excelente poeta D. Leopoldo Cano, el inspirado antor de La, PaíHi nina, sólo mediaron cinco meses. Fué el A er el 23 de Enero de 1878, el i c j el 26 de Junio del mismo año. Entre los regocijos de la boda y las tristezas de la muerte, no quiso la fortuna dejar espacio para ningún otro sentimiento. Los cañonazos que, can eco tristísimo, anunciaron el infausto suceso, parecían continuación de las salvas que, con alegre estrépito, hacían saber al pueblo de Madrid el feliz enlace de los regios ena- norados. La infortunada princesa que por su juventud, por su belleza y por sus virtudes contaba con las simpatías, con el respeto y aan con ei cariño del hidalgo y caballeroso pueblo español, despojóse del blanco y riquísimo traje de desposada con que salió del templo para que la vistiesen el negro y humilde hábito con que fué al sepulcro. Hay una corona más hermosa, más brillante, más envidiable y que vale mil y mil veces más que todas las coronas de todos los reyes: la corona de la virtud. Ni para conseguirla ni para sostenerla hay que hacer derramar una sola gota de sangre ni una sola gota de llanto: su peso nunca abruma al que la lleva; su brillo jamás ofende. al que la mira. Hay una majestad más grande; más respetable, más poderosa que todas las majestades de la tierra: la majestad del dolor. Ante ella cede la pasión política más ardiente, se conmueve el corazón más fiero, se inclina la frente más altiva. i or eso todo el mando oyó ó leyó con pesadumbre verdadera, con religioso recogimiento y con sincera aprobación, las hermosas palabras qué, con aquel motivo, pronunció en el Congreso el ilustre poeta D. Adelardo López de Ayala, Presidente á la sazón de dicha Cámara, Su oración admirable, como docamento histórico, debe ser conservada; como obra literaria, es acabadísimo modelo, joya inestimable, digna de ser recordada eternamente. Leyó uno de los iSres. Secretarios el parte oficial del fallecimiento de la Eeina, y el Sr. Ayala levantóse de su sitial en medio de imponente y sepulcral silencio, no obstante haber en el salón más de 30 U Diputados de todos los partidos, y en las tribunas, apiñado y sofocado por el calor, público numerosísimo. Ya lo oís, Bres. Diputados- -dijo- -nuestra bondadosa Eeina, nuestra candida y malograda leina Mercedes, ya no existe. Ayer celebrábamos sus bodas hoj lloramos su muerte. Tan general es el dolor, como inesperado ha sido el infortunio: á todos nos alcanza, todos lo manifiestan: parece que cada uno se encuentra desposeído de algo que ya le era propio, de algo que ya amaba, de algo que j a aumentaba el dulce tesoro de los afectos íntimos; y al verlo arrebatado por tan súbita muerte, todos nos sentimos como maltratados por l o violento del despojo, por lo brusco del desengaño. Joven, modesta, candorosa, coronada de virtudes antes que de la Eeal diadema, estímulo de halagüeñas esperanzas, dulce y consoladora aparición ¡Quién no siente lo poco que ha durado! i) ío sé, Sres. Diputados, si la profunda emoción que embarga mi espíritu me consentiri decir las pocas palabras con que pienso, con que debo cumplir la obligación que este puesto me impoae. No es porque yo crea sentir más vivamente el funesto suceso que ninguno de los que me escuchan; porque son tantas, son tan variadas, tan acerbas las circunstancias que contribuyen á hacer por todo extremo lamentable la desgracia presente, que no hay alma tan empedernida que le cierre sus puertas. Pero concurre una tristísima circunstancia, que nunca cividaré, á que yo la sienta con más intensidad en este momento. Testigo presencial de los últimos instantes de nuestra Eeina sin ventura, aun tengo delante de mis ojos el lúgubre cuadro de su agonía: aun está fresca en mi mente la imagen de la pena; de la horrible y silenciosa pena que, con varios semblantes y diversas formas, rodeaba el lecho mortuorio; he visto el dolor en todas sus esferas. Allí nuestro amado Rey, hoy más digno de ser amado que nunca, apelaba á sus deberes, á sus obligaciones de Principe, á todo el valor de su magnánimo pecho, para permanecer al lado de la que fué la elegida de su corazón, y para reprimir, aunque á duras penas, e! alma conturbada y viuda que pugnaba por saür á sus ojos. Allí los aterrados padres de la ilustre moribunda, vivas estatuas del dolor, inclinaban 8 U frente ante el Eterno, que á tan dura prueba los sometía, y con cristiana resignación le ofrecían en holocausto la más honda amargura que puede experimentarse en la vida. Blncansables en su amor la Princesa de Asturias y sus tiernas hermanas, seguían con atónita mirada todos los movimientos de la doliente Reina, como ansiosas de acompañarla en la última partida. Allí la presencia del Gobierno de S. M. representaba el duelo del Estado; los Presidentes de los Cuerpos Golegisladores, el luto del país; todos de rodilla y sobre todos se levantaban los cantos de la Iglesia, que dirigiéndose al cielo, señalaban el único medio de consolar tantas y tan immensas desgracias. Y en tanto, señores, todas las clases sociale? llevaban el testimonio de su tristeza á la regia morada. En torno de ella aparecía el pueblo español, magnánimo como siempre, amante como siempre de sus Keyes, c jn todos sus caracteres distintivos, participe de todas las penas generosas, y compañero de todos los infortunios inmerecidos. ¿Quién puede permanecer in- ensible en medio de este espectáculo? Intérprete de vuestro dolor, me atrevo á proponer que, en tanto que X la Iglesia presta sus solemnes plegarias á la que fué nuestra Eeina. á la que sólo ocupó el trono el tiempo sucintamente necesario para reinar gin límite en los corazones; en tanto que las exequias se verifican, esta tribuna permanezca muda en señal de duelo, convidando con su siíéTicio al recogimiento y á la oración. Pi epongo además, Sres. Diputados, que una Comisión del seno déla Cámara, cuando las tristes circunstancias que nos rodean lo consient. in. ll TRrá S. M. el Rey para significarle el sumo dolor de que se encuentra poseída; para mostrarle que todos participamos de su pena, que este es el único consuelo que cabe en tan grandes aflicciones. Quién será insensible á la pre- ieate Sólo el infeliz que se encuentre incomunicado con la Humanidad. El pueblo español deiiostró su pesar con expresivas demostraciones; no hubo mujer española, desde las más elevadas hasta las más humildes, que no vistigían luto, llevando la que menos un pañuelo negro al cuello ó á la cabeza; la musa popular, refiejo poético de todos los nobles sentimientos del pueblo, que ya había celebrado con alegren cantares la boda, lamentó la muerte en coplas sentidísimas, y casi todos los poetas españoles ofrecieron una flor de su ingenio para formar hermosísima é inmarcesible corona. De ella formaba parte él siguiente soneto de nuestro insigne colaborador D. Manuel del Palacio, única composición que copiamos, porque el espacio de que disponemos no consiente más; (í ¡Fué su hermosura su menor encanto! De la virtud y el bien de. tello vivo, Apagóse cual astro fugitivo E n el profundo m a r de nuestro llanto, Sólo un instante bajo el regio m a n t o Vivir pudo su espíritu cautivo. Que de otro amor m á s fuerte y más activo Oyó en el cielo misterioso c a n t o I Para r e i n a r nació! Mas no en la tierra, Donde combaten con tenaz porfía Los vicio- i y los crímenes en g u e r r a ¿Qué h u b i e r a sido aquí? R e i n a de u n d í a ¡Hoy, tras la t u m b a q u e su cuerpo encierra. Ya en el t r o n o estará que merecía! La reina María de laS ercedes de Orleans y de Borbóu nació en Sevilla, en el magnifico palacio de San Telíuo. el 24 de Junio de 1 S 6 Murió en Madrid, en el Eeal Palacio, el 26 de Junio de 1878. Llenad, los diea y pcho años qúB nieüaa entre esas dos fechas, con una vida modesta y sencillísima, de virtud, de inocencia y de caridad, y tendréis la única biografía que pue 3 -fescer 8 e de aquella excelsa y malograda niña. TELLO TÉLLEZ. -V