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-i l ftss. -é. LLEGADA D? NUESTRO HETtOB- -I Ya vienen los borregos! -exclamaban los veteranos al ver sub j- por la ancha carretera una masa informe, á través de algunos faroles colocados en las cunetas. Á acostarse todo el mundo, que van á tocar silencio! -dijo con ronca voz el cabo d cuartel, un mocetón como un castillo. Entonce? se oyó un estrépito infernal: tablas que caen, banquillos de hierro que chocan, todo armonizado con los aires de lajota segoviana, eterno rumor que vibraba en la compaüia durante las horas dé asueto, -Cuarta, el teniente- -exclamó con fuerte voz el cuartelero de la puerta. No sé explicar como fué; pero cuando entró el oficial de semana en la compañía y le dio la novedad el cabo de cuartel, por hallarse el saínente de semana en banderas, todos parecian dormir profundamente. Dio el teniente las órdenes oportunas, y salió: á los pocos minutos vióse entrar en el patio cuadrado la fila negruzca, silenciosa, de los quintos: aparecieron multitud de faroles: según el número se fueron separando por compañías, y al poco rato subíaffá la cuarta los destinados á ella. Los había de tbdas clases: madrileños listos y madrileños tontos, segOviános tontos y segovianos lisios. Primero- -exclamó el teniente- -que se coloquen al pie de sus camas, y diga usted á los reclutas que si quieren que se les guarde el dinero y se les irá entregando conforme lo pidan. í Repitió la orden el sargento, y apareció ante la mesa en que itaban sentados el capitán y oficiales de la compañía un niuchachilló enclenque, péquefiito, de herm íJsos. ojos negros y tez pálida: e n u n a p a í r a de su Cúéfpó se podía decif, ícon el filósofo, qüe éra un pretexto- pára ua residiera un alma Ü -Í- Í; -Sargento Gutiérrez- -dijo el capitán- -haga una relación de los que dejan dinero. Cómo se llama usted: -coBtinuó dirigiéndose á aquel hombrecillo. í -Juan Bautista Expósito, señora- -contestó con triste acento el preguntado. ¿Cuánto dinero quiere entregar? -Doce pesetas, señor. Iba á mandar el capitán que se retirara, cuando el oficial dé semana, veterano teniente de canoso bigote, qu e se había ganado las estrellas á balazos, preguntó al recluta: ¿Qué oficio tenia usted en su pueblo? -Sacristán, señor. (Murmullos de risas comprimidas en las Camas de los veteranos. ¿Y Cómo se arreglaba usted para mudar de sitio el misal con ésa estatura? (Nuevas risitas. -Poniéndome de puntillas, señor, ¡Bravo: valiente sacristán haría usted! W -Pues ahora estoy hecho un real mozo; qnéhacje dos años, cuando pedía durante la misa para las Ánimas benditas, tenía que meter mucto ruido con el cepillo de los cuartos para que los fieles notaran mi presencia y no me, pisaran. -Y acompañó la terminación de la frase con una risita nerviosa, dulce y argentina Terminado el interrogatorio, mandó el capitán que se retirara. II LA NOVATADA Al día siguiente por la noche, después de pasar lista, dijo el sargento de semana al cabo más antiguo de la compañía: -Cabo Oohoa, al toque de retreta que rompan filas. Se puso el correaje, cogió el fusil, y con el parte de retreta en la mano bajó al cuarto de banderas. No bien hubo desaparecido, cuando Ochoa, guiñando el ojo á los veteranos, llalnió al canario Juan Bautista. Entonces se notó en Tas filas un movimiento entre los soldados viejos, que pasó desapercibido para los caloyos, -Usted pensará ascender- -dijo el cabo mirando á Juanín y sonriendo. Juanin, desde pequeño ¡más pequeño aun! soñó con mandar muchos soldados, y sonrojándose al ver descubierto su más oculto pensamiento, contestó con una sonrisa. -Pues bien- -añadió el cabo- -veamos qué tal voz de mando tiene usted; primero se dice: ¡Compafiia! luego, firmes! después, rompan filas! y por último, ¡mar... dejando