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ü i BLANCO Y N E G R O 389 Hoy el Municipio tiene esos bichos abandonados; ni los da de comer, ni instrucción. t a r a eso, más valiera que les diera algo para el viaje, y las permitiera volver á su patria, á la selva mátenla. Ahora no comen, ni trabajan. Las fieras no se ganan un pedazo de pan; los ediles no se le dan, pero las retienen presas. Es una infamia y una falta de cálculo. Si nuestros municipios no lo abandonaran todo, esas fieras hubieran podido ser útiles á la población, enseñándolas profesiones en armonía con sus aptitudes. Los monos huú ran podido encargarse de llevar eLCenso, y lo hubieran llevado con más esmero que ahora se hace; no tiene usted más que fijarse en las listas que han puesto en las barreras y contrabarreras de la Plaza Mayor. Faltan en ellas muchos vecinos, hasta se echan de menos algunos concejales. Hay quien cree que los suprimidos son sujetos que sobraban en el Censa anterior. Para que quepan todos en las tablas, han hecho un expurgo. Los monos hubieran hecho un expurgo más acertado. Las jirafas hubieran servido para limpiar los faroles y encenderlos. Los avestruces, para barrer las calles, agachándose con laí alas abiertas. Las. calles estarían más limpias. Los llamas servirían para guardias municipales. ¿Harían menos que hacen los bípedos que hoy andan por ahí con uniforme? Los leones se encargarían de eso de Consumos ¡Y quo se acercaran los ma- tuteros! Con todo eso, hubieran aumentado las rentas; hubiera habido economías; nos hubiéramos ahorrado los Hueveros y los Cwicos, y esos animales, que hoy no pueden tenerse en pie, estarían alimentados y les luciría el pelo. Así es que el negocio del domador sei- á perjudicial para nosotros, pero será ventajoso para las fieras. Nosotros perderemos la libertad que tenemos hoy de ir á visitar á esas momias con vida, y de echar con ellas un párrafo. Esto de hablar con las fieras no es una broma, sino la más pura verdad. He sorprendido en la Casa de Fieras á algunos sujetos hablando con ellas y diciéndoles: ¡Tú, estáte quieto! ¿No te marea dar tantas vueltas? ¿Qué haces ahí? ¿Te aburres? ¿Has almorzado hcty? ¿Cuánto, darías por estar aquí fuera? Y yo he pensado: ¡Cuánto daría yo por que estuvieran ahí dentro algunos sujetos que veo por esas calle? Si, una vez hecho el contrato, queremos visitar á esas fieras, á quienes heñios cobrado cariño, porque al fin y al cabo llevan ya mucho tiempo avecindadas en Madrid, tendremos que pagar dinero por entrar. Por mi parte, pagaré lo que me corresponda con mucho gusto. Más vale pagar por ver la felicidad, que entrar gratis á ver lástimas. Las fieras ganarán, como digo, alimentos y cama limpia; serán felices y recibirán instrucción. E n fin, que me parece muy conveniente ese contrato. ¡Ah! Se me olvidaba. E l domador se comproniete además á regalar á los cuatro años al Municipio dos leoneitos en estado de inocencia, para que los concejales hagan de ellos lo que quieran. E s de suponer lo que harán de ellos. Los harán cuartos. Conque me parece que la proposición no puede ser más tentadora. Vaya, ¡anímense ustedes! MANUEL M A T Ó S E S Mü