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LA E S T A T U R A O qué asombro contemplamos á un buen mozo, si por casualidad tropezamos con N alguno por esas calles de Dios! Nuestra raza, tan fornida, tan esbelta, tan arrogante en otros tiempos, á juzgar por los retratos y estampas que nos han quedado de épocas lejanas, se encuentra hoy anémica, raquítica, pobre y escuálida. Y gracias á que los tratamientos de sude, las duchas, la gimnasia, el aceite de hígado de bacalao, con ó sin hipofosfitos de cal y de sosa, y demás resortes artificiosos, van sosteniendo á los chiquillos que nacen, á las jóvenes que crecen y á los hombres que se desarrollan, todo, por supuesto, relativamente. La cuestión de las estaturas, tan debatida por lo mismo que es tan poco práctica, ha hecho fijar la atención, no sólo de las mujeres que tienen fama de preocuparse por cosas haladles, y de los hombres vulgares, sino de las personas más estudiosas, respetables y respetadas. Sin ir más lejos, y es bastante, y como modelo des las aberraciones que se han sucedido sobre el tema de las estaturas, puédense citar los trabajos de un orientelista francés, miembro de la Academia, que ha tenido el humor suficiente para dedicarse á inI vestigar los pesos y estaturas de nuestros respetables abuelos. Dicho sabio, ó lo que sea, hasta se ha permitido el lujo de publicar una escala cronológica de la diferente estatura que tuvieron los hombres desde la creación. Según el sabio, Adán tenía 123 pies y 9 pulgadas; Eva, -118 y 9 ídem; Noé, 103; Abraham, 27; Moisés, 17; Hércules, 13; Alejandro, 6; Julio César, 5; Además de semejante afirmación, que, dicho sea de paso, nadie ha procurado desmentir, dicho erudito investigador, no de vidas, pero sí de estaturas ajenas, añade que los hombres hace ya bastante tiempo apenas tendríamos estatura, si la Providencia no hubiera suspendido este rápido y continuo decrecimiento; y que de no haberse verificado esta suspensión, no tendríamos hoy ni siquiera el tamaño maravilloso de los menos corpulentos de los insectos que nos molestan á diario y continuamente. Con lo cual, el que no se contenta puede afirmarse desde luego que es descontentadizo en grado extremo. Yo, por lo pronto, confieso que me consolaría, si hubiera tenido el mal gusto de preocuparme por la gentil estatura de individuos en otros tiempos.