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BLANCO Y N E G R O 359 Ahora estudia en París, y su maestro Coquelin la da lecciones de pronunciación francesa. La Guerra: o se habia educado en París; hablaba el francés á maravilla. Poco trabajo le costará á su gran talento Tenoer dificultades semejantes. Su éxito allá, en la gran escena parisiense, es seguro. Seguro es también que hemos perdido esta gloriosa esperanza. El brillante escritor que tales cosas decía, ignoraba seguramente el perjuicio que causaba á la Srta. Guerrero. E l público de Madrid, que por su fortuna ha Tuelto á oír á la actriz citada, tiene ahora perfecto derecho á tomar en broma tan exageradas hipérboles No paraba ahí el escritor aludido. Más adelante decía: No pidamos á la Guerrero el sacrificio de una fortuna á que le da derecho su talento. Matilde Diez era tan buena y no se fué á Francia. Entre otras razones, porque no sabía francés. Con permiso del distinguidísimo escritor que ha dado forma xensiile á tales herejias, debo declarar que Matilde Diez, aquella gloria verdadera y legitima de la escena espaflola, y una de las más grandes actrices de Europa, sabía francés... y sabía, además, otras muchísimas. cosas que no sabe ío a í la Sria, Guerrero. Sabía, elevarse á las grandes alturas, desentrañar con acierto maravilloso los más complicados c, ar 6. cteTes, penetrar hasta lo. más profundo el pensamiento del autor, conmover hondamente el ánimo de su auditorio, y provocar, ya el entusiasmo, ya el dolor, ya la dulce emoción estética, j a la regocijada alegría... todo ello con marcadísimo relieve y dando siempre ocasión á ruidosísimas manifestaciones ostensibles, de esas que sólo, alcanza á producir el genio verdadero... La noticia que el articulista daba por comprobada, no se comprobó. La Srta. Guerrero, después de haber permanecido tres ó cuatro meses en París, volvió al seno d é l a patria. B ¡en venida! Al separarse D. Antonio Vico del teatro de la Comedia, le fué preciso á D. Emilio Mario reorganizar su compaSla, y en esa reorganización entró la Srta. Guerrero. Al volver la citada actriz á su punto de partida, ya con carácter oficial de primera actriz, ha venido el iio Paco: con la rebaja... Era. de justicia, y el íío teco iio deja de venir cuando hace falta. Con una inconsecuencia digna de nuestros más ilustres políticos, los mismos que ayer la elogiaron tan peligrosamente, son hoy los primeros en quitar. íer? y. de. tal suerte quieren rebajar ajíora el mérito de la actriz, que parece propiamente, en lo tocante á la e fera teatral, que estamos en una sociedad de tíos áe tíos Pacos, Ese es el defecto principal de nuestro carácter: siempre hemos de pecar por carta de más 6 por carta de menos; janiás nos colocamos en el justo medio, base única del buen sentido. Uno de los pocos críticos que no se entusiasmaron prematuramente, al reaparecer la Srta. Guerrero en su antiguo teatro, con la comedia El Cura de Longueval, ha escrito el siguiente mesurado juicio, que me permito recomendar alleotor. Ejecutó con discreción suma todo su papel; pero no le añadió detalle ni rasgo alguno de importancia que acusen un verdadero progreso en la carrera de la artista. Ni el estudio, ni los viajes, ni el trato íntimo con los grandes actores extranjeros, han modificado en lo más mínimo, la manera de ser artística de la Guerrero. Es la misma de siempre. Muy acertada en los pasajes ligeros y de gracia; pero algo deficiente en las escenas de pasión y sentimiento. En lo sustancial, estoy completamente de acuerdo con el autor de las anteriores líneas. Si de tal suerte se hubiese expresado la crítica, unánimemente, desde los primeros momentos, con relación al trabajo, de esta actriz apreciabilísima, ella se habría evitado muchos disgustos- -acaso un viaje innecesario, -y los que hoy cantan la palinodia, el desagradable trabajo de enmendar antiguas desafinaciones, y la pena de ver mermada una autoridad tan necesaria á todo el que vive del público y aspira á dirigirle. María Guerrero no es tan buena actriz como algunos creyeron el año pasado, ni tan deficiente como algunos creen este año. Kepito lo que digo más arriba: es una magnífica dama joven, quizá la mejor de los tiempos actuales, y en un determinado género, verdadera notabilidad. Su preciosisima figura, su voz agradable y armoniosa, su gusto y eleganciaen el vestir, su acción natural y sobria, y su talento fino y delicado, la colocan á envidiable altura en aquellas obras que, según una vulgar expresión dé bastidores, le va a bien, A la Guerrero le van bien, las obras sencillas, ligeras, plácidas, discretas... y dentro de esas obras los papeles adecuados á las peregrinas facultades de la artista. Las obras de pasión ó de sentimiento, ó de ambas cosas juntas, los grandes caracteres de marcadísimo relieve, para cuya acabada interpretación se necesitan, además de las necesarias facultades, los auxilios poderosos de la práctica y de la experiencia, no son todavía del pleno dominio de la Srta. Guerrero. Esto lo nota el menos observador, con ver á la actriz mencionada en Felipe Derilay, por ejemplo. Los varios y acentuados matices de ese carácter profundamente humano y eminentemente teatral, no llegan al público en toda su extensión, como lo interpreta la Srta. Guerrero. Esta actriz no es ni más ni menos que lo que los franceses llaman una ingenua é ingenuamente hay que decir estas cosas, si no se quiere causar un daño irremediable. E n una sola cosa discrepo del parecer del distinguido crítico cuyas opiniones dejo consignadas, á saber: la Srta. Guerrero no es ahora la misma actriz de siempre. Algo ha adelantado. Y cumo tiene talento y afición, si no se engríe y sigue estudiando con afán, y oye con calma los consejos de la crítica desapasionada, y las advertencias de la competente diree: oión del teatro donde actúa, llegará, sin duda, á ocupar en plazo no lejano el puesto que ambiciona. Entonces podremos decir (y el que esto escribe tendrá en ello un verdadero placer. f í a llegado la primera actriz. No por el camino pehgroso de la adulación, sino, por sus pasos contados. OÓBCHOLIS.