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354 BLANCO Y NEGRO tereses, le traiaa á ello. Era hombre piadoso, é iio tenia ánimo de facer mal, ni ver padeier á ninguna é tan humano era, que con dificultad mandaba exeoatar justicia criminal JBra hombre que las mis cosas facía por solo su arbitrio, ó á placer de aquellos que tenia por privados: é como los apartamientos que los Keyes facen, é la grand afición que sin justa causa muestran á unos más que á otros, é las excesivas dádivas que les dan, suelen provocar á odio, é del odio nacen malos pensamientos, é peores obras, algunos grandes de sus EeynoB. á quien no comunicaba sus consejos, ni la gobernación de sus Keynos, é pensaban que de razón le debía ser comunicados, concibieron tan dañado concepto, que algunas veces conjuraron contra él para lo prender ó matar Era grand músico, é tenia buena gracia en cantar é tañer, é en hablar en cosas generales; pero en la exeoucion de las particulares é necesarias, algunas? eces era flaco; porque ocupaba su pensaTiiento en aquellos delej tes de que estaba acostumbrado, los quales impiden el oficio de la pradeacia á qualquier que dellos está ocupado... -iFenecidos los diez años primeros de su señorío, la fortuna, envidiosa de los grandes estados, mudó como suele la cara próspera, é comenzó á mostrar la adversa. De la qual mudanza muchos veo quexarse, y á mi ver sin causa; porque segund pienso, allí hay mudanza de prosperidad do hay corrupción de costumbres Y asi por esto, como porqué se debe creer que Dios, queriendo punir en esta vida alguna desobediencia que este Bey mostró al Rey su padre dio lugar que fuese desobedecido de los suyos, é peraiitió que algunos criados de los mis aceptos que este Key teuia, é á quien de pe Rueños hizo hombres grandes é dio títulos é dignidades é grandes patrimonios, quier lo fiziesen por conservar lo adquirido, quier por lo acrecentar, erraron de la vía que la raíonles obligaba, é no podiendo refrenar la envidia concebida de otros que pensaban ocuparles, osaron desobedecerle é poner disensión en su casa. Donde se siguió que algunos Grandes de sus Beynos se juntaron con otros Perlados é Grandes Señores, tomaron al Príncipe ü. Alonso, su hermano, mozo de once años é facieado división en Castilla, lo alzaron por Rey della n El suceso ocurrido el 5 de Junio de 1465, á que se refieren las anteriores últimas líneas, es memorable é interesante, no sólo por la importancia del hecho y por la calidad de las personas que en él intervinieron, sino por los curiosísimos pormenores de la ceremonia del destronamiento. La vergonzosa disolución en que vivía la Corte, dando diarios y cada día mayores escándalos; el constante despilfarro de los tesoros de la Corona, locamente derrochados en cuantiosas é inmerecidas dádivas, en monterías y partidas de caza, fiestas de cañas, justas y toros; los públicos y desenfrenados amores y galanteos del Rey, primero con D. Catalina de Sandoval á quien luego hizo abadesa de un monaslerio de monjas en Toledo, y después con una de las damas de la tieina, llamada D. Guaimar, á quien la esposa del soberano asió un día por los cabellos, sacudiéndola y golpeándola fuertemente para castigar su insultante arrogancia; los supuestos amores de la propia Reina con el gallardo favorito D. Beltráu de la Cueva, causa de las más infamantes murmuraciones, y de que la infeliz princesa jurada un día como sucesora en el trono, fuera despojada de él y tratada con el afrentoso mote de La Jiültraneja; la, audacia cada día más insolente del D. Beltrán; la poquedad, cada momento máis acentuada, del D. Enrique, y otra porción de sucesos, intrigas, escándalos y liviandades que sería enoioso y cansado el relatar, fueron motivos más que suncientes para exacerbar el despecho de L. s postergados, para avivar el apetito de los codiciosos y para hacer estallar la indignación, á duras penas contenida, de los hombres honra 3o3. Aprovechándose de estas pasiones, igualmente excitadas; aunque no todas igualmente nobles 3 legitimas, el Arzobispo de Toledo, don Alonso de Carrillo, haciendo traiciun al Rey, apoderóse de la ciudad de Avila, juntóse alh con el Obispo de Coria D íñigo Manrique, y con los caballeros D. Juan Pacheco, Marqués de Viilena: D. Alvaro de Züñiga, Conde de Plasencia: D. Gómez de Cáceres, Maestre de Alcántara; D, Rodrigo Pimentel, Conde de Benavente: D. Pedro Puerto- Carrero, Conde de Medellín; D. Rodrigo Manrique, Conde de Paredes; Diego López de Zdñiga, hermano del de Plasencia, y todos ellos, juntos con otros caballeros de menos estado acordaron destronar, pública y solemnemente, al desacordado Monarca. En un llano inmediato á la ciudad levantaron un cadalso, j encima del pusieron una estatua asentada en una silla, que decían representar la persona del Bey, la qual estaba cubierta de luto. Tenía en la cabeza una coronay un estoque delante de sí, y estaba con un bastón en la mano según se lee en la 6 Víí ¿i? escrita por Henríquez del Castillo. Hablase reunido una multitud numerosa para presenciar el espectáculo, y todos demostraban, con sus alegres gritos, la simpatía que les causaba el acto que iba á consumarse. Llegaron los confederados, al son de belicosos instrumentos, después de haber asistido á los Divinos Oficios, llevando entre ellos al infante D. Alfonso. Subieron al tablado unos, y otros quedaron, espada en mano, alrededor de él. Tocaron los clarines y atabales para imponer silencio á la ruidosa muchedumbre, y una vez conseguido, adelantóse un pregonero que, á grandes voces, dijo: -Castellanos, grandes prelados, ricoshombres, hidalgos y plebeyos... El rey D. Enrique IV de Castilla se ha hecho indigno de la corona, y asi á Dios place, en bien de cuantos desean la pro peridad del Reino, que sea dcíposeído del alto puesto que tan mal sabe ocupar. Primeramente es indigno de ceñir una corona cuyo peso no puede resistir, puesto que es el funesto D. Beltrán de la. Cueva, hoy Conde de Ledesma, quien, en su vez, oprime con tiránico despotismo á esta nación desventurada. ¡Caiga, pues, la corona de Castilla de las sienes del rey D. JEnrique! Calló el pregonero; adelantóse el Arzobispo de Toledo y arrancó la corona de la cabeza de la estatua entre aplausos atronadores. -El rey D. Enrique ÍV no merece llevar la espada de la Justicia- -siguió gritando el voceador, -puesto que en nada cuida de su recta y cabal administración, permitiendo que la ejerzan hombres venales, con mengua del honor é interés común del Reino. ¡Pierda, pues, este emblema de justicia! N ueva pausa. Adelantóse el Conde de Plasencia, y dando muestras de indignación, arrebató á la estatua la espada que tenia en una man o, con no menor aplauso y algazara. -El rey D. Enrique es indigno de empuñar electro símbolo del regio poder, por su flaqueza, prodigalidal é indolencia, jCaiga, pues, de sus manos el cetro que tan mal sabe tenerl El Conde de Benavente, imitando el ejemplo délos otros dos magnates, apoderóse del cetro, y el pregonero terminó la lectura con estas frases: -Y puesto que el rey D. Enrique IV no merece la corona, ni la espada, ni el cetro, indigno es de estar sentado en un trono que mancilla con sus vicios y torpezas. Tampoco puede permitir Dios que lo ocupe una Princesa ilegítima, vergüenza y oprobio de la Majestad Real. Y siendo, por tanto, único heredero y legítimo sucesor el nobilísimo infante D. Alfonso, justo es que éste ascienda al trono que aquél ha perdido, y del que debe ser arrojado. Apenas había terminado el pregonero su relación, cuando ya D. Diego López de Zúñiga había levantado en sus manos la estatua, que arrojó con fuerza sobre el tablado, disciendo palabras furiosas é desonestas Seguidamente alzaron en brazos al joven D. Alfonso y le sentaron en el propio sitial, proclamando á grandes voces: ¡Castilla por el rey D. Alfonso! É así dicho aquesto- -refiere la Crónica. -las trompetas é atabales sonaron con grande estruendo. Entonces todos los grandes que allí estaban, é toda la otra gente, llegaron á besalle las manos con gran solemnidad, señaladamente el Marqués de Viilena é los criados del Rey, que seguían sus pisadas. No quisieron los partidarios de D. Enrique ser menos que los contrarios, y siguiendo la moda de castigar en estatua D, castigo terriblemente afrentoso, pero no muy molesto personalmente, hicieron en Simancas otra estatua, que representaba al Arzobispo de Toledo, al cual llamaban don Opas, en memoria de aquel otro traidor Obispo, metiéronla en prisión, la juzgaron, la sentenciaron, y después de haberla paseado por las calles, encendieron una hoguera y la quemaron en la plaza púbKca, cantando aquella conocida copla, que duró mucho tiempo en Castilla y se hizo popular: Esta es Simancas, -don Opas traidor; Esta es Simancas, -que no Pefiañor. El rey D. Enrique IV murió á las dos de la noche del 11 de Diciembre de l i 7 i La ciudad de Ávila fué la que más se distinguió en la pompa y suntuosidad de las honras fúnebres, á modo de desagravio por las relatadas escenas de que aquella ciudad había sido teatro. TBLLO TÉLLBZ,