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330 BLANCO Y NEGRO La macota es el jardin de los pobres, y todosJos pueblos meridionales tienen gran predilección por esos Tasos de barro llenos de tierra, donde crecen las plantag y brotan las flores. Ellas adornan las azoteas y los patios de las casas de AndaIncia; ellas forman los improvisados bQsquecillos, tras los cuales cose, pensando en la hora de la cita, la joven que ama, y ellas son entre los viejos muros. de, la ciudad como, una sonrisa de la naturaleza. Los patios de Córdoba y Sevillaj las cálles de Granada, no se conciben sin la maceta, donde crecen pomposos y lozanos los plátanos, que forman doseles como el que resguardó de la lluvia á Pablo y Virginia, ó grupos de flores que embalsaman el aire, recrean la vista y convierten en altaritos las ventanas, que están completas cuando entre el marco de las flores aparece un rostro hechicero. Hasta en las casas más pobres de Andalucía, en las que tienen el anafre con la lumbre á la puerta de la vivienda, no faltan macetas de todos los vecinos alrededor del pozo. Hay pocas imágenes más seductoras que la que ofrece una mujer joven y hermosa envuelta en los pliegues de un peinador blanco, y que abre por la mañana su balcón para contemplar, antes de recogerse los rizos que caen deshechos por la frente y por la espalda, las plantas que crecen en sus balcones. ¿No habéis tenido nunca una vecina de ese género ¿No dejaste s en las mañanas de Mayo, cuando los exámenes se acercan 3 las horas de estudio se prolongan, el libro de texto sobre la mesa al lado de la recién apagada lámpara, para correr al balcón á sorprender la aparición de la vecina? ¿No la habéis visto sostener con la mano izquierda el peinador, que, indiscreto, os revelaría, si le dejaran libre, encantadores misterios, apoyar la mano derecha en la barandilla del balcón, mirar al cielo como para pedirle que conserve la luz de sus ojos, y bajándose luego. acariciar una por una las plantas, mientras sus labios tarareaban la canción en boga ó las notas sentimentales de una aria de Liwia? ¿No habéis acechado en todos esos movimientos una mirada de sus ojos, una sonrisa de sus- labios, una inclinación de su cabeza? Pues os faltan oh respetables varones 1 muchas páginas encantadoras en el libro de vuestra vida. ¡Un balcón con macetas; la jSlamdulmata tocada al piano; una rarta caída debajo de una planta de alelíes; la, (lefíMlrílJé de por la mañana; la bata del tocado, ya un poco más pretencioso de la tarde! Serán todo lo cursis que quieran los espíritus fuertes de esta generación que discute el origen de las especies en el Ateneo, y que se emborracha con manzanilla en la Sanluqueña: pero son el principio de deliciosas historias que se recuerdan con placer, cuando avanzando en la cuesta de la vida se vuelven los ojos al patado. En Madrid hay mucha afición á los tiestos; en Abril comienzan á adornarse los balcones con alelíes de color de oro, con pensamientos de aterciopeladas hojas, con jacintos de rizadas plumas; luego siguen las azucenas cuando se acerca San Antonio las rosas cuando va á salir por las calles la procesión del Cojpus; claveles y albahaca por la Virgen del Carmen; nardos en Agosto y dalias en Septiembre. Esas flores serán gala y adorno en la cabeza y en el pecho de una hermosa, prenda de amor que volará del balcón á la calle con las tiernas palabras escritas en el papel perfumado que se guardará en la caja donde se amontonan los recuerdos que constituyen la historia del corazón. Las macetas en una guardilla son como la sonrisa que anima un rostro, como el adorno que hace más presentable á una mujer fea. Siempre que se ve en balcón con la dorada palma bendecida el día de Eamosi atada á los hierros, y entre ellos subiendo hasta to carias barandillas los penachos de las plantas, se cree adivinar tras el microscópico pensil una belleza. Hay, sin embargo, excepciones lamentables; las casas de empeño, por ejemplo, suelen tener muchos tiestos en los balcones: un usurero muy conocido hacía gala de cultivar dos magníficas adelfas; pero estas excepciones no destruj en la regla general. Las muchachas guapas sue en ser aficionadas á las flores. Las macetas te han aristocratizado mucho en estos últimos tiempos, y han pasado desde el balcón á los salones. Tibores japoneses, vasos de Sévres y de Sajonia, sirven de receptáculo á las plantas de invernadero, que son adorno principal en las estancias modernas. Pero la maceta característica de España es la de barro cocido pintado de rojo y llenita de tierra morena, que es la buena para los claveles, según dice la copla, que reza que la mujer debe ser para el hombre morenita y con desdenes. Esas macetas las hay en España en muchos balcones y en muchas sepulturas. En los primeros son sonrisas, y en las segundas, lágrimas. Bien es verdad que la lágrima no es la mayor parte de las veces nada más que el recuerdo de la sonrisa. KASAP. AL. rt- JP