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Iilelíes 5 Irimateas Pérez Nieva, el autor de Jas Novelas relámpagos, llamó tenores, con gran propiedad, á los que prt- gonan el boquerón en Málaga: yo, con no menos motivos que el notable colorista, llamo tiples callejeras á las floristas de Granada, á cuyo alegi- e pregón me estiemezco (le placer, se anima mi cuerpo, que encuentra el abrigo insoportable, y siento tibias y primaverales brisas, saturadas con aromas de juncia y de t jmillo. ¡Alelíes y primaveras! Es ella, la fl r ¡sta de siempre, anunciándonos a estación del amor y de las flores con su argentina voz, al aire la cabe a, en cuyo negio pelo señalan los claveles manchas de color; al cuello el fiañnelo de china, de rojos y azulados matii- ps, cuyas puntas caen graciosas á perderse en la airosa saya de percal, y en el brazo la ligera cesta de mimbres llena de flores esmaltadas de roclo, que excitan los sentidos con su hermosura y su fragancia. i Alelíes y primaveras! Es la avanzada de las flores que nos envían los moriscas cármenes del Darro. Allá quedan las fre cas rosas reventando de coi aje en sus capullos por no i- er las pri iscí meras en darnos lus olores que guardan en su seno; los jacintos, despreciados por su prodigalidad, lloran su abandono, y los románticos dondiegos, graves é inclinados sobre su tallo, parece que piensan en lo efímero de la vida. Las primaveras, como los alelíes, son las flores de la modestia y la sencillez, y sus innumerables variedades ostentan en sus pétalos todos los tonos y gradaciones del color, desde el rojo encendido, símbolo de la pasión. hasta el más romántico y delicado. Con ellas se adorna la encopetada señorita; las prende en su smolinq el elegante petimetre: esmaltan como copos de nieves la artística cabeza de las mujeres del pueblo; Ja madre las vierte sobre el helado cuerpo de su hijo, para que con ellas lo entierren, y el sentimiento religioso las lleva ante la empolvada imagen de ioiitaria callejuela, que, con su ilegible leyenda, recuerda la medrosa tradición. Las floristas, cuyas alegres voces nos despiertan, despachan su mercancía con- extraordinaria rapidez, y son esperadas con igual ansiedad que el correo, cuando no trae á tiempo la carta prometida. i La vejidedora de flores se encuentra en el completo ejercicio de sus funciones, j derrochando á mares el ingenio y la sal, ante la expectativa de conseguir crecida propina ó precio sin regateos para s- n fragante mercancía, frente á la reja donde el amor palpita entre frases ardientes y apasionadas. ¡Qué de dichos, qué de meter por los ojos las flores á la dama para decidir al novio, cuando éste se encuentra cobarde y huido á consumar la suene! -Señorito, ¡qué ramo! Cómpremelo usté- -dice la florista- -y ofrézcalo á esa Virgencica He las Angustias que tiene por novia. Dios bendiga los ojos y la sal de su querer, que asi lo quiera á usté como se merece por guapo y buen mozo. Tímidas rotestas ¿e la novia alegran un punto al galán, que se decide al sacriflcio para que acabe el terceto paga por el ramo, con hondo pesar, un ojo de la cara, y la florista se aleja alegre y satisfecha, gritando con significativa acentuación ¡Alelíes y primaveras! JESÚS C O R T É S SÁíTCHRZ.