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322 BLANCO Y NEGRO bispo saludó ípro uadamente al Rey, hízole homenaje, juróle fidelidad en español, y volviéndose después hacia el general Hugo, le dijo en excelente francés: iMerui, général. y sVictor Hua: o llef ó á EspaEia á principios de 1811, antes del nacimiento del Rey de Roma. No se entraba entonces en España aino en convoyes bi- n cusroliados. En aquella época, el Gobierno imperial enviaba á dicho país 40 millones p- r año próximamente. Todo el Mediodía estaba insurrecciónalo; José cobraba muy poco de contribuciones. Cuatro veces al año lloaraba el convoy riel Tesoro, escoltado por tropas nu tiero- ias. nunca menos de 1.80 J hombres. Aquel en que venia Víctor Hugo, su madre y sus dos hermanos, llevaba 2.300 hombres de infantería, 600 de caballería y dos piezas de artillería. (Aquí hay lars; a serie de notas referentes al viaje, en que hubo accidentes de varias clases. Serios, como la rotura del coche en que viajaba, entre Mondragón y Otero, en nn camino tortuoso y al borde un preoioicio. Cómicos, como el cambio de pantalones de los soldados que mandaba el Duque de Coíndilla, por pasar la Reina, cerca de Coca, donde estaba el convoy, y joco- serios, como el pánico producido ima noche por un caballo blanco que alarmó á los soldados franceses y los tuvo disparando tiros uiás de media hora contra enemigos imaginarios. Ya en Madrid, fueron destinados los tres hermanos Hugo al Seminario de Nobles, un gran edificio situado en la calle deSan Isidro ó de San Antonio (1) convento de aspecto el más austero, ausencia completa de árboles en el patío, hecho para. %0 alumnos: había 25. Todo era inmenso, dormitorios, sala de estudios, lavadero; todo gigantesco. Frío espantoso en el invierno de 1812. El colegio estaba regido por dos jesuítas con autoridad igual en aparieacia: Don Manuel y D. Basilio. Se empezaba por odiar á D. Basilio, y te acababa por odiar á D. Manuel. Don Basilio era alto, calvo de cincuenta y cinco años, frente ancha, nariz de pico de pájaro, barba pronunciada, boca grande, carácter severo y duro, no perdonaba jamás. Manuel era regordete, carirredondo, de rostro agradable, casi alegre: de aspecto dulce, gracioso, cariñosísimo para los recién llegados, siempre dispuesto, en apariencias, á excusar ó atenuar las faltas; en s u m a muy falso, muy bellaco y muy perverso. Al cabo de pocos días hacíase insoportable. Basilio era justo y no castigaba sino justamente, justicia dura, española, pero sincera; el otro acariciaba y mordía. Los niños son los mejores jueces. Casi todos los niños tenían títulos nobiliarios; unos pocos, no; entre éstos había un joven oficial del ejército de Temando VII, llamado T ino. Se había batido como un demonio en Badajoz, había matado á un granadero. Enviado al colegio, estaba rabioso. Tenia habitación aparte. Casi un hombre, melancólico y altivo, no se amoldaba á la disciplina del colegio. Como español y soldado de Fernando V I I execraba á los franceses y miraba á los tres hermanos Hugo como á tros lobeznos. Hostilidad sorda y constante, ü n día llamó á Napoleón Napoladrón. Eugenio Hugo le dijo que era atrevido hablar así del Emperador, él que en Badajoz había sido cogido entre las piernas de los granaderos. Furioso, tomó un compás, y tirándolo á Eugenio, le hirió en la cara. Éste quiso batirse; separaron á Lino por completo, y no volvieron á verse más. Lino tenía razón; defendía á su país. Los niños no sabían esto. sSe sentía mucho frío y nmcha hambre. Imposible calentarse en aquellas salas inmensas. El pan blanco faltaba en Madrid. El Rey mismo comía sólo pan de munición. Se encontraba en las calles gentes muertas de frío y de hambre. Víctor Hugo, que empezaba á olvidar el francés, su madre y Eugenio, volvieron á París en la primavera de 1812. Las demás notas del documento biográfico refiérense en su mayor parte á los primeros trabajos literarios de Víctor Hugo. Nunca olvidó el gran poeta aquellos días que pasó en España, para la que tuvo repetidos recuerdos en muchas obras. El Alcázar de Segovia quedó en so imaginación impreso, y solía dibujarle cuando hablaba de España, q u e como dijo Le Temps, al dar noticia de su muerte, fué siempre el país predilecto del maestro. A poco á haber vuelto á París, y sierido aun iiiuy niño, escribió su drama D. Iné de Castro, recuerdo de STI paso por nuestra patria; en Hernani, la acción se desarrolla en España; en muchas otras obras, en sus Orientales, en sus Odas y Baladas, hay descripciones, recuerdos, frases sublimes dedicadas á nuestra nación: en algunas, como El Hombre que ríe, canciones escritas en castellano por él mÍFmo Dos días antes al de su muerte, el martes por la noche, asaltáronle los recuerdos de su juventud, y se puso á hablar de aquellos años tan felices cuanto remotos. Hablando de las Orientales, interrumpióse de pronto para recitar con voz segura y sin omitir una sílaba, un largo trozo de nuestro Romancero. Las obras de Víctor Hugo y los demás hechos de su vida son harto conocidos para que, aun disponiendo de espacio, hubiera necesidad de recordarlos. Zola, en un excelente estudio biográfico crítico del gran escritor, dice: En los tiempos venideros, si algunas obras de Víctor Hugo desaparecen, quedará seguramente su vida como una de las más hermosas de que haya podido gozar un hombre. Ningún conquistador, ningún monarca absoluto ha logrado disfrutar goces de poderío tan completo. Y Claretie, haciendo acabadísima y exacta pintura de los sentimientos del poeta, en la preciosa biografía que escribió para la colección de Celebrités contemporaines, se expresa en estos términos c (Siempre amó el poeta á los niños; una sonrisa de los pequeños calmó siempre sus cóleras y consoló sus dolores. cToda mi poesía ssois vosotros decía en otros tiempos á sus hijos. s s E s cierto. Víctor Hugo ha cantado, mejor que todo, esas almas que se despiertan, esas flores de carne que se entreabren: los niños. Él ha sido el poeta de la patria gloriosa ó vencida; el poeta del guarrero que combate ó del soldado que muere; el poeta del color en Las Orientales; el poeta de la dicha intima, del amor leal, en Las Hojas de Otoño; el poeta del ensueño amoroso y de la gracia juvenil en Lai Contemplaciones; el poeta de la venganza, á modo de un Isaías republicano, en Los Castigos: ha tenido la grandeza en Hernani, la piedad en Las Pobres gentes, la ternura sacrificada en el desenlace de Los Trabajadores del mar, el brío militar en El Nooenta y tres; pero por cima de todo eso, mejor que todo eso, ha expresado, ha pintado, ha cantado, ha inmortalizado esa, poesía quo vive, que corre, que ríe, que brilla; esa poesía adorable y adorada que tiene este hermosísimo nombre: El Nifio. ¿Y quién podría cantarlo mejor que el poeta que en los comienzos de su vida logró que Chateaubriand le llamase el niño sublime? TELLO TÉLLEZ. (1) En esta cita hay error iadajable. El Bcat Ssnliilario de Ñiños lí Ales estuvo doade está hoy el Hospital Militar.