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LA PRIMERA PIEZA L que quisiera tirar podía hacerlo á las alimañas y aveó de paso, pero de ningún modo á los conejos y perdices, y aunque nadie habría de contravenir aquello, más que orden acuerdo general, no había un solo cartucho que no estuviera cargarlo con plomo grueso. Estábamos en plena veda. El mes de Mayo tocaba á su termino, y si bien en el centro del día el calor no dejaba de hacerse molesto, en cambio, en las primeras horas de la mañana j últimas de la tarde la temperatura no podía ser más deliciosa; aquellas brisas que. tras recoger el perfume de cuantas flores engalanaban á los collados y laderas, bajaban al valle á columpiarse en las copas de los frondosos árboles; aquellos últimos y primeros rayos del sol, dorando las altas cimas de las elevadas montañas; el canto constante de los enamorados y celosos pajarillos, eran la nota gráfica y cara teristica de la estación en que nos encontrábamos. En el riñon de Sierra Morena, y en una finca donde el caserío reunía todo género de comodidades, nos encontrábamos pa sando una temporada unos cuantos amigos, los qué, si bien todos éraíjsíS Tyímos cazadores, á ninguno se le hacía posible, por la cansa antes indicada, el Uei ar á termino lo que quizás constituía el mayor de sijs, deseos. Pero como siempre se ha dicho que no hay regla sin excepción, el que constituía ésta por aquella vez era nuestro buen amigo Eicardo, al cual no, sólo se le permitía tirai á toda clase de animales, tanto de pluma como de pelo, sino que todos y cada uno de los que allí nos encontrábamos procurábamos animarle para que no desistiera én lo que hab a concluido por constituir su única ocupación y constante ejercicio. Ricardo hacía unos ocho días que había dispáralo por primera vez una escopeta, y como es de suponer, no podían SM muy temibles los estragos que hiciera ea la caza. Todavía no había consegaido cob. -ar la primera pieza, por mis que él aseguraba haber derribado más de una: pero como no presentaba el caerpo del delito, ni tampoco había testigos presenciales del hecho, sus aseveraciones, aunque conocíamos eran de b lena fe, no nos merecían el mayor crédito. Llegó el día fijado para la marcha, que debíamos emprender después de la hora del almuerzo. Cuando nos levantamos nos dijeron que Eicardo había salido muy temprano con la escopeta. -No se quiere marchar sin estrenarse- -dijo el dueño de la finca. Llegó la hora del almaerzo, y cómo Ricardo no parecía, nos disponíamos á enviar á uno de los gaarda i en su busca, cuando se presentó nuestro amigOj sudoso, jadeante, sin poder apenas articular palabra, y por añadidura sin escopetay áln sombrero. ¡Ahora no dirán usté les que no la. he matado! ¡una perdiz! ¡y que iba volando! -dijo antes que tuviéramos tiempo de dirigirle preguiíta a gana, y tari luego como se le hizo materialmeate posible, Bueno, ¿y dónde está. la perdiz? -Pues allí, y ese es el casó, que cayó al tiro coráo una pelota; yo salí corrie. ido, pero tropeoi, y con esto perdí el punto de vista. -Pero, ij la esc jpeta -le preguntó uno? Ricardo, después de dirigiruna mirada á su alrededor, como bascando el objeto poi quese le había preguntado, respondió: -Pues... ¡calle, que me la he dejado allí! ¿r el sombrero? -le dijo otro. -Se me caería cuando tropecé- -añadió, llevándose la mano á la cabeza. Por fin, conseguimos que Eicardo se sentara á la mesa, y el que dejara para después del almuerzo la busca de la pe diz; operación pava la que reclainaba la ayuda de todos. Su impaciencia era tanta que apenas si nos permitió tomar café. Llegamos al sitio á donde se había dejado nuestro amigo el sombrero y la escopeta, y á los pocos pasos de donde estos se hallaban, uno de los guardas indicó á Ricardo la perdiz. ¡Ahora no diréis que no es verdad; -decía éste corriendo con alborózala precipitación; pero ei el momento en que creíamos iba á recoger su. primera pieza, se detuvo, y dirigiéndonos una triste mirada; exclamó: ¡Qué lástima! En efecto, el cuadro no podía ser más triste: entre las plumas de aquella perdiz que hacía poco mis de una hora había matado nuesí; ro amigo, trataban de ocultarse y buscar el calor de la madre unos cuantos poUuelos, que no haría más de tres días que habían salido del cascarón. M. (ÍAECÍA EEY.