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BLANCO Y NEGRO Dos oficiales de la casa sostenían y u n t a ban en uno de los sillones del salón á un hombre v e s t i d o a s i como arriero de Hira flores de la Sierra ó de Buitrago ó de Colmenar Viejo. Con ojos de terror, pálido, tembloroso y con los pelos de punto, murmuraba desfallecido: -íQué v a á s e r de mí? Los otros dependientes de la casa y los parroquianos allí presentes, rodeaban á los tres del grupo. ¿Qué ha ocurrido? pregunté, entre curioso y alarmado. Y nadie supo qué contestarme; la mayoría, por no haberse enterado, y los dos oficiales que sostenían y hablan sentado al arriero, porque no se lo permitía la risa que se apoderó de ellos. Era que habían empezado á limpiarle la cabeza con el cepillo rotativo, y el al verse en el espejo con los pelos en punta, se levantó, gritando: ¡Soeorrol ¿No hay quién me favorezca? Pasados el susto y la broma consiguientes, el dueño del establecimiento, que había acudido presuroso desde sus habitaciones, donde estaba almorzando, decía con verdadera candidez: -Cuando oí gritos, pense: ¡Vaya! á eseyale han cortado la cabeza; verás, le dije á mi esposa, como tenemos algún disgustillo. Con estos pensamientos, y entre risueño y pensativo, ocupé el sillón que dejaba vacante en el salón aquel académico ordinario de Guadalix ó de donde radicase El oficial era nuevo en la casa. ¿Afeitarse? -me dijo. Entendí que me consultaba lo que quería, aunque por la entonación con que lo dijo, más pudiera entenderse que hablaba en imperativo. -lAfeitadsel O en castellano descafionadse ¡Afeitarse! Como aquel que dice: -7- Beventad. O esto otro: -Morirsun. Preparó el joven y novel subteniente del arma agua jabonada, brocha, navaja y no sé si vinajeras, y orduvres ú ordúveres, que, así como vocatles y voquibles, puede decirse de dos maneras, aunque de ambas mal. Empuñó la brocha el apreeiable diestro y empezó á torearme en corto. Al natural, en redondo, de pecho, pero de cabeza á rabo, de molinete, cambiando de mano, y de telón. ¡Cuánta espuma, dioses inmorales Jfil Atlántico de jabón. Tan pronto sentía una ola que me bañaba la dentadura, como, al abrir la boca para protestar, escupir jabón y limpiarme, la brocha me barría la lengua. Otra vez estuvo cerca de vaciarme un ojo, y cuando acudí á limpiarle y desaguarle, ya habla perdido el otro. 317 Es decir, que ya tenia el otro cubierto de espumoso oleaje; no parecía un ojo. sino un pastelito de crema de Chantilly. ¡Ay! -grité, y me levanté furioso. ¿Qué es eso? -me preguntó el oficial susodicho. -Que me ha dejado usted ciego- -respondí indignado. ¿Le he molestado? ¡Caramba! Perdone usted; no pensé molestarle- -No, si me gusta sobremanera; como que todas las mañanas, cuando me levanto de la cama, me doy un ojo de jabón en los míos. -Es inevitable, caballero; por más que se esmere uno, al menor descuido, ¡zas! Suplico á usted que ahora permanezca automático que esto es más grave. ¡ya lo creo! esgrimía la navaja de afeitar, y después de suavizarla y cerciorarse de la suavidad de formas del instrumento del arte; pasándole de plano por la mano izquierda, me echó á la nariz la citada mano, y con la derecha empezó á amagarme un corte en primera ¡Suelte usted eso, caracoles! -le dije; -parece que agarra usted el llamador de una puerta. -Quieto, por Dios, caballero, no hable usted ahora siquiera- -replicó, imponiéndome silencio, -estos momentos son peligrosos, y el menor movimiento Étasta el deí pulso se me paralizó, pensando en el peligro que desafiaba con mi imprudencia. -No dan algunos á este arte la importancia que tiene 2 er se y por accidentes. -Sí, por accidentes de la lidia; eso es lo que me atemoriza- -pensaba yo. -Aquí concurren- -continuó el artista- -innumerables arterias, venas ¡Ah! El menor movimiento seriafunesto para el parroquiano. Otro repaso de la navaja por la piedra, por la badana y por la mano izquierda, y otro par de molinetes con el arma y otro asalto. O mejor dicho, otro ataque. ¡Dios mío, que no me degüelle este hombre en lo mejor de mi vida! -pedí al Señor. ¡Qué escozor en la barba y en la garganta I ¡Qué minutos tan horribles! Sentí deseos de estornudar, y mi verdugo me atajó, diciendo: -Quieto, caballero En estos momentos cualquier tropiezo- -Sería mi muerte, ya lo sé; me lo ha repetido usted más de veinte veces. -Aquí está la yugular; una incisión pequeña bastaría... -Lo sé- afirmé, sin poder ya contener las lágrimas. ¿Le molesta la navaja? -me preguntó, enjugándome los ojos con el paño. -Parece que me está usted afeitando con pinzas. Cuando ol que me decía: Para servir á usted después de lavarme y empolvarme la cara, de un salto me planté en medio del salón y abracé enternecido al dueño de la peluquería. ¿Qué siente usted, caballero? -Siento haber v e n i d o á caer en esta casa. -Oiga usted ¿Qué quiere usted que oiga, si me ha afeitado un carnicero? ¿Quién ha sido? ¿Aquél? No lo extrañe usted, caballero, es un chico nuevo; pero tiene muy buenas manos, y en cuanto se suelte á manejar la navaja- ¡No! ¡que no se suelte! que lo aten bien I EDUARDO D E PALACIO.