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BLANCO Y NEGRO 315 Y es que Rafael, no ya como actor, sino como hombre, singalarisimamente era un! romántico; pero romAntico de cuerpo entero, si rale decirlo. La ropa del día parecía ropilla sobre su cuerpo. que recla. maba imperiosamente la ropilla de las edades caballerescas y románticas. Rafael Cal o, con una tizona al costado, recatando el rostro tras el embozo de amplia capa y con sombrero de airopa pluma, liabría encontrado su verdadero centro vagando por las obscuras callejas del antiguo JUa drid, á las altas horas de la noche, en busca de aventuras y repartiendo cuchilladas Ese era su temperamento; y por esa razón, las obras y los trajes de las épocas aludidas le encajaban tan de lleno. Calderón y Lope, Rojas y Tirso, eran los principales santos de su devoción. Su religión era el arte. ActOí de grandísimo entusiasmo, temperamento impresionable por extremo, espíritu exaltado y fantasía voladora y caballeresca, al representar los personajes de aquellas obras de su predilección, creíase transportado á la época marcada en la acotación del ejemplar, y viHa y sentía por manera casi absoluta la creación del poeta De tal manera) se poneía de su papel, que en muchas ocasiones acuchillaba de verdad á los comparsas que tenían la desgracia de salir á reñir con él. ó daba un tajo ó un puntazo al actor que con él cruzaba la espada. Llegó el caso en que era difícil encontrar comparsas cuando éstos tenían que medir svs armas con el arrebatado galán y los que le conocían por triste experiencia, y se aventuraban á correr el riesgo... en el momento del peligro abandonaban el campo, y el galán quedaba dueño de ia situación aunque la situai ion del drama fuese otra muy distinta. E n el género neorromántico y ultraexaltado, no tenia rival, como ha dicho un critico respetable. Ese mismo crítico (J. Jxart) consagra grande atención á Eafael Calvo en un largo estudio publicado en Barcelona hace tres años, y si bien se nota cierta exageración en algunos párrafos de esas páginas exageración más bien de foima que de fondo) en lo general, la crítica es razonada y justa. He aquí, lo ue, entre otras cosas, dice el Sr. Ixart de Eafael Calvo; Todos están contertej en que su fama reside en dos condiciones que absorben y deslustran las de conjunto. Y son: la impetuosidad y fuego permanente en las escenas apasionadas, y la orillan tez en el decir. Otro escritor distinguido (Ikiquo F, Izaguirre; consagia un precioso opúsculo á Rafael Calvo, y, tratándole con la mayor cortesía, viene á estar conforma, en el tondo, con las opiniones del crítico antes citado y con los modestísimos juicios del que esto etcribe. Tratando de la verdad teatral, dice el or. Izaguirre en. la pág. 28 del opúsculo á que me refiero: (iCualquier observador repara que si fuera viva y r e a l l a escena sexta á que nos referimos (1) si asistiésemos á ella como seres invisibles que presencian un conflicto humano, sería de todo punto imposible el que las- voces furibundas pasaran desapercibidas para la comunidad y mucho menos aun para el cuitoso lego Melitou. Es mucha verdad. Kafael Calvo representaba esa obra briosa y brillantemente; pero la escena á que se refitre el señor Izaguirre, que es aquella en iue el se undo hermano de Leonor entra en el convento á desafiar al fingido i Kafael, era realmente imposible en la texítura que la tomaba Kafael Calvo. Con todos esos defectos era, no obstante, un gran, actor, y su muerte- -prematura y. nunca bastante llorada- -deja en la escena española un vacio muy difícil de llenar. lío estaba, pues, en los dramas del día á, la misma altura que en los llamados de época. Esto. no obstante, por un esfuerzo de su gran talento, interpretó bastante bien el protagonista de El Oran Galeote. No cabe en los estrechos límites dé un artículo la extensa lista de las obras en que logró distinguirse. E l público las recuerda, seguramente, y no he de distraer inútilmente Su atención. Ocioso es apuntar aquí que RafaelCalvo. era un modelo de caballeros, pundonoroso hasta la exageración (si puede haber exageración en ese punto) y sincero y leal hasta la inocencia. Carácter de una sola pieza- -sin recodos ni sinuosidades, -sus cualidades morales se reflejaban transparentemente en sus cualidades artísticas. Jamás se pasó al público, como, hacen otros actores. Al iniciarse el desastre, durante la representación de una obra nueva, hay cómicos que se amilanan, que hacen gestos expresivos de sacrificada víctima y hasta ha habido algunos que ostensiblemente hanhecho más ruidosa la caída, dando al público la razón con alguna chirigota oportuna ó con algún desplante risible. Eso es, sencillamente, pasarse al enem- igo. En esos instantes del principio de un desastre escénico Cy aun en el período álgido) había que ver á Eafael Calvo. Se batía con denuedo (con furor algunas veces) hast a la. última trinchera, y si la obra moría definitivamente, quedábale el consuelo de haber cumplido con su deber hasta donde lo consentían sus facultades y un poco más allá. ü n autor ilustre dedicóle un drama, en cuy a dedicatoria se leían éstas ó parecidas palabras: A Eafael Calvo, por derecho de salvamento. ¡Qué honra para el artista! Ponía sus cinco sentidos en los estrenos, y después, si la obra duraba cuarenta noches, la representaba siempre con el mismo celo y con el propio cariño, aunque se tratara, por ejemplo, de una tragedia tan difícil como Bn el seno de la muerte. Por las tardes trabajaba con el mismo entusiasmo que por las noches, y en toda ocasión, le daba al público cuanto tenía. Era muy simpático, muy expansivo y muy discutidor. Hablaba mucho y bieu. Cuando pegaba la hebra, como suele decirse, no había modo, en lo humano, de meter baza. Cierta noche salla del cuarto de Rafael Calvo un autor principiante, al cual autor preguntóle un su amigo, con verdadero interés: ¿Has visto á Calvo? -tíí. Y has hablado con él? -No; é l h a hablado conmigo. CÓRCHOLIS. (1) Se refiere al drama Don Alvaro ó la faena del sino.