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El caso más reciente ha. ocurrido en Marsella, siendo la joven Clotilde Gniliane autora de la muerte de su infiel amante De Laoroix, mediante dos acertados disparos de revólver. Pero, aunque el caso citado no existiera, bastaría la diaria lectura de los periódicos extranjeros para encontrar otros semejantes. La tendencia viene siendo muy acentuada, especialmente desde hace unos cuantos años con motivo de la muerte de Morin por la esposa de Clodoveo Hugues, en la Sala del mismo Tribunal. Y era lógico que tal llegase á suceder: las mujeres que matan j los jurados que las absuelven reclamaban imperiosamente escenas como la de la mujer manejando el revólver ante el Tribunal conquistando asi previamente su impunidad. Iso puedo presumir lo que pasará ahora con el crimen de Marsella, pero me inclino á sospechar que el nombre de la autora de los disparos adquirirá gloria inmarcesible, ó no hay justicia en el mundo. De cualquier modo, conste que el sexo débil hace cuanto puede para no merecer semejante denominación y que, aspirando en los Estados Unidos á la dignidad presidencial, pretendiéndola cátedra, acaparando eu muchos países el telégrafo y el correo, llenando coa sus libros el mercado, alborotando en la antesala de las Academias, usando el vitriolo y el revólver y pidiendo su emancipación absoluta con la elocuencia de una boca de fuego ó un argumento de Albacete, es un verdadero contrasentido, una aberración social que puede causarnos disgustos en el porvenir. La tragedia reciente, como las que la precedieron, no son más que síntomas, pero síntomas que ponen de manifiesto lo grave de la dolencia que padece la humanidad. Cuando ésta se desarrolle y generalice, no habrá más remedio para el hombre que abdicar su soberanía de siglos, y, arrimado al puchero que cuece en el fogón, ó haciendo dobladillo y punto de calceta, aguardar á que la mujer le dicte órdenes, apoyada en una carabina de aguja, una pistola de arzón ó un bastón de puño de plomo. Desde los tiempos en que sabios teólogos discutían sila mujer tenía alma racional como el hombre, hasta el día, nuestra compañera ha recorrido larguísimo camino en la senda de la libertad. Y digo nuestra compañera utilizando esta ocasión, que semejante frase no parece aún ni una impertinencia ni una imposible aspiración. ¡Quién sabe si nuestros hijos, menos afortunados que nosotros, aunque esto parezca hipérbole, representarán á lo vivo todos los dias la conocida zarzuela La Isla d San Balandrán!