Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
BLANCO Y NEGRO 277 Le metieron en un sótano donde estaban otros sentenciados á la misma pena, y al amanecer del 3 de Mayo salió de la Casa de Correos con sus compañeros de infortunio para ser fusilado sin conmiseración. Subieron los sentenciados por la Carrera de San Jerónimo, y Pancorbo, con un rosario en la mano, iba rezando por su alma; y mirando á los balcones, cuando veía gente curiosa asomada, exclamaba: -Me llamo Juan de Dios Pancorbo; no he hecho daño á nadie, y muero inocente. En este momento desembocaba de la calle del Baño el Conde de Toreno, acompañado de dos amigos, que acababa de ejercer un acto de caridad libertando de la muerte á D. Antonio Oviedo, condenado á la última pena, sin otro delito que cruzar una calle un poco acelerado para llegar pronto á su casa. Al oir el Conde de Toreno los tristes clamores de Pancorbo, se aproximó á él, y pudo escuchar de la propia boca del doliente los motivos que le llevaban al suplicio. El Conde de Toreno conversó con el oficial de la tropa que conducía á aquel desgraciado pelotón, y como dominaba el idioma francés con extraña perfección, manifestó la injusticia que se cometía, y fué tan diestro y persuasivo en la plática, que logró enternecer al oficial, que ofreció libertar á Pancorbo cuando llegase al sitio de la ejecución y fueran desatados los prisioneros para arrojar sobre ellos la fatal descarga. Con efecto, llegaron al Prado, e hicieron alto cerca del Jardín Botánico, en el mismo paraje donde se encuentra hoy levantada la estatua de Murillo, y sacando el oficial á Pancorbo de las filas de los sentenciados, le entregó al Conde de Toreno. Pancorbo abrazaba con ternura y llorando á su libertador, y decía el oficial al Conde de Toreno: -Aléjense de aquí y omitan estas demostraciones de alegría ante los desgraciados que van á morir, lo cual es un repugnante sarcasmo. El oficial fué obedecido. Pancorbo fué el primero en correr, y apenas había llegado á la fuente de Neptuno, cuando oyó la horrible descarga que privaba de la vida á sus compañeros. No hay para qué ponderar la alegría del abogado cuando vio á su cliente, á quien suponía ya en la eternidad, penetrar por las puertas de su casa. ILDEFONSO ANTONIO B E R M E J O