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ECONOMÍA DOMÉSTICA Mi amigo D. Marcelino Eecbupete tiene por norma de su vida la, economía, pues sus antepasados le enseñaron á creer que, así como la ociosidad es madre de todos los vicios, la economía es, si no madre, por lo menos tía carnal de todas las virtudes. líío diré que sea más económico que su cuñado Benito Bermúdez y Ponce de León, el cual sóio se firma B. B. P. León, porque dice que, merced á este ahorro de tinta, puede pagar la contribución y comprar un par de zapatillas cada tres años. Pero el señor de Rechupete tiene la tacañería en la masa de la sangre. Al casarse, regateó tanto los derechos parroquiales, que el cura se enfadó y tuvo que romperle tres muelas con el hisopo. Al cabo de un año encargó á París una sola hija. Pudo luego encargar más; pero como es tan económico Poco tiempo despiie s falleció su señora de un empacho de medidas económicas, y U. Marcelino, sabedor de los gastos que origina un entierro, guardó el cadáver en la zafra del aceite sin que nadie lo notara. Como, sobre ser un hombre muy económico, es muy ordenado, tiene D. Marcelino detalles en su vida sumamente curiosos. De los ochenta y siete garbanzos que salen á su mesa cada día, son para él treinta y dos, para su hija veintinueve, y para la criada los restantes. El tocino es invariablemente un prisma rectangular oblicuo de seis centímetros de altura, que distribuye D. Marcelino en esta forma: para la niña la mitad interior; para él la superior, y para la criada la corteza. Con una cucharada de café tienen para tres días. Lo toman puro el día del estreno; á la segunda representación lo toman con leche, y á la tercera lo toman con repugnancia. Respecto al chocolate, no he visto un modo más extraño de tomarlo. De un cuarto de onza sale una jicara. D. Marcelino moja en ella cuatro sopas; la hija se bebe el resto del chocolate; la criada lame la jicara, y el gato lame á la criada. Toda la familia, pues, disfruta del desayuno. Los postres de la comida varían poco. El buen señor compra el día de Reyes un cuarterón de paciencias para írselas comiendo los días festivos y lluviosos. Llegado el momento, D. Marcelino se apodera de una paciencia y no deja de ella ni rastro. Su hija no le imita, porque conoce que se le acaba pronto la paciencia, y preíiere el uso, y aun el abuso clandestino, de las castañas pilongas. Los días ordinarios el postre consiste en una pasa repartida equitativamente entre las tres personas de la casa. El gato se fastidia. En cuanto á las prendas do vestir, no puede darse mayor economía que la que se gasta en casa de Rechupete. Por ejemplo: compra en una prendería un saco de entretiempo en mediano uso. Le lleva como tal saco durante siete otoños consecutivos, transcurridos los cuales, y hechas las variaciones necesarias en la prenda, pasa ésta á ser nn gabán de invierno para la chica, merced al forro que ella misma se arregla con retazos de la alfombra del gabinete. A los dos años de hacer este servicio, el gabancito, ya convertido en prenda de verano por lo desgastado, pasa á ser propiedad de la criada, que le pone cuatro puntillas y lo