Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
I A guerra que Carlos I sostuvo en Alemania con la bonfederación protestante, cuyos jefes eran el Kléctor de Sajorna y el Landgrave de Hesse, originada por las luchas religiosas que agitaban en aquella época toda la Europa, á consecuencia del Si cisma de Lntero, proporcionó al invicto César español algunas señaladísimas Tictorias, personalmente conquistadas, y muchos elogios entusiastas- -aunque más politicos que sinceros- -del pontífice Paulo I H quien, aparentando olvidar lo ocurrido veinte años antes, cuando el meo de Roma, y la prisión de su antecesor, Clemente VJI, y aun las frases irreverentes á él mismo dirigidas, no contento con dar al emperador todos los títulos que ya tenía, agregaba, para, lisoiljearle, los de Máximo, Jt ort Uimo, Augusto, Germanco, Inxiutisimo y verdaderamente Católico. Entre aquellas victorias es acaso la más memorable y renombrada la que consiguió en la batalla de Muhlberg, ganada por las tropas imperiales que mandaba el mismo Emperador acompañado por su hermano el rey Femando, el duque Mauricio de Sajonia y el de Alba; batalla que es famosa, no sólo por determinar el triunfo decisivo de sus armas, sino muy particularmente por las singulares y curiosas circunstancias que en ella concurrieron, y por haber sido perpetuada su memoria en el admirable lienzo que se conserva en nuestro Museo de Pinturas, y es, indudablemeute, una de las más notables obras del Tiziano. A esta batalla se refiere Lope de Vega en el libro v de Li Arcadia, cuando cantando Anfriso las alabanzas al Duque de Alba, refiere en los siguientes versos lo que vio la Envidia: f Luego los alemanes alterados, e Y los concilios dpl cmel Lntero En presencia de Carlos riisputados. Vio 1 uego el Albís (1) con la sangre ñero De innumerable pente degollada Sobre las barcas de español acero. Y cómo á nado la querida espada, Para valerse de la diestra mano, Pasaban en la boca atravesada. Y cómo por milagro de un villano, El Duque y los priores valerosos El vado incierto caminaron llano. Y luego de instrumentos belicosos Toda la copia que el furor aplica A los brazos de Marte sangoinosos. Y un flamenco en el bote de una pica. Esperando á Ferniíndo por matallo, En que su fiero corazón publica. Mostrábase la herida en el caballo Más digno que Bucéfalo de fama, Y el túmulo que pudo venerallo. En otra parte, al tiempo que derrama La paz su oliva en la sangrienta tierra, Al de Sajonia vio que al César llama; Que ya las armas y furor destierra, Bañado el rostro eu sangre de una herida, Reliquias de prisión, que no de guerra. Gomo estos versos podrán resultar poco inteligibles para los que desconozcan los pormenores del suceso, extractaremos en brevísimos términos las relaciones que de él hacen Lafuente y otros historiadores. El Emperador y su ejórcito habían llegado al río Elba en persecución de las tropas de los confederados protestantes, cuyo jefe había cortado el puente, estorbando así el paso á sus enemigos por sitio en que el rio tenía 3 G 0 pasos de ancho. Presentóse al Duque de Alba un villano que, deseando vengarse de un robo que los sajones le habían hecho, enseñó un vado por donde podía franquearse el rio. Algunas compañías de españoles lanzáronse valerosamente al agua, y como, á pesar de ser un vado, aquélla les llegaba al pecho, echáronse á nadar, llevando los sables cogidos con los dientes, y ganaron unas barcas que fueron cargadas de arcabuceros, quienes, haciendo fuego al enemigo, ampararon á los demis para pasar á la otra orilla. Cada jinete llevaba á la grupa un peón; el guía llevaba de la brida el caballo del Emperador, quien entusiasmó á la tropa viéndole participar de los peligros del último soldado. Tan pronto como Carlos ganó la opuesta orilla, lanzóse, con los que habían pasado, sobre los sajones, sin esperar el resto de las fuerzas. Aquel día no se conoció que Carlos V padeciera en su salud como padecía, hasta el punto de ser llamado por los prorestantes i l por el aspecto cadavérico de su rostro. Era domingo, y el Elector se hallaba en el oficio divino en Mahlbei- g. Cuando le avisaron, sólo tuvo tiempo para huir siguiendo la retirada de su ejército. La victoria de aquel día fué una de las más completas que alcanzó el Emperador. Al decir de los mismos historiadores alemanes, la infantería sajona, aunque peleó con valor, se dejó envolver y acuchillar por la caballería imperial al grito, para ella terrible, de ¡Hispania! ¡Hiapama! El mismo Rleotor dejó el carruaje en que acostumbraba ir, porque apenas podía cabalgar, y montó á caballo para huir mejor, pero fué alcanzado y herido de un sablazo en la mejilla izquierda. Eendido y prisionero, fué presentado á Carlos, á quien saludó con estas palabras: -uGeTierosn y elementixúno Emperador. ¿Conqiie ahora soy Emperador elementisimo? -interrunipióle éste. -Tiempo hacia que no menmnhrabais así. -Soy el j) ríHonero de V. M. 1. -continuó el Elector, -y espero ser tratado como principe. -Se os tratará como merecéisn- -le contestó bruscamente el César, agregando otras frases aun más ultrajantes, y le volvió la espalda. Esta victoria tan grande, escribe D. Luis de Avila en su Comentarin de la guerra de Alemania, victoria á que había asistido el Emperador, la atribuyó á Dios; y asi, dijo aquellas tres palabras del César, trocando la tercera, como un príncipe cristiano debe hacer: Vine, vi y Dios venció. Entre los notables sucesos de aquella famosa batalla, cuentan algunos autores el de haberse parado el sol, y, con este motivo, un historiador refiere que, algún tiempo después, preguntando Enrique II de Francia al Duque de Alba si era cierto que en aquel día se renovó el milagro de Josué, el de Alba contestóle: Señor, y n ture demasiado qne hacer enla, tierra para dirertirme encontemplar el ciiilo. w El citado D. Luis de Avila hace la siguiente descripción del Emperador en la batalla de Muhlberg: Iba D. Carlos enu n caballo español, castaño obscuro; llevaba un caparazón de terciopelo carmesí con franjas de oro, y unas annas blancas y doradas, y no llevaba sobre ellas otra cosa sino la banda muy ancha de tafetán carmesí, listada de oro, y un morrión tudesco y una media asta, casi venablo, en las manos. Como dice inuy bien el Sr. Madrazo en sii Catálogo descriptivo é histórico del Maneo, no parece sino que el Tiziano se inspiró en esa descripción al ejecutar el retrato, que, por esa y otras circunstancias, es uno de los cuadros históricos más notables que en el Museo se conseí- van. Desgraciadamente, en el incendio del Eeal Alcázar, donde estuvo muchos años, padeció bastante la parte inferior del cuadro, y fué preciso restaurarlo en diversas épocas. La copia que va en este número, está hecha teniendo á la vista una excelente fotografía de Laurent. TELLO TÉLLEZ. Cl) El rio Elba.