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Cada ve? ae, por mal de mis pecados, tengo que visitar á lá familia de L ó z echo mano de toda mi resignación y jijo la mirada en el cielo, para que tome en cuenta mi sacrificio. Entrar en aquella casa es entregarse de baen grado al sufrimiento, porque los esposos López, que son de suyo insufribles, tienen unos hijos capaces de volver loco al eaballo de bronce de la Plaza Major. Lo primero que hacen es penetrar en la sala, uno tras otro, y subirse á las sillas en clase de monos domésticos. La mamá debe estar muy acostumbrada á estos ejercicios, porque deja que se revuelvan á su gusto y que se monten en el res jaldo de las butacas; lo más que hace es decirles -Quitaos las botas si queréis saltar, porque vais á romperlas por la punta. Manolito, no escupas en la silla; escupe en el delantal, que ya está sucio. La última vez que visité á los de López, los niños entraron en la sala metiendo bulla; llevaban un gato sujeto por la cabeza con una corbata, y una cazuela llena de sopas de ajo, y se empeñaban en que el animal había de comérselas todas delante de mí. Yo tenía que hablar con López sobre un asunto de interés, pero como si no. Uno de los. niños cogió la cazuela y me la puso en las rodillas; otro, apoderándose de mi sombrero, comenzó á plancharlo con una cuchara, y el más chiquitín trataba de meter la cabeza del gato en el bolsillo de nii gabán. A mí me estaban dando intenciones de coger á los niños y tirarlos uno á uno por el balcón, á ver si los despenaba, pero el papá no advertía mi desesperación y continuaba hablando de nuestro asunto. -Pues sí señor- -decía traaquilamente. -Lo pri mero que hay que hacer, antes de echar el periódico á la calle, es buscar una buena casa en sitio céntrico, y un buen administrador, y una buena imprenta y unos buenos chicos que lo voceen- -Y unos buenos redactores- -dije yo. ¡Bah! Eso es lo de menos. Lo que sobra es quien escriba periódicos. Yo tengo rai presupuesto: mire usted casa, 20 duros mensuales; imprenta, 111; administrador, 40; escribiente, 2 5 ordenanza, 15; redactores 10. A todo esto, los niños corrían por la sala como si estuvieran en el Campo del Moro, y uno vino hacia mí con el soplillo de la cocina en la mano y comenzó á abanicarme. Entonces me puse en pie, para evitar aquélla ventilación inoportuna, y López, lejos de regañar al chico, se echó á reír con toda su alma, diciéndome: -Siéntese usted, hombre, que el chico lo que quiere es hurgarle á usted la nariz con el soplillo. ¡Qué gracia tiene! Ayer estuvo aquí Lapugo, el dibujante, y se empeñó en que habí de meterle un dedo por un ojo, y hasta que se lo metió no le vimos tranquilo. Lo peor que puede usted hacer en casa de López es demostrar enojo ó ponerle mala cara á aquellos diablillos. López no lo perdonaría nunca, y aun no hace muchos días que regañó seriamente con una señora, visita de la casa, porque la infeliz, al verse martirizada por los chiquillos, se permitió tirarle á uno un pellizco disimuladamente. ¡Papá! ¡Papá! -comenzó á decir el chico á gran- des voces. -Esta señora me ha pellizcado en utíá oreja. -Nadie tiene derecho á martirizar á mis hijos ¿sabe usted, señora? -gritó López todo alborotado. -Para reprenderlos basto yo y sa madre. ¡Pues no faltaría más! -Es que ya no se les puede sufrir- -replicó la; señora. -La otra noche, Manolito me clavó las uñas en una pantorrilla. ¿Y qué? ¿Ho comprende usted que es un inocente? Ya se conoce que no ha tenido usted familia nunca ni sabe usted lo que son estos angelitos. Hay una colección de niños por esas casas de Dios, que, aunque cayesen con las viruelas y se desgraciasen, maldito lo que se perdía. A mi casa viene uno acompañando á su mamá, y no tiene más gusto que meterse debajo de la mesa, fcte a i