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236 BLANCO Y NEGRO aderezada, ristosa, que me miraba mucho, valie ndose de un impertinente, ya sabes, un lente con mango largo... Una tarde me saludó, correspondiendo yo finamente; otra me habló de la temperatura de Agosto; me dijo que, sólo tenía puestas la camisa y la bata, y no podía resistir el calor, y que era de Extremadura, donde había enviudado hacía año y medio, y se aburría allí y se vino á Madridá vivir de sus rentas. El día siguiente me regaló un jamón, como lo oyes, un jamón extremeño, muy rico, del que participaron todos los huéspedes de doña Petra, que por cierto habíamos perdido basta la idea del sabor de manjar tan exquisito Todos lo probaron con singular regocijo y encarecieron la importancia de tan suculento obsequio. Únicamente la patrona, la sin par doña Petra, se mantuvo reservada y reflexiva ante aquel jamón. La incomparable pupilera tuvo, siíi duda, el presentimiento de que aquel jamón iba á ser la perdición de su huésped predilecto. ¿Te casaste con la viuda? -Sí; el hombre es débil ¿qué quieres? Me sacó de aquel asilo de beneficencia fundado por doña Petra, y me llevó á la iglesia. ¡Ay, amigo mío! Entre seis mil reales de sueldo y una mujer riquísima, ¿qué hubiera hecho el mismísimo Catón? Pero ¡qué expiación! Confieso mi flaqueza; aquella mujer, antes de ser mi señora, me inspiraba respeto y gratitud; luego que se apoderó de mí ya no me inspiró tan gratos sentimientos Me dominó por el terror, lo que oyes, por el terror. I) ió en ser celosa Tú no sabes lo que es una vieja enamorada. Siento que estemos en un café, donde puede entrar cualquiera, porque no puedo mostrarte cómo me ha puesto mi mujer. Si quieres iremos luego á tu casa, y me verás en cueros vivos. ¡Hombre! ¿para qué? -Para que veas las cicatrices que tengo en mi cuerpo. ¿Heridas? -Pellizcos, unos pellizcos retorcidos de que ella sola posee el secreto. ¡Qué atrocidad! -Sí, á toda hora, en toda ocasión, con el más fútil pretexto me aplica ese cruel castigo. Yamos en carretela por Recoletos ó el Retiro, y si yo miro á la derecha me arrima un pellizco que me vuelve loco, porque imagina que dirijo la vista á la elegante que pasa en su victoria abanicándose; y si miro á la izquierda, otro pellizco, porque supone que me guiña el ojo la amazona rubia del Circo que viene haciendo monerías en su caballote inglés. Oblígame á no mirar más que á los grandes botones de la librea del cochero. Cuando volvemos de paseo en coche, no traigo nunca menos de veinte cardenales de otros tantos pellizcos. En el teatro no cesa mi martirio. Si en la comedia un marido se queja de que su mujer es una sierpe, la mía me da un pellizco, suponiéndome inspirador del autor del chiste; si me atrevo á decir que la graciosa canta bien unos couplets salpimentados, el pellizco es seguro, lo mismo que si aparento indiferencia ante la gracia y desenvoltura de la artista, porque mi mujer supone que mi actitud es disimulo refinado y criminal hipocresía. ¡Pues estás divertido! -Las criadas de mi casa son dos orangutanes con faldas, lo más feo que ha encontrado mi mujer: y el otro día, porque miré á una de ellas, mi enamorada esposa me tiró la vinagrera á la cabeza- -Pero, en cambio de tus contrariedades, tienes una buena posición, tu mujer es rica- ¡Hombre! si no tengo un cuarto; ella me lo compra todo, hasta los fósforos. Dice que no careciendo de nada, para nada necesito dinero. -E n eso no le falta razón. -Pues yo te digo que no puedo vivir así En mi lugar te quisiera ver. Como los manjares más exquisitos, y para mí tienen un sabor mas amargo que la hiél; habito en un hotel que mi mujer ha comprado para que estemos solitos los dos, y recuerdo con deleite la habitación obscura y las sillas cojas de casa de doña Petra; duermo, cuando ella me deja dormir, en un lecho de colchones de pluma y seda entre cortinajes de rico damasco, y envidio al estudiante desvalido que duerme en un catre ó en un tablado verde, sobre un jergón de terliz y panoja Y en fin, todo lo sufriría, los malos tratamientos, los pellizcos, la carencia absoluta de dinero, la abdicación completa de mi voluntad, la humillación de que me mantenga mi mujer pero lo que no puedo sufrir es su ternura, sus frases de amor No puedo, no puedo, t digo Cuando me dice: ¡Alunin mío! poniendo un hociquito muy afilado, siento impulsos de estrangularla Y antes de que esto suceda, quiero tirarme del viaducto abajo. Hoy me he escapado de casa, y hoy ha de ser el día de mi libertad- -Hoy no, porque yo no te dejo que hagas ese disparate. -Pero, ¿qué puedo hacer en mi situación? -Ser hombre, tener energía, imponerte á tu mujer. ¡Imposible! La energía, la dignidad, todo lo perdí al casarme con una mujer rica siendo yo pobre. No hay remedio para mí. -Pues sufre, come y calla, y déjate querer. ¡Dejarme querer! ¡Horrible! ¡horrible! ¡horrible! No me tiraré hoy desde el viaducto por no darte un disgusto, pero me timaré otro día. ¡Pobre Nicomedes! ¡Y hay quien le envidia la suerte de haberse casado con una mujer rica, aunque fea y entrada en años! CARLOS PRONTAÜEA.