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216 BLANCO Y NEGRO abrumadora, se halla más acentuado que en otro ser alguno en el gitano, el cual abre su tienda por la mañana en un pueblo, y al día siguiente vuelve á abrirla en medio de personas de otra naturaleza. Caldereros, esquiladores, adivinos, sabedores de los juegos de cartomancia, é iniciados en lo por venir, aciertan los destinos y marcan con proféticos augurios los rumbos de la humanidad. Son á la vez comerciantes y profetas; artistas en labor de canastcria, y sabios en la ciencia de los horóscopos: relatan cuanto sucederá en mar y tierra, y dan ejemplo de paternidad, llevando, como la madre tierra á los seres que cria, sus bronceados hijos á la espalda. Merodean su alimento mientras realizan la jornada; aquí comen la uva meridional, allá el dátil africano, acullá el coco peludo, ó en otro punto la naranja de Jaffa. Comen y andan; en sus pies está el movimiento continuo; parecen una raza que camina hacia no se sabe dónde para recibir algo con mandato de transmitirlo á los humanos. Ellos han enseñado á regatear á los hombres, han dado carácter y color al estipendio de la bestia, han enseñado espontaneidad y gracia al diálogo llenándole de abalorios y caireles, y han engendrado la sacerdotisa mundana: la que lee en las rayas de la mano lo que ha sido, lo que es y lo que ha de ser, y que es á un tiempo Celestina y furia que vomita blasfemias cuando ve burlada su ciencia misteriosa. Los cabellos rubios no han coronado nunca ningún cráneo nómada; el suyo es pelo entre de negro y de árabe, y la mujer se lo parte por delante en onduiosos aladares, como la Virgen de nuestra Eeligión, y lo trenca atrás en amplísima castaña de entretejidos ramales. Pues algo de todo esto, alguna línea vigorosa de este conjunto, afianza en el cuerpo de Mercedes el contorno de su raza; pero enaltecido, sublimado, llevado á la augusta majestad de lo griego. Lo valiente del carácter lo trae de su origen; pero la gracia ligera, el burilear de su lengua pintoresca é incisiva, su soltura agradable, se los ha dado la ciudad andaluza donde naciera; Sevilla, que guarda aún el españolismo en sus tipos y costumbres, como guarda una urna sagrada una bandera. E n Triana corrió de niña por el laberinto de las calles, y acaso á la práctica de doblar tanta inesperada esquina y cruzar tanto callejón estrecho, debe la moza su agilidad de movimientos y su destreza en manejar el cuerpo flexible y elegante. Lloró de chica dentro de una espuerta de chiquillos, hermanos suyos, agrupados como pájaros en nido; rodó por los suelos cual un despojo humano; bronceó su cuerpo el sol que madura las espigas y abre los azahares, y aunque gitana, el sol andaluz penetró en su espíritu dándole gracia nativa, y el medio ambiéntela hizo mujer airosa y distinguida. Espigó su talle en pleno barrio de la Cava, cuna de la gente de tijera, y la depravación innata á tales seres pasó por Mercedes como el agua por la tabla de mármol, sin dejar mancha alguna. La familia nómada rebulle entre los cuatro muros de una habitación; en ella hace todas sus funciones, desde las que debe velar y esconder el decoro, hasta las más leves y sencillas. Mercedes, á la vista déla impudicia, conserva íntegra su virtud, su virtud fría y acerada, que tiene la limpidez y la dureza de la perla. Punzante y altiva, cuando oyó de labios de los hombres las primeras palabras de amor profano, de amor que envilece, se sintió herida en su orgullo y rodeó con muro de fortaleza su dignidad. L na mirada suya, semejante al punzar de un hierro frío, desarma los ímpetus más ardientes. Gitana es, pero gitana con dignidad real, siempre gallarda en la cima de su intacta virtud. La han apodado la Reina; y si hubiera dinastía en su raza, mujer es capaz de dar rango y esplendor á una estirpe. Tal es Mercedes. SALVADOR R U E D A K -Vx- í V,