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De algún tiempo á esta parte hemos dado en la manía de romper mpldes; i psli! es un entretenimiento como otro cualquiera. Los políticos c rompen los moldes de los antiguos pare idos Los literatos rompen los moldes de la novela, y de la comedia, y del drama, y de todo porque les ha entrado la manía de romper, y no quieren dejar títere con cabeza, ni molde sano. De los políticos nada diré, á lo menos en esta publicación, cuyos lectores tal vez encontrarían demasiado... vamos, demasiado atrevido lo que yo dijese; pero de los literatos puedo vaticinar, desde ahora, que no romperán absolutamente nada ¿No hay más que romper moldes? Lo que sucede con esto es que á cada autor se le figura, naturalmentfi, que su novela, ó su drama, ó su sainete, vale mucho más que todos los saínetes, y todos los dramas, y todas las novelas que escribieron los autores de antaño; y como hay muy pocos, aun entre los más osados, que se atrevan á decir esto, se valen, para darlo á entender, del procedimiento socorrido de romper moldes y crear escuelas. De esta manera no son maestros, son reformadores; no pretenden enseñar, ¡no son tan vanidosos! se proponen solamente abrir nuevos horizontes y caminos nuevos al artista: sus obras son defectuosas, muy defectuosas, pero trazan derroteros desconocidos y venga romper moldes y vaya iconoclastizar viejos ídolos, y pregonar: hé aquí la novedad del día, y la moda imperante, y lo que las personas de buen gusto deben comprar, que es precisamente lo que yo vendo Porque, eso sí, cuando se escudriña bien, se viene en conocimiento casi siempre de que en los últimos y más recónditos repliegues de toda controversia literaria se agita un problema del estómago. El romanticismo derrota al clasicismo; á los románticos vencen los realistas; los realistas son vencidos á su vez por los naturalistas, y éstos, según van las cosas cederán el puesto á los decadentistas ó como se llamaren. Cada uno de esos grupos llega con la pretensión de poseer, en virtud de privilegio exclusivo, la verdadera fórmula del arte y cada cual llega, por de contado, rompiendo moldes. ¡Y pensar que todas las desnudeces de la escuela naturalista las habían presentido ya hace muchos años los autores de Kl Gran Tacaño y de La Celestina! Xo vayan ustedes á suponer en mí propósito de comparar á Quevedo con 7IO SL, ni nuestras novelas picarescas con las de los noveladores franceses contemporáneos. Dicen que las comparaciones son odiosas, y aunque yo no estoy seguro de que efectivamente lo sean, sí estoy convencidísimo de que son siempre difíciles y en algún caso imposibles, por falta absoluta de homogeneidad y por carencia de unidad: hablo de los moldes, sólo de los moldes, y encuentro que, en lo esencial, aquéllos son éstos y éstos son aquéllos, y siempre los mismos. Ahora, por ejemplo, el teatro de Ibsem es el que pondrá las peras á cuarto á todos los dramaturgos pasados, presentes y futuros; ese, ese sí que ha venido pegando y rompiendo moldes. Confieso leálmente que no conozco el teatro de Ibsem; ¿para qué voy á decir otra cosa? Ko digo que no llegue á conocerle si tengo tiempo y humor para leerlo, traducido al francés, por supuesto, porque en su idioma no podría hacerlo. Pero por lo (jue de SU obra dice la crítica, he venido en conocimiento de que los moldes de Ibsem son, ni más ni menos,