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ITJAKDO me disponia á escribir estas lineas, rebordando, ante la feoha qixe corresponde al presente número de BLAIÍCO T ÍÍEGRO, la muerte del insigne pintor sevillano, que será siempre orgullo de su patria y admiración del mundo entero, llegó á mis manos un precioso libro publicado en París hace pocos días, impreso primorosamente, ilustrado con excelentes grabados aguas fuertes, que representan los más famosos cuadros del sublime pintor de las Concepciones y escrito con muclia discreción y gran imparcialidad por M. Pablo Lefort, inspector de Bellas Artes, de París. Bste carioso libro, titulado Xiirillo y ms dúcipulos. contiene un extenso catálogo razonado de las principales obras de aquel inmortal artista- -478- -una relación crítico- cronológica de las más conocidas y celebradas, un entusiasta elogio del mérito indiscutiblede todas ellas Y anos apuntes biográficos de su prodigioso autor. Al referirse M. Lefort al cuadro Los Besposnrios de Santa Catalina, dice que Manilo lo dejó sin terminar, por haber sentido una grave indisposición, ó quizás por haber caído de lo alto de la andamiada, porque en este punto no es unánime la tradición. Don Francisco M. Tiibino, en su obra Manilo, m éj) Oc. a, mi vida y i. t euadros, que, indudablemente, M. Lefort ha tenido á la vista al escribir su libro, refiere de este modo el funesto accidente, que. agravando una afección que el ilustre pintor padecía, aceleró su muerte, acaecida entre cinco y seis de la tarde del precitado día 3 de Abril de 1682: El caballero genovés Juan ViolatO, vecino antiguo y comerciante de Cádiz, al expirar en su patria, legó al convento de Capuchinos de aquella ciudad una Cantidad para que se emplease en cuadros del pintor insigne, conviniendo los rehgiosos, al llevar á efecto tan piadosa disposición, que Murillo pintase un lienzo que representara á Santa Catalina, su tutelar, ofreciéndole por su trabajo 900 pesos, en cuya suma se incluía el valor de otros cuatro más pequeños. Aceptada por Murillo la proposición, emprendió su obra, en la que empleó algunos meses: el cuadro era de grandes dimensiones y ponía un especial esmero en su ejecución. Tocaba esta á su término, cuando al subir un día á la andamiada, tuvo la desgracia de tropezar en la escalera misma, cayendo desde bastante altura. Tan terrible golpe á su edad, debía por precisión acarrear funestos resultados. La Academia de Bellas Artes de Cádiz, aceptando de igual modo esta tradición, abrió certamen en Octubre de 1861 para un cuadro original en que se reprodujese aquel triste acontecimiento, y adjudicó el premio ofrecido de 10.000 reales al presentado por D. Alejandro Ferrant, que sin duda alguna es hoy uno de los más ilustres mantenedores de nuestras gloriosas tradiciones artísticas, y á cuya amabilidad debemos el poder ofrecer, reproducido por el fotograbado, el boceto original é inédito de aquel hermoso cuadro. La muerte de Murillo produjo general y grandísima pesadumbre. Según cuenta uno de sus biógrafos, su villa natal le hizo funerales dignos de su mérito. El ataúd que encerraba sus restos fué llevado á hombros por dos marqueses y cuatro caballeros de diferentes órdenes, á la iglesia de Santa Cruz, donde recibió sepultura Murillo no era querido y admirado solamente por su genio maravilloso, por su inspiración divina, por sus obras portentosas é inimitables, sino también por su carácter dulce, atable y bondadoso, por su caballerosidad y por su hidalguía en toda ocasión demostrada, por su sencillez y su modestia, que le hicieron renunciar el título de pintor de Cámara que le concedió Carlos II, por la benevolencia y la humildad con que atraía y encantaba á todo el mundo, logrando amansar y aun rendir con ellas, en más de un caso, á aquellos de sus émulos que constantemente le zaherían y molestaban con odio tenaz é implacable. Entré éstos fueron siempre los más apasionados y envidiosos Juan de Valdés Leal y Francisco de Herrera, el Mozo, que unidos trabajaron para crearle obstáculos cuando intentó el establecimiento de la Academia Sevillana de Pintura. Murillo, á pesar de aquella hostilidad, á pesar de haberle negado el Gobierno el apoyo que soUcitó y á pesar de la frialdad é indiferencia con que los demás pintores acogieron su proyecto, logró realizarlo por su solo esfuerzo y por su admirable constancia, olvidando los agravios recibidos y designando á sus más furiosos adversarlos para los cargos más importantes en la dirección y administración de la Academia. La malquerencia de Valdés Leal era tan desatentada y frenética, que hasta negaba á Manilo el título de pintor. Murillo le pagaba tendiéndole la mano de amigo y elogiando con sincero entusiasmo sus obras. En cierta ocasión encargaron á uno y á otro que pintaran sendos lienzos para el hospital de la Caridad de Sevilla. Caando ambos expusieron sus trabajos terminados, Valdés no pudo disimular su indignación al escuchar los elogios que todos tributaban al de Murillo. Éste sonrió, y señalando al cuadro de Valdés, que representados ataúdes con dos cadáveres putrefactos, le dijo: Compadre- -Valdés y Murillo eran compadres- -esto es preciso verlo con las manos en las narices. A lo que Valdés contestó: Pues, compadre, usted se ha comido la pulpa y yo tengo que roer los huesos; pero tampoco puede mirarse, sin provocar á vómito, la Santa Isabel. Este cuadro es el que ha dado ocasión á una reciente polémica entre la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que lo conserva, y 1 Hospital de la Caridad de Sevilla, que con razones poderosas lo reclama. Otro de los émulos que Murillo tuvo fué Antonio del Castillo, sobrino de Juan del Castillo, su maestro. El odio y la envidia produjeron á aquel desdichado tan profunda melancolía, que le causó la muerte. Murillo, en cuyo honrado corazón jamás hallaron entrada el odio y la envidia, sólo tenía para los demás admiración y elogios. Especialmente por el maestro Campaña sentía singular veneración, y su cuadro M Deseendimiento le encantaba de tal modo, que pasaba ante él horas y horas en contemplativo éxtasis, y fué ante él enterrado por particular encargo suj o. Latour, en sus Estudios referentes á JSspaña, cuenta la anécdota del sacristán que se le acercó una tarde y, ponieado término á la contemplación, que aquel día se prolongaba más que otras veces, le dijo: Pero, señor, ¿qué espera usted. Ya vamos á cerrar. Espero, respondió Murillo, que esos santos varones acaben de bajar de la cruz á nuestro Señor. Murillo ha sido comparado por muchos ilustres críticos extranjeros con los más famosos pintores, y nunca con menoscabo de su renombre y de su gloria. M. Thoré, haciendo un notable paralelo entre Murillo y Rafael, dice: En los cuadros de Rafael la Virgen es más Virgen; en los de Murillo el niño Dios es más Dios. M. Viardot, comparándolo con Velázquez, escribe: Bien podría decirse que Velázquez era el pintor de la tierra jr Murillo el pintor del cielo. TELLO TÉLLEZ.