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196 BLANCO Y NEGRO ¿Á qué seguir? No hay cualidad ni vicio que la imaginación no pueda representar bajo uno de los dos colores. Mery, el espiritual escritor france s que con el titulo de uno de sus libros inspiró á nuestro Becquer aquel precioso cuento que se llama El aderezo de esmeraldas, ha dicho en alguna parte que el agradecimiento es una virtud negra, y la ingratitud un vicio blanco. Ello resulta un tanto depresivo para nuestro orgullo de raza; pero la diaria experiencia acredita la profundidad y la exactitud de la observación, á lo menos en su segunda parte, que es la que puede apreciarse experimentalmente en estas latitudes. y cuenta que en esto de distinguir de colores es muy fácil el error y frecuente la confusión, no sólo por aquello del cristal con que se mira que dice la copla, sino porque cosas y personas resultan distintas, aun miradas por el mismo cristal, según la predisposición óptica de quien mira y el momento en que se las ve. El legislador del Parnaso, como llaman á Boileau esos amables vecinos- -que rechazan nuestros vinos (flarulla fecii) -y que tan aficionados son á poner motes á sus grandes hombres, decía de las gentes de su tiempo: Que tout hlanca aii delwrs Son tout noir an dedansj) Y para este solo efecto, bien podríamos creernos contemporáneos de Boileau, al tropezar por esas calles con algunos almidonados caballeros. Pero quiero ponerte al cabo de la de mi pensamiento sin arrastrarte á tales profundidades, y para lograrlo, escucha, lector pacientísimo, un sucedido que presencié hace años, y que con ese atavismo imaginativo á que propende la humana naturaleza cuando dejó ya á la espalda los treinta, acude ahora á mi memoria. La escena es en la Concha de San Sebastián. Personajes: Á más de este tu humilde servidor, un distinguidísimo matrimonio que me daba en aquel verano hospitalidad cariñosa, y una hija suya, preciosa niña de apenas cinco abriles, sonrosada y pelinegra como los ángeles morenos de Murillo, que correteaba delante de nosotros, entretenida en hacer subir y bajar á su capricho uno de esos globos rellenos de hidrógeno que tanto divierten á la tropa infantil. Vigilaba de cerca los juegos de aquel encantador diablillo robusta pasiega, y seguíanla en ellos de lejos mis amigos, con esas miradas que acarician y besan, con que contemplan á sus hijos los padres que merecen serlo. De pronto- ¡descuido de la niña, torpeza (le la nodriza! ¿quién es capaz de iuquirir cómo se engendran y sobrevienen tales catástrofes? -el diminuto aeróstato, roto el cable (jue lo sujetaba, primero con rápido salto basta ponerse fuera del alcance de la mano, luego con lentitud majestuosa y burlona, elevóse por his aires. Allí fué Troya: estalló mi amiguita en una de esas cóleras violentas, terribles, de que suelen ser presa los niños mimados y caprichosos; retorcíase, como en epiléptica convulsión, su cuerpecito; lloraban sus ojos sin lágrimas, y sus gritos agudos y desentonados acompañaban en su ascensión por el espacio al fugitivo juguete Corrió á todo correr el cariñoso padre, olvidado de sus años, de su elevada categoría oficial, y con asombro de la gente, que le miraba atónita, hasta el otro extremo del paseo, y volvió á poco, trayendo á remolque una vieja vendedora, sobre cuya cabeza revoloteaban multitud de globos de variados colores. Paróse ante su hija, y mostrándoselos y tratando de hacerle coger la cuerda que los tenía unidos, le dijo: -Para ti todos para ti.